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El juego: Ese sutil enemigo (2/2)

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El juego: Ese sutil enemigo (2/2)


César Aníbal Villamil

Esconder su vicio

A medida que el vicio se acentúa, comienzan las mentiras para ocultar la verdad. Hay un viejo chiste que dice: «¿Cómo poder saber cuándo miente un jugador? Respuesta: Cuando mueve sus labios. Desafortunadamente, esto es verdad en los adictos al juego.

Los adictos al juego, o ludópatas, usualmente no tienen ni que pensar para mentir, ya les sale automáticamente. ¿A quiénes les mienten los adictos al juego? A todos. Cónyuge, padres, hijos, otros familiares, amigos, vecinos, etc. Los jugadores también se mienten a sí mismos y a Dios. No es raro escuchar, luego de una visita al salón de juego, que «no perdí ni gané», cuando en realidad habían perdido.

©hijukai

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También es común escuchar historias que provienen de la memoria selectiva. Es decir, los jugadores cuentan y se regodean de las veces que ganan –pocas veces, por cierto–, pero nunca cuentan todas las veces que pierden.

«Yo no tengo un problema con el juego, es mi forma de pasar el tiempo y divertirme. Otros gastan dinero en otras cosas, a mí me gusta hacerlo así», son algunas frases comunes.

El juego no es simplemente un problema de «valores». Tampoco es un tema simplemente «moral», al menos no en términos de lo que usualmente identificamos como «problemas morales». Principalmente, el juego es un problema de justicia social.

Jugar es una forma de depredación. Jugar es un insulto a los que menos tienen. El juego beneficia a grandes corporaciones económicas mientras que oprimen a las clases más bajas con promesas ilusorias de riqueza.

Investigaciones recientes aseveran que «en América Latina se estima que cada ciudadano gasta unos u$s 250 anuales en apuestas realizadas a través de los juegos de azar.

Mientras algunos expertos aseguran que los juegos de azar crecen con las crisis económicas recurrentes de la región, los datos más recientes dan cuenta de que, a la par de la recuperación económica regional, la pasión por el juego se multiplica.

En países como la Argentina, Colombia, Venezuela, Brasil, México y Chile, se ha detectado un notable crecimiento del juego y el desarrollo de una industria que moviliza unos u$s 100.000 millones anuales en toda la región, y unos u$s 500.000 millones en todo el mundo.

Las agencias de apuestas se han multiplicado, y eso puede percibirse en las zonas suburbanas de las grandes ciudades como Buenos Aires, San Pablo, Bogotá o Caracas.

El casino es la máxima expresión del azar. El desarrollo de internet ha permitido que surgieran los casinos virtuales que ya concentran el 12% de las apuestas globales, y según perspectivas del grupo norteamericano Websence, en el año 2015 las apuestas por la red superarán los u$s125.000 millones al año, solo en América Latina.» (http://www.infobae.com)

La mentalidad auto indulgente y de gratificación instantánea ha inundado América Latina, Norte América y Europa. En Asia el juego ha sido un problema desde hace mucho y últimamente ha crecido de forma descomunal.

Debajo de la apariencia glamorosa del juego se esconde una adicción creciente y una espiritualidad decreciente.

Si bien no hay un mandamiento que directamente lo prohíba, el juego violenta varios principios bíblicos.

1. La soberanía de Dios

Proverbios 3.5-6 «Confía de todo corazón en el Señor y no en tu propia inteligencia. Ten presente al Señor en todo lo que hagas, y él te llevará por el camino recto

La inherente dependencia en la «suerte» o en las «probabilidades» del juego conlleva una cosmovisión que está en contradicción directa con la bíblica. Si realmente tenemos fe en Dios, no podemos poner nuestra confianza en la «suerte». Confiar en las probabilidades del juego nos coloca en oposición al propósito de Dios para nuestra vida y, consecuentemente, a su soberanía.

2. La buena administración

Proverbios 12.11 «El que trabaja su tierra tiene abundancia de pan; el imprudente se ocupa de cosas sin provecho

©spanaut

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El juego no solo perjudica nuestra administración económica, sino que también lastima la administración de nuestro tiempo. Muchos están a la caza de fantasías, fascinados con la idea de conseguir «algo de la nada», y ceden al atractivo de la riqueza instantánea. Pero Dios da su pueblo talentos, tiempo y dones con expectativas de rendir cuentas (Mateo 25.14-30).

