La nueva vida de Vilma Delgado Vargas
Decidió vender Biblias en los barrios donde antes la habían conocido como drogadicta.
Vilma Delgado Vargas acude frecuentemente a la Sociedad Bíblica de Costa Rica en busca de las Biblias que vende casa por casa en una de las zonas marginales de San José. Ella dice que es feliz cuando logra vender una Biblia.
Vilma es una mujer de aproximadamente cuarenta años. Nació en Tirrases, una localidad al este de San José, un poblado con alto riesgo social. En el seno de una familia con seis hijas y un hijo, su padre alcohólico y su madre trabajando continuamente para llevar algo de comer a sus hijos que, en muchas ocasiones, solo se alimentaban de lo que podía conseguir en los cafetales.
Desde los nueve años, cuando regresaba de la escuela iba a hacer algún trabajo, como limpiar casas o lavar platos, y así ganar algo de dinero para contribuir en su hogar.
Cuando vio que otras familias vivían mejor que ella y que los hijos de esas familias tenían su cama propia, ella empezó a sentirse mal, no podía entender por qué ella tenía que dormir con sus seis hermanos en una cama de madera mientras otros niños tenían cada uno su propia habitación y cama. No podía entender por qué ella no tenía juguetes y los otros niños sí tenían muchos, así que empezó a tomar algo para ella; nadie le había enseñado que robar era malo, en su casa no había esos valores.
En medio de un ambiente de abusos sexuales y gritos, llegó a los 14 años de edad y consiguió trabajo en una fábrica. Estaba muy contenta porque ya no tenía que estar en su casa todo el día. A esa edad conoció por primera vez un cepillo de dientes y aprendió la importancia de asearse. En la fábrica también conoció las drogas, las compañeras le enseñaron a fumar marihuana, le enseñaron a tomar cerveza cruda y luego a ir a una discoteca donde pasaban horas disfrutando del efecto de la mezcla. “Era muy rico”, dice Vilma; con eso olvidaba todo lo que pasaba en su casa.
En los buses trataba de llamar la atención diciendo palabras soeces y tratando mal a los demás; en el fondo lo que quería era que alguien la ayudara, pero nadie la entendió. Luego probó también el “cemento”, y le gustó mucho; se aislaba en un rincón de la casa a disfrutar del efecto del narcótico, hasta que un día la mamá la echó de la casa. Se fue a vivir a la calle y a dormir entre cartones.
A la familia parece que no le importó. Viviendo entre cartones en los lotes baldíos, conoció a otros muchachos y muchachas de edades parecidas, quienes vivían robando cosas pequeñas para sostener su ansia de drogas. Con el tiempo conoció a mujeres mayores, y ellas la llevaron a hombres, que la “cuidaban” y le daban de comer, pero que también le enseñaron a realizar robos mayores.
En esas condiciones, Vilma quedó embarazada de su primera hija, la cual regaló; en uno de los robos fue atrapada por la policía y condenada a 3 años de cárcel.
La cárcel fue su universidad, aprendió a dominar a otras mujeres del ambiente y llegó a ser una líder. Aprendió además más sobre el robo.
Cuando salió de la prisión continuó viviendo del mismo medio delictivo, salía a robar todos los días. Aprendió a usar heroína. Conoció a un hombre del que se enamoró y quedó embarazada de su segundo hijo. El hombre era traficante de drogas, las que almacenaba en sacos para luego distribuirla; ella colaboraba en su distribución, hasta que enfermó de tuberculosis y fue internada en un hospital.
Después de salir del hospital, a sus 30 años, fue a casa de su madre, quien la aceptó de nuevo ante su promesa de hacer el esfuerzo por dejar la droga. Un día salió a hacer un mandado y en el camino un hombre le ofreció cocaína; volvió a caer de nuevo. Luego probó otra droga conocida como “piedra”.
Bella Flor, una mujer que pastoreaba un grupo de niños en un barrio marginal de San José llamado Las Tablas, le habló muchas veces de Dios, pero ella la amenazaba con matarla. Otro pastor, Carlos Córdoba, había estado buscado a Vilma, invitándola a internarse en el centro que había establecido para ayudar a rehabilitar a drogadictos de la zona de Alajuelita, una zona muy marginada de la ciudad, pero Vilma nunca quiso; al contrario, lo amenazaba también con matarlo.
Durmiendo bajo los puentes, sin poder conciliar el sueño, llegando a veces a la desesperación, un día lloró amargamente y, en su angustia, le rogó a Dios: “si realmente existes, ayúdame a salir de esto”. Al día siguiente fue a buscar al pastor Carlos Córdoba, quien le dijo que si realmente quería ingresar al centro de rehabilitación tenía que esperar una hora; en esa espera entró a la iglesia y lloró por largo rato.
Le suplicaba a Dios que la sacara de esa condición de vida, que esta era su oportunidad y que se arrepentía de todo lo que había hecho. Recordó cuántas veces estando en los lotes baldíos escuchaba una voz que le decía “te voy a matar”, y le suplicó a Dios que eso no sucediera.
Cuando el pastor la ingresó en el Centro Zoe, ella durmió por tres días. Cuando despertó la invitaron a entregar su vida al Señor Jesús. Vilma lo hizo inmediatamente, y a partir de ahí su meta fue llegar a ser una persona normal.
Ella pensaba: “Cuando reciba mi diploma del Centro Zoe, podré volver a la normalidad”. A los tres años recibió su diploma, pero siguió viviendo en el Centro porque no tenía a dónde ir; había hecho el intento de volver a la casa de su madre pero no fue bien recibida. Fue entonces cuando escuchó una voz que le dijo: “Yo soy tu familia”.
Decidió regresar al Centro Zoe. Ahí había aprendido a usar la computadora y hacer trabajos de peluquería; ahora tenía herramientas para defenderse.
Además, decidió vender Biblias casa por casa en los barrios marginados donde antes la habían conocido como drogadicta. Hoy ya vive de manera independiente y sigue trabajando fuertemente en la venta de Biblias.
“Cuando vendo una Biblia –dice– me pongo feliz, porque la Palabra de Dios entró a ese hogar.”








