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Gonzalo Báez-Camargo, el biblista

Por: Aristómeno Porras

Iniciemos este tema con palabras de Víctor Hugo. Dice el inmortal romántico francés en el capítulo Los genios, de su libro William Shakespeare: «El genio contiene todo lo necesario en su cerebro, y todo su pensamiento sube y se desprende del cerebro, como el fruto de la rama. El pensamiento es la resultante del hombre. Las raíces se sumergen en la tierra, el cerebro se sumerge en Dios... El espíritu humano tiene una cima. Esta cima es el ideal. Dios desciende hasta ella y el hombre sube. En cada siglo, tres o cuatro genios emprenden esa ascensión. Los demás los siguen con la vista desde abajo... En toda obra maestra hay algo de Dios».


Víctor Hugo habla de genios como Homero, Job, Esquilo, Isaías, Ezequiel, Lucrecio, Juvenal, Tasito, san Juan, san Pablo, Dante, Rabelais, Cervantes y Shakespeare. Al leer a Víctor Hugo, pienso en Moisés, aquel genio que subió al Sinaí; y en Dios, que bajó para dialogar con él y entregarle el Decálogo, un documento inmortal.
Pienso ahora en don Gonzalo Báez-Camargo, hombre que subió no a una cima, sino a muchas, donde dialogó con Dios y como resultado de esas entrevistas surgió el escritor, el poeta, el periodista, el orador, el pedagogo, el amigo, el esposo ejemplar, el padre responsable y el erudito bíblico, tema que trato en esta ocasión. Momento propicio, ya que conmemoramos el primer centenario del nacimiento de don Gonzalo.
El amor de Báez-Camargo a la Biblia le vino por herencia. Sus antepasados formaron parte de un pequeño grupo de amigos de las Sagradas Escrituras que se reunía, allá en su Oaxaca natal, para leerla mucho antes de que llegaran a México los primeros misioneros evangélicos. Sus padres fueron también grandes estudiosos del Libro de los libros, ellos murieron jóvenes.
A los diez años de edad, don Gonzalo pasó a formar parte de la familia del doctor Victoriano D. Báez, pastor metodista y escritor de reconocido prestigio, como tal tomó parte en una traducción del Nuevo Testamento conocida con el nombre de Versión Hispanoamericana. Don Victoriano vivió algún tiempo en España, país cuna de la Biblia en lengua castellana, lo cual le dio la oportunidad de conocer diversas ediciones de las Sagradas Escrituras.
Las experiencias de su padre adoptivo en trabajos relacionados con la iglesia y con la Biblia, sembraron en el alma del joven Gonzalo un indeclinable amor a la Palabra de Dios. Lo oímos hablar con periodistas y escritores no evangélicos y ante cada uno de ellos dejaba ver sus conocimientos bíblicos como asuntos naturales, familiares.
En 1918, don Gonzalo ingresó al Seminario Unido de México con el propósito de prepararse para el ministerio cristiano. Terminados sus estudios en el seminario, salió a pastorear una iglesia rural en el estado de Querétaro. Allí una enfermedad, entonces incurable, minó su salud. Al parecer no había esperanza de vida para él. En busca de consuelo abrió su Biblia y en uno de los Salmos leyó estas palabras: “No moriré, sino que viviré y contaré las obras del Señor” (Salmos 118.17).
Ese día, el joven pastor le prometió al Señor que si lo sanaba, no haría otra cosa mientras viviera que predicar el nombre de Cristo a toda persona. Don Gonzalo cumplió fielmente la promesa, primero anunció el evangelio desde el púlpito; luego desde las tribunas pedagógicas, ya que era profesor normalista. Quizás le parecieron reducidas estas tribunas y, sin dejarlas del todo, se dio a proclamar el evangelio por medio de la página impresa. Desde entonces y hasta el día de su muerte lo vimos trabajar sin descanso en la producción de libros y numerosos artículos periodísticos.
Es imposible hablar de sus libros y de sus artículos en tan poco espacio, por lo cual sólo diremos, como dato curioso, que el día de su muerte yo corregía galeras de sus libros Breve Historia del Canon y Breve Historia del Texto Bíblico. De gran valor fueron sus artículos en defensa de la Revisión de 1960 de la Biblia Reina-Valera.