El trabajo es tanto un mandamiento como un don de Dios. La Biblia nos enseña que debemos utilizar el dinero bien ganado para sostener a nuestra familia, la obra de Dios, y los necesitados. El juego minará los fundamentos de la administración cristiana en todos sus niveles: tiempo, dinero, trabajo y talentos, especialmente cuando se convierte en una adicción.

3. El pecado de la avaricia

A menudo escuchamos decir que ganando la lotería «se solucionarían todos mis problemas». Por supuesto, que no queda ahí sino que también podrían comprar todas esas cosas que siempre han deseado pero nunca pudieron hacerlo. Un vehículo lujoso, varias casas, un bote, etc. En el pecado de la avaricia, sólo es cuestión de empezar.

El juego alimenta la avaricia, el muy común y egoísta deseo de obtener algo de nada. Muchas veces disfrazado de diversión sin consecuencias, el juego arrebata los pocos pesos con que contamos y, a veces, mucho más. Incluso pone en peligro el sostén económico de la familia. Pablo escribe en 1 Timoteo 6.6-10 (Dios habla hoy):

«Y claro está que la religión es una fuente de gran riqueza, pero solo para el que se contenta con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podremos llevarnos; si tenemos qué comer y con qué vestirnos, ya nos podemos dar por satisfechos. En cambio, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación.

Porque el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos

¡El dinero es un siervo maravilloso, pero es un amo terrible!

No hay mejor manera de invertir nuestro dinero y aun nuestra vida que depositar todo en las manos de Dios, y confiar enteramente en su soberana voluntad.

El jugador deposita su dinero ante el trono ilusorio del juego, sacrificando, en el proceso, la oportunidad de confiar en Dios plenamente y no apoyarnos en nuestra propia prudencia, como nos enseña la Biblia.

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El juego: Ese sutil enemigo (1/2)

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El juego: Ese sutil enemigo (1/2)


César Aníbal Villamil

La Biblia no habla directamente del tema del juego y ese silencio provee un suelo fértil para discusiones y desacuerdos. Sin embargo, la Biblia enfatiza la soberanía de Dios (Mateo 10.29-30) mientras que el juego se basa en la «suerte»; la Biblia nos insta a trabajar creativamente y para el beneficio de otros (Efesios 4.28), mientras que el juego nos lleva a sacar beneficio de la nada; la Biblia condena el materialismo (Mateo 6.24-25), mientras que el juego lo promueve.

No solamente en los países más pobres sino también en los más desarrollados, el juego es un elemento que impacta a la econo

© lumaxart

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mía nacional y hogareña. En muchos países, el juego, tanto oficial como no oficial, mueve tanto dinero que cada vez se torna más difícil eliminarlo.

La Biblia es clara en cuanto a que toda la estructura desarrollada alrededor del juego es opuesta a la cosmovisión revelada en la Palabra de Dios. El impulso básico detrás del juego es la codicia –un pecado básico que muchas veces se convierte en el padre de muchos males. Codicia, avaricia y ambición desmedida son tratadas repetidamente en las Escrituras –siempre presentados como pecados contra Dios y a menudo acompañadas por gráficas advertencias de destrucción, como resultado de la codicia. El desmedido deseo por riquezas terrenales lleva a la frustración y a la muerte espiritual.

Como el Apóstol Pablo escribió a Timoteo: «Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Timoteo 6.10). La codicia estuvo presente en la decisión de Judas de traicionar a Cristo, en las mentiras de Ananías y Safira, y fue la raíz moral en el rechazo del joven rico para seguir a Cristo.

En la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, la avaricia es presentada como insensatez, y Jesús amplifica esa enseñanza en su parábola del hombre rico (Lucas 12.16-21). Al confiar en la prosperidad económica y planear en un granero más grande para acopiar su riqueza, el hombre escucha la voz que Dios que le dice: «Necio, esta noche vienen a quitarte la vida

La Biblia presenta la administración de las posesiones materiales como un tema crucial del discipulado. El cristiano comprende que sus posesiones y su dinero no le pertenecen, sino a Dios. Recibimos lo que tenemos y debemos administrarlo como corresponde, pues se nos pedirá cuentas de todo ello.

Sumado a todo esto está la dependencia a un sistema que descansa en la casualidad o probabilidad. La cosmovisión de un jugador asume un mundo determinado por la casualidad, para el cual la principal virtud es la «suerte». La cosmovisión bíblica afirma la soberanía de Dios sobre todos los eventos, las personas y el tiempo, por lo tanto, no hay lugar para la suerte. El cristiano confía en Dios, y no en la vana esperanza de un «número de la suerte» o en el favorable movimiento de los dados.

