Plutarco Bonilla
a) La base textual de las traducciones
Es bien sabido que los textos originales de la Biblia, o sea, los manuscritos autógrafos, no los tenemos. Han llegado hasta nosotros manuscritos muy antiguos, pero están muy lejos de ser los originales (especialmente del Antiguo Testamento). Con el Nuevo Testamento sucede algo que no ocurre con ninguna de las literaturas antiguas: tenemos manuscritos muy «cercanos» a los originales, en cuanto al tiempo; pero aun así, no son los que escribieron de su puño y letra los propios autores.
Nuestras traducciones, por tanto, se basan en copias de copias, por varias generaciones. Las investigaciones contemporáneas han puesto a nuestra disposición manuscritos del Nuevo Testamento cada vez más antiguos, lo que ha sido, sin lugar a dudas, una gran ayuda para los estudiosos de la Biblia, sobre todo para los especialistas en crítica textual y para los traductores y exegetas.
b) El siglo dieciséis
La primera edición impresa del Nuevo Testamento griego fue publicada en 1516, y en Basilea, por Desiderio Erasmo, el gran humanista de Rotterdam. El Dr. Bruce M. Metzger, renombrado erudito especialista en el texto del Nuevo Testamento, dice lo siguiente de esa edición: «Para la gran mayoría de su texto, Erasmo dependía de dos manuscritos, de más bien inferior calidad, que ahora se encuentran en la biblioteca universitaria de Basilea: un manuscrito de los evangelios y otro de Hechos y las epístolas. Ambos eran de alrededor del siglo 12.
Erasmo los cotejó con dos o tres otros manuscritos e incluyó algunas correcciones en los márgenes o entre líneas de la copia que entregó al impresor. De Apocalipsis tenía solo un manuscrito, también del siglo 12, tomado prestado de su amigo Reuchlin. A este manuscrito le faltaba la última hoja, que había contenido los últimos seis versículos del libro. Para la impresión del texto griego de estos versículos, Erasmo dependió de la Vulgata Latina de Jerónimo, de la cual los tradujo».
Esta primera edición del Nuevo Testamento griego apareció con numerosos errores, muchos de los cuales (pero no todos) fueron corregidos en la segunda edición de Erasmo (1519). En los años siguientes se hicieron nuevas ediciones de ese texto, y en 1550 Robert Etienne (conocido como Stephanus) publicó su tercera edición, que fue también la primera con aparato crítico: incluyó en ella variantes de catorce manuscritos griegos y de la Políglota complutense. (La cuarta edición de Stephanus [1551] tuvo una característica muy particular: por primera vez el texto del Nuevo Testamento aparece dividido en versículos numerados.) A los hermanos Elzevir (Buenaventura y Abrahán) se les debe el uso de la expresión textus receptus, que ellos incluyeron en el prefacio de su edición de 1633.
Se descubren nuevos manuscritos
Con el pasar del tiempo fueron descubriéndose manuscritos de la Biblia cada vez más antiguos. Para el estudio de las Escrituras hebreas, los Rollos del Mar Muerto representan un testimonio de sobresaliente importancia. Y para el Nuevo Testamento, los descubrimientos de los siglos 19 y 20 han hecho que hoy se cuente con más de cinco mil manuscritos (número que incluye desde los que transcriben solo pequeños fragmentos hasta los que contienen el Nuevo Testamento completo).
Las copias a mano
Antes de la invención de la imprenta, todas las copias se hacían a mano. Como consecuencia de ello, se introdujeron en esas copias formas del texto que hacían que los manuscritos difirieran entre sí. A tales formas distintas se les llama variantes. Esas variantes son de muy diversa naturaleza, por lo que los manuscritos difieren unos de otros en muchos aspectos. Esto se debía a que el copista no transcribía con toda exactitud el documento que estaba copiando. Con mucha frecuencia, tales variantes eran resultado de actos involuntarios.
El copista confundía a veces una letra o una palabra con otra, porque eran parecidas; o repetía o eliminaba una palabra o un conjunto de palabras; o transcribía una letra por otra, porque se pronunciaban de la misma manera. En otras ocasiones, el copista se sentía en libertad de modificar el texto, y lo corregía para hacer más fluido el estilo o menos dura la construcción gramatical, para aclarar los textos que consideraba obscuros, para substituir una palabra por otra que le parecía más apropiada (tomada, en algunos casos, de un pasaje paralelo). En otros casos, el copista completaba un texto con información proveniente de otros textos, incluso de material apócrifo; y, a veces, modificaba un texto para que armonizara con otro.
c) El texto bizantino
El copiado a mano dio lugar a que surgieran grupos de manuscritos que se caracterizan por tener aspectos en común, al contener variantes del mismo tipo. Conforman lo que algunos eruditos llaman «tipos o familias de textos». De hecho, los manuscritos en los que Erasmo, Etienne y los hermanos Elzevir basaron sus ediciones del Nuevo Testamento griego son del tipo bizantino.
