Dios Habla Hoy
En la época de tensiones y polémicas con la iglesia de la mayoría de nuestros países de habla castellana, los evangélicos solíamos lanzar la acusación de que a los creyentes católicos no se les permitía leer las Sagradas Escrituras sin notas.
Tal limitación se interpretaba como la pretensión de dirigir -erróneamente, según se presuponía- la comprensión del texto bíblico por los caminos que al autor de las notas (o a la autoridad eclesiástica que las sancionaba) le interesaba.
La situación ha dado un giro de 180 grados. Primero apareció, hace ya mucho tiempo, una edición del texto de Reina-Valera con notas: la comúnmente llamada «Biblia Scofield». Se trata, en lo que a las notas se refiere, de una traducción a nuestro idioma de la homónima norteamericana, caracterizada por seguir una corriente dogmática determinada (el dispensacionalismo).
Después han proliferado las Biblias con notas o Biblias de estudio a tal punto que hoy constituyen, de hecho, una moda.
La cuestión fundamental es la siguiente: ¿Necesita el texto bíblico notas u otros instrumentos aclaratorios? Y la respuesta que debemos dar hoy, al margen de toda actitud polémica y antagónica, tiene que ser afirmativa. En efecto, las necesita, entre otras razones, por las siguientes:
** Ese texto fue escrito hace varios miles de años. Las secciones más cercanas a nosotros tienen una antigüedad de casi dos milenios.
** Ese texto fue escrito en un ambiente geográfico amplio y diverso, extraño a la inmensa mayoría de los lectores de habla castellana.
** Las costumbres, las instituciones, las prácticas religiosas, los instrumentos de trabajo y de recreación, los sistemas políticos, etc., que forman el «telón de fondo» de los relatos bíblicos son muy diferentes de los nuestros.
** Los idiomas en que se escribieron esos textos ni siquiera usaban los mismos caracteres que utilizamos nosotros hoy. Además, su sintaxis nos resultaría incomprensible si tratáramos de copiarla en nuestro idioma.
** La poesía semítica, tan importante en la literatura bíblica, se parece muy poco a la poesía castellana. (Hay que recordar que gran parte del AT es poesía; y que hay poemas en varios libros del NT.)
Los evangélicos hemos aceptado esta realidad y, por ello mismo, nos hemos percatado de la necesidad de proveer a los lectores de la Biblia de material complementario que los ayude a comprender mejor lo que leen y estudian. Eso explica que en los últimos años se hayan producido las llamadas «Biblias de estudio». La primera Biblia de estudio publicada por Sociedades Bíblicas Unidas, en cualquier idioma, es la edición del Nuevo Testamento y Salmos que, con esas características y utilizando el texto de la llamada «versión popular» en castellano, vio la luz el año 1990.
Posteriormente, en 1994, se publicó la Biblia completa (la VPEE: Versión popular, edición de estudio). Y a finales de 1995, Sociedades Bíblicas Unidas publicó también la Biblia de estudio con el texto de la revisión de 1995 de la clásica Reina-Valera (RVR-95-EE).
¿Qué es eso de «Biblia de estudio»?
Pero, ¿qué es una Biblia de estudio? ¿Qué ha de tener «de más» una determinada edición de la Biblia para que se constituya, propiamente hablando, en Biblia de estudio? ¿Es Biblia de estudio la edición de la Biblia que contenga «algo» adicional al texto bíblico? ¿Pueden trazarse los límites con claridad?
Señalemos, desde el principio, lo que puede sonar a perogrullada: el texto bíblico es el texto bíblico. Con esto queremos indicar que debe distinguirse diáfanamente lo que es el texto bíblico de cualesquiera otros elementos que se agreguen a la publicación de ese texto con miras a ayudar al lector en la comprensión de la palabra de Dios. El texto bíblico tiene que ser el de la traducción que se haya escogido. En notas al pie, en recuadros bien diferenciados, al final del volumen o siguiendo los criterios de distinción que los editores decidan, debe incluirse el material adicional. Es este material adicional lo que hace de una determinada edición de la Biblia, una Biblia de estudio.