Asimismo, el juego es un ataque directo a la ética del trabajo presentada en las Escrituras. Uno de los hilos constantes a través de toda la Biblia es la dignidad del trabajo honorable y la justa recompensa por el trabajo y la producción. El trabajador digno es recompensado, la pereza de las personas improductivas no es recompensada y se constituyó en un escándalo en la Iglesia Primitiva. El juego quiebra la dignidad del trabajo yendo tras la ganancia financiera sin esfuerzo, en busca de riquezas sin trabajar y la recompensa sin esfuerzo ni dignidad.

Por otro lado, uno de los pecados más significativos de la industria del juego es su tratamiento de los pobres. En lugar de ofrecer una esperanza genuina y una salida a la pobreza, el juego se aprovecha de aquellos que están desesperados. Los profetas del Antiguo Testamento proclaman el devastador juicio de Dios contra aquellos que «devoran» a los pobres; sin embargo, los proponentes del juego atraen a aquellos que están en el fondo de la escalera económica para que arriesguen lo poco que les queda, aunque al final terminan sin nada. No es casual que en las barriadas más pobres abunden las casas de juego.

El juego corrompe la cultura y menoscaba todo lo que toca

A medida que los valores morales de una nación se corrompen, el juego crece proporcionalmente.

NAIPES

© Todd Klassy

El tema del juego casi no se enseña en las iglesias, pero debido a su creciente popularidad debería ser un tema presente en la enseñanza de toda iglesia.

El juego se base en la casualidad y la «suerte» y no involucra habilidad alguna. El juego no es como una competición normal donde en busca de un premio la persona se esfuerza, se ejercita y pone todo su empeño en el premio final, que no es otra cosa que una recompensa a sus esfuerzos.

En el juego, con la esperanza de ganar algo de mayor valor, la persona arriesga algo de valor en busca de ese factor «suerte» que está más allá de su control o expectativa racional.

El juego va acompañado con la noción de que cuanto más se arriesgue mayores son las probabilidades de ganar. Sin embargo, las probabilidades de ganar nunca son mayores a las de perder. Todo está estructurado para que la inmensa mayoría de los jugadores pierdan.

Es importante que la Iglesia tome una clara posición sobre el juego y que lo haga públicamente exponiendo las consecuencias del juego y el terrible peligro de que una persona se convierta en adicta al juego.

¿Por qué jugar está mal?

• «Echar suertes», como leemos en la Biblia, no tiene nada que ver con el juego. Al echar suertes se buscaba conocer la soberana voluntad de Dios en temas difíciles y nunca implicaba arriesgar algo ni se esperaba ningún premio como recompensa, aparte de entender la voluntad de Dios.

• Niega la soberanía de Dios. La incierta promesa de ganar algo es el producto de la imaginación humana, que no descansa en la soberanía de Dios, o directamente la niega. «El Señor ha puesto su trono en el cielo y  su reino domina sobre todo» Salmos 103.19.

• Se construye sobre una administración irresponsable. La peor administración es desperdiciar los recursos que Dios nos ha dado ante el altar de un dios llamado «buena suerte». Debemos recordar que todo lo que tenemos le pertenece a Dios (1 Crónicas 29.14).

• Deteriora la ética bíblica. Debemos ganar el pan con el sudor de nuestra frente y no a través del juego. El potencial proceso adictivo del juego pone en peligro nuestros recursos y erosiona el salario que con tanto esfuerzo ganamos.

• Está impulsado por el pecado de la avaricia. Asume que Dios no nos ha dado lo que deberíamos tener y que con el juego podríamos ganar una fortuna que merecemos para vivir mejor.

• El juego está construido sobre la explotación de otros. Para que alguien gane en el juego, hay millones de perdedores, la mayoría de ellos pobres o muy pobres que han sido seducidos por falsos oasis de riqueza.

En los medios periodísticos hay un tipo de noticias que nunca o casi nunca se lee en relación al juego: las personas que van a la bancarrota y aquellas que por haber perdido todo, llegan al extremo de suicidarse. Personas que desperdician todo lo que han ganado en las mesas de juego.

