César Aníbal Villamil
Esconder su vicio
A medida que el vicio se acentúa, comienzan las mentiras para ocultar la verdad. Hay un viejo chiste que dice: «¿Cómo poder saber cuándo miente un jugador? Respuesta: Cuando mueve sus labios. Desafortunadamente, esto es verdad en los adictos al juego.
Los adictos al juego, o ludópatas, usualmente no tienen ni que pensar para mentir, ya les sale automáticamente. ¿A quiénes les mienten los adictos al juego? A todos. Cónyuge, padres, hijos, otros familiares, amigos, vecinos, etc. Los jugadores también se mienten a sí mismos y a Dios. No es raro escuchar, luego de una visita al salón de juego, que «no perdí ni gané», cuando en realidad habían perdido.
También es común escuchar historias que provienen de la memoria selectiva. Es decir, los jugadores cuentan y se regodean de las veces que ganan –pocas veces, por cierto–, pero nunca cuentan todas las veces que pierden.
«Yo no tengo un problema con el juego, es mi forma de pasar el tiempo y divertirme. Otros gastan dinero en otras cosas, a mí me gusta hacerlo así», son algunas frases comunes.
El juego no es simplemente un problema de «valores». Tampoco es un tema simplemente «moral», al menos no en términos de lo que usualmente identificamos como «problemas morales». Principalmente, el juego es un problema de justicia social.
Jugar es una forma de depredación. Jugar es un insulto a los que menos tienen. El juego beneficia a grandes corporaciones económicas mientras que oprimen a las clases más bajas con promesas ilusorias de riqueza.
Investigaciones recientes aseveran que «en América Latina se estima que cada ciudadano gasta unos u$s 250 anuales en apuestas realizadas a través de los juegos de azar.
Mientras algunos expertos aseguran que los juegos de azar crecen con las crisis económicas recurrentes de la región, los datos más recientes dan cuenta de que, a la par de la recuperación económica regional, la pasión por el juego se multiplica.
En países como la Argentina, Colombia, Venezuela, Brasil, México y Chile, se ha detectado un notable crecimiento del juego y el desarrollo de una industria que moviliza unos u$s 100.000 millones anuales en toda la región, y unos u$s 500.000 millones en todo el mundo.
Las agencias de apuestas se han multiplicado, y eso puede percibirse en las zonas suburbanas de las grandes ciudades como Buenos Aires, San Pablo, Bogotá o Caracas.
El casino es la máxima expresión del azar. El desarrollo de internet ha permitido que surgieran los casinos virtuales que ya concentran el 12% de las apuestas globales, y según perspectivas del grupo norteamericano Websence, en el año 2015 las apuestas por la red superarán los u$s125.000 millones al año, solo en América Latina.» (http://www.infobae.com)
La mentalidad auto indulgente y de gratificación instantánea ha inundado América Latina, Norte América y Europa. En Asia el juego ha sido un problema desde hace mucho y últimamente ha crecido de forma descomunal.
Debajo de la apariencia glamorosa del juego se esconde una adicción creciente y una espiritualidad decreciente.
Si bien no hay un mandamiento que directamente lo prohíba, el juego violenta varios principios bíblicos.
1. La soberanía de Dios
Proverbios 3.5-6 «Confía de todo corazón en el Señor y no en tu propia inteligencia. Ten presente al Señor en todo lo que hagas, y él te llevará por el camino recto.»
La inherente dependencia en la «suerte» o en las «probabilidades» del juego conlleva una cosmovisión que está en contradicción directa con la bíblica. Si realmente tenemos fe en Dios, no podemos poner nuestra confianza en la «suerte». Confiar en las probabilidades del juego nos coloca en oposición al propósito de Dios para nuestra vida y, consecuentemente, a su soberanía.
2. La buena administración
Proverbios 12.11 «El que trabaja su tierra tiene abundancia de pan; el imprudente se ocupa de cosas sin provecho.»
El juego no solo perjudica nuestra administración económica, sino que también lastima la administración de nuestro tiempo. Muchos están a la caza de fantasías, fascinados con la idea de conseguir «algo de la nada», y ceden al atractivo de la riqueza instantánea. Pero Dios da su pueblo talentos, tiempo y dones con expectativas de rendir cuentas (Mateo 25.14-30).
El trabajo es tanto un mandamiento como un don de Dios. La Biblia nos enseña que debemos utilizar el dinero bien ganado para sostener a nuestra familia, la obra de Dios, y los necesitados. El juego minará los fundamentos de la administración cristiana en todos sus niveles: tiempo, dinero, trabajo y talentos, especialmente cuando se convierte en una adicción.
3. El pecado de la avaricia
A menudo escuchamos decir que ganando la lotería «se solucionarían todos mis problemas». Por supuesto, que no queda ahí sino que también podrían comprar todas esas cosas que siempre han deseado pero nunca pudieron hacerlo. Un vehículo lujoso, varias casas, un bote, etc. En el pecado de la avaricia, sólo es cuestión de empezar.
El juego alimenta la avaricia, el muy común y egoísta deseo de obtener algo de nada. Muchas veces disfrazado de diversión sin consecuencias, el juego arrebata los pocos pesos con que contamos y, a veces, mucho más. Incluso pone en peligro el sostén económico de la familia. Pablo escribe en 1 Timoteo 6.6-10 (Dios habla hoy):
«Y claro está que la religión es una fuente de gran riqueza, pero solo para el que se contenta con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podremos llevarnos; si tenemos qué comer y con qué vestirnos, ya nos podemos dar por satisfechos. En cambio, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación.
Porque el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos.»
¡El dinero es un siervo maravilloso, pero es un amo terrible!
No hay mejor manera de invertir nuestro dinero y aun nuestra vida que depositar todo en las manos de Dios, y confiar enteramente en su soberana voluntad.
El jugador deposita su dinero ante el trono ilusorio del juego, sacrificando, en el proceso, la oportunidad de confiar en Dios plenamente y no apoyarnos en nuestra propia prudencia, como nos enseña la Biblia.
Popularity: 1% [?]



















