Antiguo minero todavía arde en deseos de difundir las Buenas Nuevas | Sociedades Bíblicas Unidas

Antiguo minero todavía arde en deseos de difundir las Buenas Nuevas

FEDERACION RUSA (LaBibliaWeb.com /SBU)— La ciudad de Novokuznetsk, en la Siberia sudoccidental, posee una larga asociación con las industrias metalúrgica y minera. No es, pues, sorprendente que una fuerte congregación de entre las doscientas iglesias pentecostales de la ciudad trabajara bajo tierra por espacio de treinta y cinco años. Lo que es inusual es que durante todo este tiempo, cuando el régimen comunista abolió casi todas las Biblias y la literatura cristiana, él sentía el ardiente deseo de hablar de la Palabra de Dios con sus compañeros.

Anatoli, ahora de setenta años de edad, creció en una familia cristiana, una de las únicas cuatro del vecindario en el que vivía, en una época en la que ser cristiano era muy difícil. «Nos permitían ir a la iglesia», recuerda, «aunque los domingos por la mañana los vecinos casi siempre se paraban a lo largo de nuestra ruta para burlarse de nosotros.

Me dejaban
«Lo mismo pasaba en el colegio. A veces los maestros mandaban a todos los niños a la casa y a mí me hacían quedar. Luego me preguntaban si mis padres me obligaban a ir a la iglesia o a leer la Biblia. Me dijeron que tenía que informarles si me presionaban para participar en actividades religiosas, porque eso era ilegal y podían mandarlos a la cárcel. Por supuesto, no quería entregar a mis padres.

Cerca de mi casa había una congregación bautista que no estaba inscrita. Se las habían arreglado para conseguir una pequeña imprenta que usaban regularmente para imprimir Porciones, himnarios y otra literatura cristiana. Pero la KGB se enteró y la confiscó junto con todos los libros que habían impreso. La KGB estaba en todas partes: nunca sabíamos cuándo o si volverían otra vez. Con frecuencia confiscaban también textos manuscritos.

Hambre
«No obstante, a veces me las ingeniaba para conseguir literatura cristiana. Después de leerla, la copiaba en cuadernos y los compartía con mis hermanos y hermanas cristianos. ¡Todos nos sentíamos tan hambrientos de las Escrituras! Sabía que habría un precio muy alto que pagar si nos capturaban, pero yo estaba dispuesto a pagar ese precio con el fin de poder tener la Palabra de Dios».

Posteriormente, después de la caída de la Unión Soviética, Anatoli comenzó a soñar con que todas las iglesias pudieran recibir todas las Biblias que necesitaban. Esto fue lo que hizo que se convirtiera en un entusiasta distribuidor local de la Sociedad Bíblica de Rusia, que visita iglesias y recibe pedidos que le pasa a la Sociedad Bíblica. En su propia iglesia maneja un puesto de libros en el que ofrece muchas Biblias y otra literatura cristiana.

A pesar de su débil salud —un legado de los tantos años que trabajó en las profundidades de la tierra— en su corazón todavía arde el deseo de hablar de las Escrituras con los demás.

«Cuando cumplí los setenta años me hicieron una fiesta en la iglesia. En esa fiesta oraron por mí para que siguiera fuerte y pudiera continuar siendo un mensajero bíblico», dice sonriendo. La esposa de Anatoli, Luba, de cincuenta y tres años, también creció en una familia cristiana. Recuerda que no ha sido una vida fácil.

«Cuando niña», dice, «la filosofía oficial era que Dios no existía y que los cristianos o eran muy estúpidos o sufrían de perturbaciones mentales. Todos en mi clase, con excepción mía, se unieron a la Juventud Comunista, por eso casi siempre me sentía como una extraña. El maestro animaba a los otros niños para que me presionaran a fin de que me uniera, pero siempre me resistí.

Muertos o en la cárcel
«Hoy la mitad de mis condiscípulos están muertos o en cárceles. Pero mi vida ha sido buena y le doy gracias a Dios por eso. No somos ricos, pero él nos provee todo lo que necesitamos. Tenemos comida y dinero suficientes para cubrir nuestros gastos diarios. Eso es todo lo que necesitamos. Y nos da mucha alegría darle parte a la iglesia, al trabajo misionero y a la distribución de la Biblia».

Dios en primer lugar
Anatoli asiente con firmeza: «Hemos descubierto que es de verdad importante poner a Dios en primer lugar, antes de pensar en el dinero que nos queda para nuestro propio uso. Por eso damos el diez por ciento de nuestro ingreso a la iglesia, y siempre nos gustar responder a las peticiones de la Sociedad Bíblica».

FOTO:
Anatoli, un minero retirado, es un entusiasta patrocinador de la obra de la Sucursal de Siberia de la Sociedad Bíblica de Rusia.

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