Si bien podría mencionar innumerables ejemplos, conozco a las personas involucradas en tres casos: un hombre de 70 años que, luego de alcanzar una posición económica holgada, perdió todos sus ahorros y se suicidó, dejando a su familia en la bancarrota y una carta donde explicaba todo. También una señora que perdió $ 30.000 y que finalmente se endeudó hasta llegar a la suma de $ 100.000, lo que le demandará años de trabajo duro, tanto para ella –que tuvo que volver a trabajar después de muchos años dedicada a cuidar a sus niños– como para su esposo. Todo para poder pagar la deuda generada por el juego. Por último, una señora muy rica que, poco a poco, fue perdiendo, en el casino de su ciudad, todo su dinero hasta quedar en la calle. El único motivo que mantenía en vida a esta señora –ya murió hace unos años– era acercarse a sus amistades, pedirles dinero e ir a jugar nuevamente. Estos son casos reales de los que puedo atestiguar. ¡Cuántos habrá que no conozco personalmente!

El jueves, Dios mediante, la conclusión de este artículo.

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Levantando manos santas

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Levantando manos santas


César Aníbal Villamil

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas». 1 Timoteo 2.8

Cuando Pablo escribió este versículo, no lo hizo para establecer el mandato de levantar las manos sino para recordar a los hombres de la necesidad de que cuando levanten sus manos al cielo, éstas deben ser santas. Por supuesto, al referirse a las manos se está refiriendo a toda la persona. En el contexto presente la palabra «santas» parece indicar tanto la parte moral como la espiritual. Si tenemos pecados sin confesar en nuestras vidas no podemos esperar una respuesta de Dios a nuestras oraciones (Salmos 66.18).Adoración 3

Lo importante no es el participio «levantando» sino el adjetivo «santas». Es decir, lo principal no es la postura del cuerpo sino la condición del corazón.

Levantando manos limpias—Los cristianos primitivos volvían la palma de la mano hacia el cielo, como los que ansían ayuda, como por ejemplo, Salomón (1 Reyes 8.22; Salmos 141.2). Los judíos se lavaban las manos antes de orar (Salmo 26.6). Pablo figurativamente (véase Job 17.9; Santiago 4:8) usa aquí un lenguaje que se refiere a esta costumbre: En Isaías 1.15, 16. Lit., «manos santas», manos que no han cometido impiedad, pero que han cumplido todo deber sagrado. Esto (o por lo menos el deseo contrito de ser así) es calificación necesaria para la oración eficaz (Salmos 24.3, 4).

En nuestro pasaje esta postura de las manos es mencionada como un hecho y no como un mandamiento acerca de cómo orar.

Los hombres son santos cuando son apartados para la obra de Dios. Pero también son santos cuando evitan toda clase de acto pecaminoso y en su lugar viven vidas que agradan a Dios. Por lo tanto, el sentido de este pasaje podría explicarse de la siguiente manera: «Los hombres que viven vidas que son agradables a Dios y levantan sus manos…».

Es importante notar que la palabra griega para «santas» utilizada en este pasaje: «hosios», no se refiere a nuestra posición en Dios sino a nuestra experiencia de vida.

Oración 1La oración aceptable debe partir de un corazón santo y purificado. El acto físico de levantar las manos era importante para los judíos, pero la pureza de las manos, originalmente un requisito físico que debía cumplimentarse antes de acercarse a Dios (Éxodo 30.19-21), se convirtió, simbólicamente, en una condición del corazón. La iglesia primitiva entendió dicha pureza como una condición para orar (Santiago 4.8). Cuando oramos nos estamos comunicando con un Dios santo. Por lo tanto, Dios requiere que nosotros enfrentemos y solucionemos el problema de nuestros pecados antes de comunicarnos con él.

Los hombres que esperan que sus oraciones sean escuchadas y respondidas deben ser hombres santos.

Si bien las posturas en oración no es el centro de este versículo, éstas nunca deben ser desatendidas. Es claro que no podemos establecer una posición para orar como bíblicamente correcta, pero sí podemos decir que nunca debemos ser displicentes. Cuando oramos estamos ante la presencia de Dios y esa realidad siempre debe entrar en la ecuación cuando oramos.

