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El poder del evangelio

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El poder del evangelio


CRUZ

La cruz, poder de Dios

Remontémonos casi 60 años en el pasado, exactamente al domingo 7 de diciembre de 1941, la mañana en que la aviación del Japón bombardeó Pearl Harbor, en Hawai, dejando un saldo de 2.403 muertos, 1.178 heridos, la destrucción de 188 aviones y borró casi por completo la flota de los EE.UU. en el Pacífico.

El bombardeo de Pearl Harbor fue liderado por un brillante piloto japonés, de 39 años, llamado Mitsuo Fuchida, cuyo ídolo era Adolf Hitler. Aunque aquel día su avión fue varias veces alcanzado por la artillería terrestre, Fuchida sobrevivió.

Después de la guerra, Fuchida era perseguido por las memorias de todas las muertes que él había presenciado. En un intento de encontrar solaz, Fuchida se mudó a una granja cerca de Osaka. Sus pensamientos se concentraron cada vez más en el tema de la paz y decidió escribir un libro sobre el tema. En su libro, que pensaba llamar «Basta de Pearl Harbors», Fuchida urgía al mundo a buscar la paz hasta las últimas consecuencias, aunque en su planificación del libro buscó en vano por una historia en la que basar su libro. Su búsqueda es relatada por Donald A. Rosenberger, un marino de los EE.UU. que había sobrevivido a Pearl Harbor, quien nos cuenta:

«Fuchida comenzó a buscar por historias sobre prisioneros de Guerra que pudieran ilustrar el principio que estaba buscando. Su primer informe le llegó cuando un amigo –un teniente que había sido capturado por los estadounidenses y encarcelado en una prisión de guerra en los EE.UU. Fuchida vio su nombre en un diario, en una lista de prisioneros de guerra que volvían a Japón. Inmediatamente hizo contacto con su amigo y cuando se encontraron hablaron de muchas cosas hasta que le preguntó: “¿Cómo te trataron en la prisión de guerra?” Su amigo le respondió que lo habían tratado bastante bien, aunque había sufrido bastante tanto mental como espiritualmente. Pero entonces, el amigo de Fuchida, le contó que algo lo había impresionado profundamente y que lo ayudó a él y a los que estaban con él a olvidar todo el resentimiento y el odio cambiándolos por un espíritu de perdón y un sentimiento de paz.»

¿Qué había sucedido?

Había una joven de los EE.UU. que se llamaba Margaret «Peggy» Covell, que tendría 20 años, según ellos pensaban, que iba a la prisión de manera regular ayudando a los prisioneros en lo que podía. Peggy les llevaba cosas que podían disfrutar, como revistas y periódicos; se preocupaba por los enfermos y siempre estaba dispuesta a ayudarlos en lo que necesitaran. Cuando le preguntaron porqué hacía todo eso, la respuesta les provocó una enorme conmoción: «Porque mis padre murieron a manos de la armada japonesa».

BOTE EN EL LAGO

Paz que sobrepasa todo entendimiento

Esta declaración conmocionaría a cualquier persona, pero era totalmente incomprensible para la cultura japonesa. En esa sociedad, ninguna ofensa sería considerada peor que el asesinato de los padres. Peggy trató de explicar sus motivos. Les contó que sus padres eran misioneros en las Filipinas. Cuando los japoneses invadieron la isla, sus padres escaparon a las montañas. A su tiempo, sin embargo, los descubrieron y pensando que eran espías los condenaron a muerte. Si bien ellos negaron insistentemente la acusación, los japoneses los ejecutaron.

Peggy no supo lo que había pasado con sus padres hasta que la guerra terminó. Cuando finalmente se enteró, su primera reacción fue de ira y amargura. Peggy estaba furiosa con dolor e indignación. Imaginarse las últimas horas de vida de sus padres le provocaba una profunda tristeza. Se los imaginaba atrapados, implorando por una misericordia que no fue oída. Se imaginó la brutalidad de los soldados y a sus padres enfrentando a sus ejecutores japoneses y sus cuerpos cayendo sin vida en las montañas de Filipinas.

Gradualmente, Peggy comenzó a pensar en el amor de sus padres por la gente de aquellas remotas regiones, hasta que finalmente se convenció completamente de que sus padres habían perdonado a sus ejecutores, pues sus padres había puestos sus vidas en las manos de Dios y estaba dispuestos a darlas en el nombre de Jesús, a quien servían. Consecuentemente, si sus padres habían muerto sin amargura o rencor hacia sus ejecutores, ¿por qué su actitud debía ser diferente? ¿Por qué debía llenar su vida de deseos de venganza y resentimiento cuando ellos estaban llenos de amor y perdón? Por lo tanto, Peggy decidió seguir el camino del amor y el perdón y ministrar a los prisioneros japoneses como prueba de su sinceridad.

Fuchida fue tocado por esta historia, pero fue especialmente impactado con el hecho de que eso era exactamente lo que había buscado por tanto tiempo: «Un principio suficientemente impactante como base de la paz». ¿Podría ser que la respuesta que tanto buscó fuera el amor dispuesto a perdonar que fluye de Dios al hombre, y entonces de un hombre a otro? ¿Podría ser ese el principio sobre el cual fundamentar su libro «Basta de Pearl Harbors»?

Cuando volvía a su casa, Fuchida compró un Nuevo Testamento en la estación del tren. Si bien la obra bíblica en Japón comenzó en 1859, la Sociedad Bíblica de Japón se asoció a las Sociedades Bíblicas Unidas en 1938, pocos años antes de nuestra historia. Unos meses después comenzó a leer dos o tres capítulos por día. En setiembre de 1949, Fuchida leyó Lucas 23. Era la primera vez que leía la historia de la crucifixión.

La escena del Calvario perforó el espíritu de Fuchida. Todo se hizo realidad con el relato de Lucas. En medio del horror de su muerte, Cristo dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas; Fuchida había alcanzado el fin de su larga, larga búsqueda. Sin dudas esas palabras fueron la fuente del amor que Peggy había mostrado; tal como Jesús, cuando estaba colgado sobre una cruz y oró no solo por sus ejecutores sino por toda la humanidad. Eso significaba que había orado y muerto por Fuchida, un japonés que vivía en el siglo XX.

Cuando Fuchida terminó de leer el evangelio de Lucas, había recibido al Señor Jesús como su único y suficiente Salvador. Finalmente terminó su libro y lo tituló: «Desde Pearl Harbor al Gólgota». Su versículo preferido, que siempre agregaba cada vez que firmaba, era: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» Lucas 23.34.

El perdón que Cristo ofrece tiene un tremendo poder para afectar al mundo. Dios lo sabe, Lucas lo sabía, y hoy nosotros también necesitamos saberlo y comunicarlo a todos los que nos rodean.

Este es el mensaje de amor que debemos proclamar cada día de nuestras vidas. Como cristianos es nuestro deber y privilegio proclamar el Evangelio que tiene poder de vida y resurrección.

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Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá , y os salvará. - Isaías 35:3-4