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Así recuerdo a mi padre

Por Hugo N. Urcola, miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Bíblica Argentina

Don Pedro N. Urcola nació en 1909, en San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires. Su padre abandonó la familia y supo desde muy niño lo que es ganarse la vida en la calle. De sus trabajos de aquel tiempo siempre recordó con cierto orgullo el de lustra botas y canillita. Pero a los 15 años recibió al Señor Jesucristo como su Salvador personal y su vida cambió radicalmente.

Un año antes, doña Cayetana, su madre, en una tarde de verano, bombeaba agua cuando sintió que la llamaban por encima del alambrado, solicitando un vaso de agua fresca. Respondió a la solicitud de quien sería el gran colportor de la Sociedad Bíblica Americana, don Francisco Penzotti, que estaba recorriendo aquellas polvorientas calles periféricas de la ciudad.

Penzotti no solo bebió el agua, sino que le habló del agua viva, que calma la sed para siempre. También le vendió la Biblia, en la gloriosa versión Reina Valera 1909. Nunca más lo volvería a ver. Pero también la colocó bajo el cuidado pastoral del gran misionero y pastor Krieger, de la Unión Evangélica, quien fue instrumento de Dios para la conversión de toda la familia.

No había pasado mucho tiempo cuando el Ptr. Krieger lo derivó al cuidado pastoral de otro gigante de la misión en aquellas épocas, el metodista Ernesto Bauman, que desarrollaba su obra desde Junín.

La idea era que los metodistas le dieran una oportunidad de estudio en el Colegio Ward de Bs.As. Allí se dirigió mi padre, y una sola cosa llevó de su hogar, la Biblia, que puso en sus manos don Francisco Penzotti.

Esa Biblia habría de acompañarlo toda su vida, hasta que a los 87 años fue glorificado.
La respuesta a la pregunta de cómo lo recuerdo es muy simple: ¡leyendo y escribiendo! En ese sentido fue un fiel metodista, que en aquellos tiempos daban tanta importancia a la ilustración de su membresía. Pero como Juan Wesley, a quien admiraba y leía sus famosos 52 sermones, y teniendo una gran biblioteca personal, siempre se consideró “un hombre de un solo libro”, la Biblia.

Recuerdo que se levantaba muy temprano, y desde la 6 a las 7,30 hs. preparaba su mate. Tenía sobre la mesa el libro secular que podía estar leyendo, pero antes había dedicado media hora a escudriñar las Escrituras. Era tal la familiaridad con el texto, como tantos en su generación, que su hablar, sus ejemplos de vida, su manera de escribir, reflejaban un profundo conocimiento bíblico. Ya jubilado, integró el pequeño grupo de personas que le leían textos a Jorge Luis Borges, quien lo llamaba con cierta picardía “mi hermano angélico”.

Conoció otras versiones castellanas, pero a él nadie lo pudo convencer que haya una que supere la de Casiodoro de Reina, escrita en el Siglo de Oro de la lengua castellana. ¡Y quizás no estaba equivocado!

Nuestros padres en la fe evangélica fueron así. Hombres de un solo libro, apasionados por su lectura, contenido y por difundir su mensaje. Su fe era fe bíblica. No querían textos auxiliares (que por otro lado no abundaban), ni devocionarios que interpreten el texto. Ellos querían escudriñar, es decir, inquirir minuciosamente el texto sagrado, de tal manera que le hable directamente a su mente y corazón.

¿Cómo lo recuerdo hoy? Tomando mate y leyendo su Biblia al comenzar el día, y colocando al lado de cada versículo que le llamaba la atención una “R” y una “H”, iniciales de sus dos hijos, para que al leer en esa misma Biblia esos versículos repercutan en nuestras vidas, como había sucedido en la suya.












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