Creo que nos será útil mencionar las distintas posiciones mencionadas en el AT:

1. De pie – Génesis 18.22; 1 Samuel 1.26; Mateo 6.5; Marcos 11.25; Lucas 18.11, 13 (Note el contraste entre los últimos dos versículos. Nos ORACIÓN NIÑOpermite ver la diferencia entre cómo y dónde deberemos estar de pie).
2. Manos abiertas o/y levantas hacia el cielo – Éxodo 9.29; 17.11, 12; 1 Reyes 8.22; Nehemías 8.6; Salmos 63.4; 134.2; 141.2; Isaías 1.15; Lamentaciones 2.19; 3.41; Habacuc 3.10; Lucas 24.50; 1 Timoteo 2.8; Santiago 4.8).
3. Inclinando la cabeza – Génesis 24.48 (cf. versículo 13), Éxodo 12.27; 2 Crónicas 29.30; Lucas 24.5.
4. Levantando los ojos hacia el cielo – Salmos 25.15; 121.1; 123.1, 2; 141.8; 145.15; Juan 11.41; 17.1; (cf. Daniel 9.3 y Hechos 8.55).
5. De rodillas – 2 Crónicas 6.13; Salmos 95.6; Isaías 45.23; Daniel 6.10; Mateo 17.14; Marcos 1.40; Lucas 22.41; Hechos 7.60; 9.40; 20.36; 21.5; Efesios 3.14.
6. Postrados con la cara contra el piso – Génesis 17.3; 24.26; Número 14.5, 13; 16.4, 22; Deuteronomio 9.18; 25.26; Josué 5.14; Jueces 13.20; Nehemías 8.6; Ezequiel 1.18; 3.23; 9.8; 11.13; 43.3; 44.4; Daniel 8.17; Mateo 26.38; Marcos 7.25; 14.35; Lucas 5.12; 17.16; Apocalipsis 1.17; 11.16.
7. Otras posiciones – 1 Reyes 18.42 (inclinado con la cara entre las rodillas); Lucas 18.13 (Con la cabeza gacha y golpeándose el pecho).

Como se desprende de estas últimas referencias, las posiciones indicadas pueden ser la combinación de diferentes posturas. Es claro que el método preferido entre los orientales ha sido y sigue siendo de rodillas para ir inclinando el cuerpo gradualmente hasta alcanzar el suelo con la cabeza.

Es importante notar que orar con las manos levantadas no era una característica de la oración en el AT solamente sino también en religiones paganas del Siglo I y en la iglesia primitiva. Por lo tanto, una oración que busca acercarse a Dios debe ser una oración hecha por alguien que busca agradar a Dios con l santidad de su vida.

Todas estas posiciones son apropiadas.

1. De pie – Indica reverencia.
2. Manos abiertas o/y levantas hacia el cielo – Es un signo de depender de Dios en espera humilde.
3. Inclinando la cabeza – Es una demostración externa de un espíritu de sumisión.
4. Levantando los ojos hacia el cielo – Indica que uno cree que la ayuda viene de Dios y únicamente de él.
5. De rodillas – Ilustra la humildad y la adoración.
6. Postrados con la cara contra el piso – Es la manifestación visible de asombro ante la presencia divina.

La costumbre contemporánea de cerrar los ojos y juntar las manos no tiene un origen claro. Aunque no figura en la Biblia ni en la historia de la iglesia primitiva, la costumbre debe ser considerada como buena si se la interpreta adecuadamente. Esta posición ayuda a aquel que ora a evitar distracciones y a entrar en una atmósfera donde nada es más importante que Dios.

Lo que si es resaltado, no solamente en el pasaje bajo consideración sino a través de las Escrituras, es que lo importante no es la postura del cuerpo o la posición de las manos sino la actitud interior del alma.

Como nota final podemos agregar que la palabra griega que se traduce en este versículo como «hombres» se refiere a varones exclusivamente. No es un término amplio como «anthropos» sino el más limitado «andras». Como Pablo estaba hablando de la oración pública hace la distinción entre los hombres y las mujeres, tan común en la sociedad del siglo primero de nuestra era.

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La ética en la vida del cristiano

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La ética en la vida del cristiano


César Aníbal Villamil

La ética es un tema vasto y comprehensivo que constituye una de las ramas importantes de los estudios teológicos y puede ser definida como un sistema de valores morales y deberes. Tiene que ver con el carácter humano, las acciones y los fines.

La ética también tiene que ver con la comunidad. No es cosa de argumentación, sino de conducta frente y hacia los demás, y su principio y su fin, por lo tanto, tiene que ver con responder a lo que da origen al término clave de la ética: la responsabilidad.

