June 19, 2013

Jesús y la oración

Los discípulos pidieron a Jesús que les enseñase a orar.

Entonces él les dio un modelo de oración llamada «el Padre nuestro». No fue para repetirla mecánicamente, sin fe ni fervor, sino para que su contenido les sirviese de orientación, de ejemplo para formular su oración propia.

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. – Lucas 11:2.

El «Padre nuestro» se divide en dos partes: La primera está relacionada con Dios, es decir, con su nombre, su reino y su voluntad. La segunda concierne a nuestras necesidades: El alimento, el perdón y la protección. Ese orden es importante. Dios debe ocupar el primer lugar en nuestros pensamientos y deseos.

Jesús empieza por invitar a sus discípulos a llamar a Dios “nuestro Padre”. Ya no es conocido sólo como el Dios del pueblo de Israel. Él es el Padre, el protector celestial de aquellos que siguen a Jesús. Aun más, él es aquel que nos llama sus hijos.

Cada uno de nosotros puede gozar del privilegio de acercarse a Dios con toda libertad y confianza. Podemos gozar de la misericordia del Padre Lucas 6:36 , de su perdón Marcos 11:25 , de sus cuidados Mateo 6:32 y de su disciplina bienhechora Hebreos 12:5-6

Nuestro Padre está en los cielos. El Dios que vino hasta nosotros por medio de Jesús permanece infinitamente por encima de nosotros. Todo lo que sucede finalmente está en su mano.

Y ese Dios tan grande es nuestro Padre. Podemos hablarle como hijos. ¡Qué privilegio!

Fuente: Amén-Amén.net

No sólo de pan…

Juan Carlos Pérez

La cuaresma es un tiempo importante en el año litúrgico. En muchas ocasiones lo hemos vivido, centrado en sí mismo, olvidando aquella perspectiva de la Pascua, a la que nos prepara y da su auténtico sentido y profundidad.

Cuaresma no tiene por qué ser sinónimo de caras largas y tristes, de sacrificios y penitencias. La Cuaresma, vivida en sus expresiones de ayuno, limosna y oración, no está reñida con el gozo de ser cristiano. Cuaresma es un tiempo oportuno para tomar en serio nuestra vida, a la luz de la meta que es la Pascua. Es casi como un pequeño ensayo de lo que es toda nuestra vida cristiana: caminar hacia la Pascua, nuestra plenitud. Es verdad que ese camino tantas veces se hace desierto por las dificultades.

Necesitamos un pozo de donde beber y calmar nuestra sed. El pozo de la Palabra, la de Jesús, Palabra viva del Padre, «camino, verdad y vida».

Junto al pozo tenemos la oportunidad de tomar nuestra vida en serio y disfrutar de ella. Cuaresma es, entonces, tiempo oportuno para revisar y cambiar, para convertirse de corazón al Señor. Un tiempo para amarlo y amar a nuestros hermanos con todo nuestro ser –mente, alma y corazón. Un tiempo, pues, para preguntarse, ¿dónde tengo puesto el corazón? ¿De qué he de ayunar? ¿De qué he de abstenerme?

Que un lugar importante de estas preguntas lo ocupe Dios y la solidaridad con los hermanos. Que nuestro ayuno de pan –”no sólo de pan vivirá el hombre”– sea el signo del ayuno de todo lo que empaña nuestro amor a Dios y al prójimo. Que busquemos la Palabra de Dios plenamente.

Estudiar la Biblia a la hora de la cena

Mark Driscoll

Porque el amor de los padres por sus hijos es el más profundo, los conocen como nadie, y están con ellos más tiempo que otras personas, son los más apropiados para evangelizar a sus antes que nadie, enseñarles, amarlos, orar por y con ellos, y leerles las Escrituras.

Deuteronomio 4.9 dice: «Tengan mucho cuidado de no olvidar las cosas que han visto, ni de apartarlas jamás de su pensamiento; por el contrario, explíquenlas a sus hijos y a sus nietos.» (DHH). De la misma manera, Proverbios 1.8 dice: «Hijo mío, atiende la instrucción de tu padre y no abandones la enseñanza de tu madre.» También es útil recordar Efesios 6.1-4: «Hijos, obedezcan a sus padres como agrada al Señor, porque esto es justo. El primer mandamiento que contiene una promesa es este: “Honra a tu padre y a tu madre, para que seas feliz y vivas una larga vida en la tierra.” Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino más bien edúquenlos con la disciplina y la instrucción que quiere el Señor

Tanto las madres como los padres son exhortados a tomar la responsabilidad de pastorear a sus hijos. Esto no significa que las actividades de la iglesia o la escuela bíblica están prohibidas, sino que los mismos son elementos adicionales a la amorosa instrucción bíblica de los padres.

