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Historia del texto bíblico

El uso que dieron a las Escrituras los cristianos de la iglesia primitiva

Por: Guillermo Milován

Sin excepción, como cristianos, cuando por primera vez comenzamos a leer el Nuevo Testamento con mentalidad moderna, seguimos el relato de los Evangelios, los Hechos y las cartas de los apóstoles como si sus autores, grabadoras en mano, copiaran las primicias de los sucesos narrados y a través de sus agencias los transmitieran a la audiencia.


En cuanto al libro de los Hechos, es tan vivo y fresco el relato que puede competir con la más moderna guía turística y uno puede imaginarse a Lucas cámara fotográfica en mano atento a lograr la mejor imagen sin perder los detalles de todo lo que es noticia sobresaliente después de la Ascensión del Señor: La venida del Espíritu Santo con las manifestaciones de poder; el primer discurso de Pedro tomando como base un pasaje del profeta Joel y los Salmos con su llamamiento al arrepentimiento; otra vez Pedro y Juan en la puerta del Templo en diálogo con un hombre pidiendo limosna; y así podríamos seguir con la narración de persecuciones, la conversión de Saulo camino a Damasco, los viajes misioneros. Vendrán las cartas, no precisamente por Internet, fruto de una pasión evangelizadora en profundidad y como seguimiento a la distancia exponiendo doctrinas y dando instrucciones al instante sobre problemas, buscando soluciones que siguen vigentes para las iglesias en nuestros días.
No hay duda alguna, Lucas es un narrador genial, y las cartas de los apóstoles, incluyendo el Apocalipsis de Juan, son la providencia divina que se gestan en el crisol de la prueba confirmando que «el año agradable del Señor» estaba en marcha. Y pensar que todos esos cristianos dependían de los escritos de los profetas de la Antigua Alianza y del relato oral hasta que Marcos se constituye en el primer relator inspirado para entregar por escrito pasajes acerca del ministerio de Jesús, gracias a la memoria privilegiada de Pedro con quien el autor había gozado de una preciosa intimidad. Es cierto que no siempre conserva un orden cronológico de los sucesos que relata, pero eso sí, es rigurosamente cierto todo cuanto va registrando. No inventa nada. No escribe una novela. Hace la historia tal como lo anuncia desde el primer versículo cuando dice. «Principio del Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios». Ni más ni menos. Y no era poca cosa.
¿Con cuánta impaciencia los cristianos de primera y segunda generación esperarían que el relato oral acerca de Jesús encontrara después de Marcos la pluma de un Lucas que compartiera con su amigo Teófilo el corresponsal oportuno para confiarles: «Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la Palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales han sido instruido» (Lucas 1:1-4).
Lucas comparte aquí una justificada inquietud en el sentido que ya circulaban muchas «historias» no del todo «ciertísimas» por lo que arremete escribir la suya después de una exhaustiva investigación. ¡He aquí el historiador que no cede un ápice a la improvisación y es rigurosamente exigente consigo mismo!
Lo seguirán los demás autores inspirados cuya producción literaria se produce entre los años 60 con Marcos, escrito en Roma, hasta entre el 95 y 100 con el Apocalipsis de Juan escrito en Patmos. ¿Qué nos dice esto?:
• Que hoy el cristiano y la iglesia gozan del privilegio de poseer una revelación completa de la fe que una vez fue dada a los santos. Un tesoro de información que abarca siglos, milenios, si sumamos el tiempo desde el Génesis hasta el Apocalipsis.
• Que no es extraño que los primeros cristianos y la primera iglesia se valieron de la Escrituras del Antiguo Testamento como afirmación de la fe después de la muerte y resurrección de Jesucristo, y como instrumento de la evangelización de acuerdo con el mandato de la Gran Comisión.
• Que las profecías acerca del Mesías esperado y la fidelidad con que era anunciado el Señor desde las Escrituras del Antiguo Testamento eran la clave para anunciar que el nuevo día de la gracia ya estaba vigente.
Bastarán unos pocos testimonios para acreditar que los primeros cristianos, a falta de la riqueza del Nuevo Testamento que nosotros poseemos como una herencia bendita, suplieron esta falta que estaba en proceso bajo la dirección del Espíritu Santo como revelación divina con la sola lectura de los libros de la Torá, los cinco primeros de Moisés, junto con los Salmos y los profetas, serían la clave que iluminaba la nueva vida en Cristo. Lo dirá en su nueva versión el autor de la carta a los Hebreos cuando se introduce de esta manera: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en los postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó de todo, y por quien asimismo hizo el universo» (Hebreos 1:1,2).
Seguiremos la conexión magistral que hace Lucas uniendo la profecía con su cumplimiento. Es como una demostración válida del uso que podía ser tanto personal como comunitaria acerca de la Biblia como mensaje de los siglos. Al comenzar con la presencia de Jesús mismo en la sinagoga de Nazaret que cita Lucas en el capítulo 4:16-30 ante los maestros y doctores de la ley, él abre el camino usando Isaías 61:16-30 con asombro de su audiencia y ese «hoy» que enmudeció a la congregación.
De igual manera, Lucas 3:1-20 registra la misión de Juan el Bautista con apoyo de la profecía de Isaías 40:3-5.
No menos impresionante es el pasaje de Lucas 24:13-35, donde Jesús camino a Emaús encuentra a sus discípulos atribulados como habiendo perdido la brújula de la vida y una esperanza quebrada y sin regreso. El Maestro reflexiona con ellos para decirles «¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían». Sin esta base para un entendimiento claro del propósito de Dios para el mundo no estarían en condiciones de predicar el plan de salvación «a toda criatura».
Seguimos con el libro de Hechos, segundo tomo de la obra de Lucas. Es interesante el capítulo 1:12-26, una cita que ayudará a los discípulos a encontrar la clave para recomponer el grupo de los doce, según lo integró Jesús. Pedro, presidiendo la asamblea de los 120, les dijo: «Varones hermanos era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló por boca de David acerca de Judas que fue guía de los que prendieron a Jesús... Porque está escrito en el libro de los Salmos: "Sea hecha desierta su habitación, y no haya quien more en ella; y tome otro su oficio"» (v. 20).
En Hechos 4:23-31, los primeros creyentes de Jerusalén encuentran en las Escrituras confianza y valor para sufrir en el Salmo 2:1,2, el secreto anticipado de la razón de sus sufrimientos. Un sufrimiento que tenía su origen en el testimonio de su fe en Jesucristo resucitando. Y para coronar esta sucesión de acontecimientos, nada mejor que recordar Hechos 8:26-39 con su Felipe, el diácono por excelencia evangelizando al ministro de economía etiope con Isaías 53:7,8 ¡Excelente uso de las Escrituras por un excelente evangelista con dominio de la Palabra de Dios!
No podemos olvidar la habilidad de Santiago al presidir el Concilio de Jerusalén, según Hechos 15:16-18 encuentra apoyo en Amós 9:11-12 para resolver un serio problema doctrinal.