Crisis de la ética

La Biblia es mi guía (brújula)En 1933, de acuerdo a la cita de Julián Marías, Ortega y Gasset comenzó un discurso que apuntaba a analizar la situación de España en aquella hora tan difícil, diciendo: No sabemos lo que nos pasa, y eso es, precisamente, lo que nos pasa. Lo mismo podría ser dicho en nuestro tiempo. Es hora de que sepamos lo que nos pasa, y lo que nos pasa es que atravesamos por una profunda crisis de valores, de la que la Iglesia no está exenta.

El poeta argentino Enrique Santos Discépolo, autor de tangos imborrables, a principios del siglo XX nos dejó palabras que hoy siguen siendo de una actualidad que impacta:

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro (ladrón), pretencioso, estafador.
Todo es igual, nada es mejor,
lo mismo un burro que un gran profesor
.

Los que antes teníamos como valores hoy ya no lo son, por lo tanto, es lo mismo ser una cosa que otra. Nos deshicimos de los grandes relatos de la historia y rechazamos los ideales del futuro. Estamos en la indefinición de la posmodernidad.

Si nos sentáramos a conversar tranquilamente, es muy probable que estemos de acuerdo sobre la ética. Qué es, qué significa, cómo aplicarla, etc. Sin embargo, muchas veces hay brechas abismales entre lo que decimos que somos y creemos y lo que verdaderamente somos y creemos. El mero análisis ético en el vacío es estéril y fútil; inclusive, me atrevería a decir que es falaz, pues corremos el peligro de conformarnos con la argumentación sobre la ética y olvidarnos de vivirla, así como de enseñarla, transmitirla.

La ética no es una teoría para contemplar al mundo, es una guía para la vida, en relación con los seres que nos rodean. La ética es acción, es determinación, es responsabilidad. El saber cómo actuar no conduce, necesariamente, a la acción y no se transforma en ética. Yo puedo saber qué pide Dios de mí, pero si no actúo conforme a ello, no sirve para nada más que para condenación (Santiago 4.17; 5.12; Romanos 8.1). No somos lo que decimos ser, sino lo que mostramos al actuar, todos los días.

Cruz 3Las ideas no son la moral. La moral es la encarnación de la ideas. Actos, conductas, y debajo de ellas los valores que, obviamente, se ven y expresan en esas realizaciones exteriores.

La razón de las cosas

La sociedad que nos rodea, gradualmente ha evolucionado hacia la permisividad, la pérdida de valores, etc., arrastrando consigo a buena parte de la Iglesia, pues en lugar de mantenerse inmaculada está siendo moldeada al mundo circundante. Parece ser que la indicación paulina: «No adopten las costumbres del mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente», (Romanos 12.2) no está siendo oída en nuestros tiempos.

El problema es que cada área que se fue degenerando no es más que una parte de un problema mayor. La cosmovisión del sistema mundo ha ido ganando terreno en relación a la cosmovisión vagamente cristiana que quedaba en la memoria de la gente.

Una de las razones de ello es una cosmovisión cristiana defectuosa basada en la concepción pietista de que existe una división clara entre el mundo «espiritual» y el «material», dando poca o ninguna importancia al mundo «material», descuidando la dimensión intelectual del cristianismo.

Sin embargo, la espiritualidad cubre toda la realidad y el señorío de Cristo debe cubrir todo en la vida y todo de la misma manera.

Cuando decimos que el cristianismo es verdad, lo es para toda nuestra realidad. El cristianismo no es una serie de verdades sino La Verdad, sobre toda nuestra circunstancia. En palabras de Ortega y Gasset: Yo, soy yo y mi circunstancia. No podemos separar nuestra existencia y pretender comportarnos de una manera cuando interpreto el papel de ser cristiano y otra muy diferente cuando de negocios se trata, por ejemplo.

Fallamos al no comprender que la Verdad tiene que ver con todo el entorno y no solamente el religioso. Nuestra visión de la realidad determinará nuestra posición en cada tema que enfrentamos hoy, y también nuestra visión del valor y la dignidad de la gente, la base para el tipo de vida que el individuo y la sociedad viven.

Yo creo que nuestra cultura, sociedad y gobierno están en la condición en la que están, no solo a causa de alguna conspiración maléfica, sino porque la Iglesia no cumple en su totalidad su deber de ser luz y sal de la cultura. Es nuestro deber —y privilegio— usar la libertad que tenemos para ser la sal de nuestra cultura.

Esta concepción maniqueísta —reducir todo a dos principios creadores, uno para el bien y otro para el mal—, ha llegado hasta nuestro tiempo provocando una espiritualidad excluyente que olvida incluir bajo el señorío de Cristo a todo el espectro de la vida.