Debido a que los padres están con sus hijos la mayor parte del tiempo, serán sabios al integrar la instrucción bíblica a los diferentes momentos de su relación diaria. Es sabio que las familias tengan tiempos regulares y planeados de lectura bíblica, oración y adoración. Sin embargo, hay momentos a lo largo de la vida de los niños cuando sus corazones están especialmente abiertos a la instrucción estratégica. Un padre, guiado por el Espíritu y en oración, capturará esos momentos sagrados para instruir o corregir a sus hijos cuando así lo necesiten.

Quizás el mandamiento más claro en cuanto a ser padre de manera integral es Deuteronomio 6.4-9: «“Oye, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. “Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho, y enséñaselas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa

Mientras que probablemente todo padre cristiano estará de acuerdo con estos principios de cuidados pastoral por parte de los padres, la mayoría también admitiría lo dificultoso de llevarlo a la práctica. Por lo tanto, como pastor y papá, recabé algunas experiencias con mi esposa Grace y nuestros cinco hijos –entre 3 y 11 años–, y comencé a compartirlas con nuestra congregación.

Hace algunos meses, comenzamos una nueva tradición a la hora de la cena, y se ha convertido en una bendición.

A medida que vamos comiendo, conversamos sobre cómo ha sido nuestro día, cómo nos está yendo en nuestras responsabilidades personales, compartimos motivos específicos de oración, y conversamos sobre algún pasaje de las Escrituras. Desde que tuvimos nuestro primer hijo, siempre les hemos leído la Biblia, especialmente al momento de ir a la cama, y les ayudamos a desarrollar sus propios momentos de lectura devocional diaria. Sin embargo, siempre nos resultó difícil encontrar un momento apropiado para desarrollar devocionales familiares con nuestros cinco hijos, y mantener la atención de todos, en sus diferentes edades.

De todas formas, las charlas a la hora de la cena, levada adelante tanto por Grace como por mí, han resultado ser un enorme éxito. Cada vez que nos sentamos a la mesa, la «Biblia de la mesa», como la han llamado los niños, está en su lugar y abierta –por alguno de los niños– en la sección sobre la que conversaremos esa noche. El Señor siempre nos sorprende con conversaciones inteligentes dirigidas por el poder de Dios a través de su Palabra. A medida que cenamos, todos tiene la oportunidad de compartir algo aprendido y bendecirnos a todos.

11 consejos

Los siguientes pasos buscan ayudar a los padres a guiar a sus hijos en el estudio de la Biblia. Si bien son consejos simples, a nosotros, como familia, nos han ayudados.

1. Traten de cenar juntos en forma regular.

2. Puede resultar bueno que los padres se sienten juntos para guiar las conversaciones bíblicas con sus hijos.

3. Abran el tiempo de cenar preguntando si alguno de ellos tiene algún motivo especial para orar.

4. Un miembro diferente de la familia abrirá el tiempo de cena, cada noche, en forma alternada, siguiendo cada pedido de oración. De esta manera, todos los miembros de la familia aprenden a orar en voz alta.

5. Mientras cenan, pregunten cómo ha sido el día para cada uno de ellos y comenten cómo ha sido el de ustedes, padres, de acuerdo a lo que los niños pueden y deben saber.

6. Que la Biblia esté cerca de los padres y que sea en una versión de fácil comprensión para todos los niños. Que alguno de los presentes –padres o hijos– lean el pasaje correspondiente mientras los otros siguen comiendo y escuchan con atención.

7. Luego, uno de los padres explica el pasaje en términos sencillos, quizás el significado de alguna palabra, y muestra alguna aplicación de los leído.

8. Haga preguntas que motiven a la discusión y guíe la conversación a fin de que sea provechosa para todos.

9. Permita que la conversación fluya naturalmente. Escuche con atención a sus hijos y deje que ellos respondan las preguntas que sepan. Añada lo que a ellos se les escapa y responsa las preguntas más complicadas. De manera amorosa, corrija cuando haga falta y asegúrese de que las respuestas sean las correctas.