Los especialistas consideran que este texto es de formación tardía (en comparación con el texto alejandrino o con el occidental, por ejemplo), y tiene la característica de ser lúcido y completo: quienes dieron forma a este texto trataron de eliminar cualquier dureza en el uso de la lengua, procuraron combinar dos o más pasajes que diferían entre sí para producir un texto expandido y más completo (lo que se conoce como «conflación»), y armonizaron pasajes paralelos divergentes.
El texto bizantino se ha llamado también siríaco, antioqueno, koiné y eclesiástico; se conoce, además, como texto recibido (textus receptus) y texto mayoritario. Fue probablemente producido en Antioquía de Siria y llevado a Constantinopla (antigua Bizancio). De allí -es a saber, desde la capital- se distribuyó por todo el imperio bizantino.
Por la labor de los impresores del siglo 16, este texto sirvió de base para casi todas las traducciones del Nuevo Testamento a los idiomas modernos, hasta el siglo pasado. Hay algunas personas que hablan o escriben acerca del «texto recibido» (o «texto bizantino») como si se tratara de un texto único, sin variantes; pero no es así.
Basta echar una ojeada al aparato crítico de una edición de ese texto (como la publicada por Hodges y Farstad, con el título de The Greek New Testament according to the Majority Text [Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1982]) para darse cuenta de que hay también muchas variantes entre los manuscritos que componen el texto bizantino.
La complejidad del proceso de transmisión del texto griego del Nuevo Testamento, con múltiples influencias, da razón de ese hecho. Se añaden, además, los problemas planteados por las traducciones antiguas: Estas también presentan sus propias variantes, algunas de ellas debidas a nuevos factores (como, por ejemplo, que el traductor no conociera a cabalidad alguna de las lenguas con las que trataba, ya fuera su propio idioma o el idioma del texto del que traducía o al que traducía).
Los manuscritos griegos utilizados por los impresores que hemos mencionado eran, con algunas excepciones, los manuscritos más antiguos de que ellos disponían. Las excepciones fueron pocas. Sobresale el hecho de que Teodoro Beza, el amigo y sucesor de Calvino en Ginebra, aunque había adquirido un manuscrito del siglo 5º (el Códice Beza) y otro del siglo 6º (el Códice Claromontanus), hizo muy poco uso de ellos en sus propias ediciones del Nuevo Testamento griego (que fueron por lo menos diez; la última, póstuma).
Esta reticencia se debió, probablemente, al temor que sentía de presentar a la comunidad académica un texto con significativas variantes. Las ediciones mencionadas (del Nuevo Testamento griego) constituían, por ende, el material en esa lengua bíblica de que disponían los traductores del texto sagrado. No había otro.
Traducciones contemporáneas
Aparte de las revisiones de la versión Reina-Valera, en años recientes los evangélicos de habla castellana han producido pocas nuevas traducciones. Estas ya no usan, para el Nuevo Testamento, el texto recibido, sino una edición crítica del texto griego, de carácter ecléctico, como la publicada por Sociedades Bíblicas Unidas o por la Sociedad Bíblica Alemana.
Lo dicho es válido no solo respecto de la traducción conocida como «Dios habla hoy» (de carácter interconfesional y publicada por Sociedades Bíblicas Unidas), sino también, por ejemplo, respecto del «Nuevo Testamento, Salmos y Proverbios. Nueva versión internacional», de la Sociedad Bíblica Internacional.
En esta última traducción, las variantes que aparecen en el texto recibido son relegadas a notas al pie de página. Lo mismo se aplica a la versión llamada «Biblia de las Américas», la que incluso señala -en sus «Principios de traducción»- que «en general se ha seguido el texto del Novum Testamentum Graece de Nestle-Aland en su vigésima sexta edición».
Y aun la revisión de la Reina-Valera conocida como «Reina-Valera Actualizada» (de la Casa Bautista de Publicaciones) indica explícitamente que «se basa en los mejores textos griegos conocidos en la actualidad, tal como aparecen presentados en la tercera edición del Nuevo Testamento griego de Sociedades Bíblicas Unidas».
Esta es la realidad contemporánea en cuanto a traducciones de la Biblia. No obstante, como indicamos al final de la sección anterior, en la Reina-Valera 1995 se mantiene la misma base textual de la traducción de Reina: el Texto recibido (o textus receptus).
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