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Aristóteles disertó ampliamente sobre la ética

Los antiguos avivamientos instaban a la salvación personal, pero también impulsaban claras acciones sociales. Por lo tanto, no solamente llevaban a la gente al arrepentimiento sino que también producían un cambio en la vida de la comunidad toda.

El costo de vivir éticamente

Los medios están inundados de informes sobre ética pecaminosa en los negocios —últimamente dos de las más grandes empresas del mundo fueron encontradas culpables de falsear la información contable para no pagar los impuestos correspondientes. En todos los niveles nos encontramos con corrupción, manipulación, evasión impositiva, malversación de fondos, etc.

Generalmente sabemos qué deberíamos hacer, pero evaluamos el costo de hacer lo correcto y desistimos de hacerlo cediendo a la presión de personas o circunstancias, en lugar de mantener la integridad que Dios requiere de nosotros. Si creemos que tenemos que hacer cualquier cosa para mantener nuestro negocio o empleo, podríamos terminar sirviendo al amo incorrecto.

Es imperioso que nos convirtamos en individuos centrados en principios. Que estemos dispuestos a pagar cualquier costo antes de quebrar esos principios sobre los cuales hemos afianzado nuestras vidas.

Los hombres no son dueños de sus fines, sino de sus caminos —aunque esos caminos puedan determinar sus fines.

Malos dueños de nuestros caminos somos cuando empezamos a descuidarlos. El que va en busca de días y noches opulentas, vuelve por el triste camino del cuidador de cerdos.

Para el hombre íntegro se presenta el dilema de Dostoiewski: el valor absoluto o la nada absoluta.

No me digas cómo es tu vida íntegra. Déjame observar tus conductas y en ellas podré ver las convicciones y valores a los que respondes. Niestzsche decía: Muéstrame tu vida redimida y creeré en tu redentor.

El profeta Isaías ve que en el pueblo de Dios los valores se habían subvertido, pues a lo malo le decían bueno y a lo bueno malo (Isaías 5.20); que no había un referente moral en quien confiar (Isaías 5). Todo se dirigía hacia el precipicio. Nada había en el futuro. Deprimido, el profeta va al Templo de Dios y allí ve al Señor. El velo se descorre y el profeta recibe fuerzas al ver la santidad de Dios. Ante la santidad de Dios el profeta puede verse a sí mismo con total claridad y sinceridad (Isaías 6.5): «¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo un hombre inmundo de labios…han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos».

Ese es el camino a recorrer, vayamos al Templo de Dios a contemplar su hermosura y poder. Ver el rostro de Dios nos permitirá vernos desde otra perspectiva. No vivamos vidas representadas sino reales de acuerdo a los parámetros del Dios de la gloria, a fin de que a través de nuestras vidas seamos la luz y la sal que nuestro mundo necesita tan desesperadamente.

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«Orar sin cesar», ¿Qué significa?

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«Orar sin cesar», ¿Qué significa?


César Aníbal Villamil

En 1 Tesalonicenses 5.17, el apóstol Pablo dejó una indicación para todas las generaciones de cristianos: «Oren sin cesar». ¿Es esto posible?

Muchos años atrás, luego de dar una enseñanza bíblica, se me acercó un grupo de adolescentes, deseosos de obedecer la Palabra de Dios, y me consultaron acerca de este versículo. Me dijeron: «El apóstol Pablo nos enseña que debemos orar sin cesar, pero todos nosotros tenemos estudiar, trabajar y hacer otras cosas que no nos permiten cumplir con las palabras de Pablo. ¿Cómo podemos hacer?»Oración 4

Dejé la respuesta para la siguiente reunión y comencé a investigar un poco. A decir verdad, para aquel entonces yo mismo tenía la misma pregunta.

Evidentemente, por más que nuestra actitud por obedecer sea genuina es imposible no hacer otra cosa en la vida que orar sin cesar. ¿Qué hay detrás del mandamiento de Pablo?