10. No dude en reconocer sus propios errores si de alguna manera surge en la conversación demostrándoles que usted tiene un corazón dispuesto a reconocer sus propios errores. Esto demostrará la humildad que se aprende en las Escrituras.

11. Al terminar la cena, pregunte si ha quedado alguna pregunta o duda de lo conversado, y respóndalas.

Jesús: fuentes históricas clásicas

Cesar Vidal
Las referencias históricas sobre Jesús son relativamente abundantes. Aparte de los cuatro Evangelios canónicos —Mateo, Marcos, Lucas y Juan—, el Nuevo Testamento contiene otros veintitrés escritos en los que se recogen datos sobre la vida y la enseñanza de Jesús.

A estas fuentes se añaden distintos escritos apócrifos de valor desigual y referencias patrísticas, todavía en el siglo I. Sin embargo, precisamente por la extracción de esas fuentes —cristianas y heréticas— resulta de interés preguntarse si hay más fuentes históricas que mencionen a Jesús y, sobre todo, si esas fuentes son distintas de las cristianas.

Las primeras referencias a Jesús que conocemos fuera del marco cultural y espiritual del cristianismo son las que encontramos en denominadas fuentes clásicas. A pesar de ser limitadas, tienen una importancia considerable porque surgen de un contexto cultural previo al Occidente cristiano y porque —de manera un tanto injustificada— son ocasionalmente las únicas conocidas incluso por personas que se presentan como especialistas en la Historia del cristianismo primitivo.

Las fuentes históricas clásicas sobre Jesús

La primera de esas referencias la hallamos en Tácito. Nacido hacia el 56-57 dC, Tácito desempeñó los cargos de pretor (88 dC) y cónsul (97 dC) aunque su importancia radica fundamentalmente en haber sido el autor de dos de las grandes obras históricas de la Antigüedad clásica: los Anales y las Historias. Fallecido posiblemente durante el reinado de Adriano (117-138 dC), sus referencias históricas son muy cercanas cronológicamente en buen número de casos. Tácito menciona de manera concreta el cristianismo en Anales XV, 44, una obra escrita hacia el 115-7. El texto señala que los cristianos eran originarios de Judea, que su fundador había sido un tal Cristo —resulta más dudoso saber si Tácito consideró la mencionada palabra como título o como nombre propio— ejecutado por Pilato y que durante el principado de Nerón sus seguidores ya estaban afincados en Roma donde no eran precisamente populares.

La segunda mención a Jesús en las fuentes clásicas la encontramos en Suetonio. Aún joven durante el reinado de Domiciano (81-96 dC), Suetonio ejerció la función de tribuno durante el de Trajano (98-117 dC) y la de secretario «ab epistulis» en el de Adriano (117-138), cargo del que fue privado por su mala conducta. En su Vida de los Doce Césares (Claudio XXV), Suetonio menciona una medida del emperador Claudio encaminada a expulsar de Roma a unos judíos que causaban tumultos a causa de un tal «Cresto». Los datos coinciden con lo consignado en algunas fuentes cristianas que se refieren a una temprana presencia de cristianos en Roma y al hecho de que en un porcentaje muy elevado eran judíos en aquellos primeros años. Por añadidura, el pasaje parece concordar con lo relatado en Hechos 18.2 y podría referirse a una expulsión que, según Orosio (VII, 6, 15) tuvo lugar en el noveno año del reinado de Claudio (49 dC). En cualquier caso no pudo ser posterior al año 52.

Una tercera referencia en la Historia clásica la hallamos en Plinio el Joven (61-114 dC). Gobernador de Bitinia bajo Trajano, Plinio menciona en el décimo libro de sus cartas a los cristianos (X, 96, 97). Por sus referencias sabemos que consideraban Dios a Cristo y que se dirigían a él con himnos y oraciones. Gente pacífica, pese a los maltratos recibidos en ocasiones por parte de las autoridades romanas, no dejaron de contar con abandonos en sus filas.

A mitad de camino entre el mundo clásico y el judío nos encontramos con la figura de Flavio Josefo . Pero de él trataremos en el siguiente artículo (esta serie de “Jesús en las fuentes históricas no cristianas” consta de cuatro artículos)
© C. Vidal, Libertad digital (ProtestanteDigital.com. 2005, España)