¿Qué significa todo esto?:
• Que no podríamos imitar a los Samaritanos, habitantes de Samaria que produjeron su Biblia, a los cinco libros de Moisés rechazando el resto de las Escrituras.
• Que tampoco podríamos seguir el ejemplo de Marción (Siglo II de nuestra era) que rechazaba el Antiguo Testamento diciendo que no tenia nada que ver con el Nuevo. Borró de todas las epístolas de Pablo los pasajes que hablaban del Padre como Creador, así como el relato del nacimiento virginal en el Evangelio de Lucas entre otras cosas.
• Que víspera de un tercer milenio grupos milenaristas buscaban con afiebrado énfasis en el único libro del Apocalipsis, en Daniel y en los «pequeños Apocalipsis» de Mateo 24 y Lucas 21:7-37 las señales del fin del mundo.
Pero es más, estos y otros pasajes que nos llevarán a través del Nuevo Testamento confirmarán:
• Que existe una significativa unidad de propósito y programa que subyace entre los dos Testamentos.
o Que sin contradicción tenemos en este hecho la evidencia de que la Escritura es una revelación única de una sola mente, cuyo Autor es Dios que antes de la fundación del mundo incorporó al plan de redención por medio de Jesucristo, la persona central de toda la Biblia.
• Que estos maravillosos hechos son señales de una auténtica revelación que no pueden demostrar ningún otro libro de cualquier sistema religioso conocido en la historia.
No en vano el apóstol pudo decir: «Lámpara es a mis pies tu Palabra, y lumbrera a mi camino». De manera que así como la comunidad cristiana de la primera hora encontró luz, poder y la sabiduría de lo alto en sus páginas, no tendrá que ser menos en el tercer milenio para la iglesia del Señor hasta la consumación de los siglos ante la bienaventurada esperanza del segundo regreso del Señor en su gloria.

Guillermo Milován, además de periodista, escritor y predicador, fue pastor y líder cristiano Durante treinta años fue secretario general de la Sociedad Bíblica de Uruguay. Ya mora con el Señor, pero nos ha dejado su legado.


© La Biblia en las Américas, Volumen 56 / Número 254 / No. 4 del 2001


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