Antes de seguir adelante con nuestro estudio, vayamos muchos siglos atrás, a la época de Nehemías. Por aquellos tiempos, el pueblo de Israel había sido llevado cautivo, y Nehemías estaba en la ciudad de Susa, capital del reino de Persia y por su tarea (copero del rey) estaba siempre cerca del rey. Cierta vez, el rey Artajerjes notó que Nehemías estaba triste y le preguntó qué le pasaba. Nehemías le respondió que estaba triste porque su ciudad –Jerusalén– estaba en ruinas. Ahora leamos Nehemías 2.4: «Me dijo el rey: “¿Qué cosa pides?” Entonces oré al Dios de los cielos y dije al rey: “…envíame a Judá…”»

Cuando uno lee el pasaje de Nehemías inevitablemente surge una pregunta: ¿qué pudo haber orado Nehemías en un segundo? Es claro que no tuvo tiempo a arrodillarse, realizar una oración larga y luego responder al rey. Si bien la Biblia no lo dice, probablemente Nehemías oró: «Señor, ¡ayúdame!», o algo por el estilo. Y Dios respondió su oración. ¿Cómo se relaciona esto con la exhortación de Pablo?

Primero vale la pena comentar que en «Oren sin cesar» hay un elemento de exageración retórica. En todo idioma existe esta herramienta de énfasis, por ejemplo: «Te dije un millón de veces que no exageres».

Lo que Pablo está diciendo en nuestro pasaje no es que debemos estar recitando oraciones todo el día, sino que debemos vivir en un constante «estado de oración», permanentemente comunicados con Dios, no solo en las cosas importantes sino en toda circunstancia.

Bible study 5Cierta vez, un ministro estaba por retirarse y comenzó a discipular a un ministro joven que lo reemplazaría. Como parte de su discipulado acostumbraban a pasar el día hablando de diferentes temas. Una vez decidieron organizar un retiro espiritual de un fin de semana. Al finalizar el primer día, el ministro joven pidió ser el primero en orar y realizó una oración larga y detallada. ¡Quería impresionar a su maestro! Cuando terminó, invitó a orar al ministro anciano y este dijo: «Gracias Señor por tus cuidados en este día. Danos un sueño apacible. Amén», y se dispuso a dormir. El ministro joven se sorprendió de la breve oración y le preguntó: «Disculpe ministro, pero ¿podría decirme porqué oró tan corto?», a lo que el anciano le respondió: «Lo que pasa es que estuve en oración todo el día. Solo tenía que despedirme».

Cuando Pablo nos urge a orar sin cesar, sabe de lo que está hablando. Veamos lo que nos dice en los siguientes pasajes:

Romanos 1.9 – «Dios…es testigo de que los recuerdo siempre en mis oraciones»

Colosenses 1.3 – «Siempre que oramos por ustedes, damos gracias a Dios…»

Colosenses 1.9: – «…no cesamos de orar por ustedes y de pedir que Dios los llene del conocimiento de su voluntad».

Pablo era un hombre de oración y desea que tanto los tesalonicenses como nosotros seamos hombres y mujeres de oración. Él también instaba a los cristianos a que oraran por él. 1 Tesalonicenses 5.25 dice: «Hermanos, oren por nosotros.» 2 Tesalonicenses 3.1: «Por lo demás, hermanos, oren por nosotros…».

Para Pablo, la oración era fundamental en la vida del cristiano, por eso nos dice: «No dejen de orar. En cada circunstancia, para cada necesidad, no se olviden de agradecer, oren por sus hermanos, intercedan por ellos, etc

Creo que el ejemplo de la tos puede ayudarnos a comprender el sentido de las palabras de Pablo. Cuando tenemos tos, si bien no estamos ORACIÓN.1tosiendo todo el tiempo, siempre tenemos en el pecho y la garganta esa «sensación de tos». Es como si sintiéramos que en cualquier momento saldrá la tos. No siempre tosemos, pero siempre tenemos esa sensación. Con la oración pasa lo mismo, no es que estemos siempre orando, pero siempre debemos tener esa «sensación de oración», si se me permite la expresión. Es vivir en un constante estado de comunicación con Dios. Es estar aferrados a la mano de Dios en toda circunstancia de nuestra vida. Entonces, cuando la situación lo requiera, podemos, como Nehemías, «orar al Dios del cielo» una corta oración de súplica y actuar acorde a la voluntad de Dios.

Por supuesto que hay momentos de prolongada oración. Tenemos muchos ejemplos en el Antiguo Testamento, en Pablo y en Jesús mismo, pero eso es un tema para otro artículo.

Pidamos a Dios que «orar sin cesar» sea una realidad en nuestra vida diaria.

Las citas fueron tomadas de la Reina Valera Contemporánea.

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Mucha paz tienen los que aman tú Ley, y no hay para ellos tropiezo. - Salmo 119:165