Como sabemos, en aquellos días surgieron diversos ataques contra esa obra pero don Gonzalo, con gran sabiduría, explicaba todas las razones que existían para que esta versión resultara valiosa y comprensible. En la actualidad, la Revisión de 1960 casi no tiene oponentes.
Ya que de versiones y revisiones de la Biblia hablamos, cabe decir que el doctor Báez-Camargo formó parte del comité ecuménico que preparó una versión del Nuevo Testamento publicada en Barcelona, España, bajo los auspicios de la comunidad de Taizé y distribuida gratuitamente en todas las comunidades de habla castellana.
En esa versión trabajaron seis lingüistas evangélicos de habla hispana y algunos eruditos católicos. Cabe aquí mencionar que en colaboración con el doctor Alfonso Lloreda, Báez-Camargo trabajó en la traducción conocida como Nueva Versión Castellana de la Biblia, aún inédita y cuyo original está en manos de Editorial Trillas de México; esperamos que pronto sea publicada.
Imposible seguir adelante sin informar que Báez-Camargo fue uno de los redactores, junto con el doctor Guillermo Wonderly, de la versión Dios Habla Hoy de las Sagradas Escrituras. Versión que tiene una historia muy interesante. Fue iniciada por don Hazael T. Marroquín, que preparó en español sencillo algunas selecciones bíblicas publicadas para entregar a los nuevos lectores que fueron producto de una campaña de alfabetización organizada por el general Ávila Camacho, entonces presidente de México.
Nunca pensó Marroquín que esos modestos trabajos suyos serían raíz de lo que surgió años más tarde: la versión Dios Habla Hoy. Atraído por esta labor, el profesor Juan Díaz Galindo, entonces director del Seminario Evangélico Unido, hizo la traducción de San Lucas en español sencillo. Lo supo el doctor Eugenio A. Nida, director del departamento de traducciones de Sociedades Bíblicas Unidas, e invitó a un buen número de lingüistas latinoamericanos para que, asesorados por el doctor Guillermo Wonderly, realizaran la versión Dios Habla Hoy.
Entre estos lingüistas no podía faltar el doctor Gonzalo Báez-Camargo. Fue él, así lo creo, el único que trabajó en esa obra hasta que vio la luz del día. Recordamos también que fue autor del Diccionario Arqueológico de la Biblia, publicado en español por Editorial Caribe y después en inglés.
Y si de homenajes hablamos, que fueron muchos, vale citar aquí únicamente los relacionados con sus trabajos bíblicos. Uno de ellos tuvo lugar en el auditorio de la Sociedad Bíblica de México, el veintitrés de abril de 1976. En esa ocasión llevamos la palabra los doctores Eugenio A. Nida y Alfonso Lloreda, el licenciado Agapito Ramos Rodríguez y el autor de estas líneas. «Su actuación en nuestra Sociedad Bíblica no ha sido la luz de un relámpago que apareciera por un instante para perderse después en densa oscuridad, sino una luminaria permanente que no se extinguirá jamás, dijo Ramos Rodríguez en su discurso.
Por su parte el doctor Alfonso Lloreda afirmó: «Nos dimos cita en la gran Tenochtitlán y abrimos juntos por espacio de dos lustros, las páginas de las Sagradas Escrituras en sus formas más antiguas del hebreo, el arameo y el griego. Fue pasando, una tras otra, empolvadas páginas de diccionarios, concordancias y glosarios, que supe admirar el valor intelectual y bíblico del doctor Báez-Camargo, con quien fui coautor de la Nueva Versión Castellana de la Biblia, que mucho me honra».
Veamos ahora un fragmento del discurso pronunciado por el doctor Eugenio A. Nida: «Un aspecto significativo de la erudición del doctor Báez-Camargo es la amplitud de sus conocimientos. Muchos profesores se han especializado en historia, teología, arqueología y exégesis, pero Báez-Camargo no se ha limitado a uno solo de esos campos de estudio, los abarca todos, razón por la cual han sido tan importantes y tan diversas sus contribuciones a la causa bíblica.
»Tal vez más importante que su conocimiento de esas causas, sin embargo, es el amor profundo a su lengua materna y a su identificación con sus lectores… Posiblemente el homenaje más significativo que haya recibido Báez-Camargo, proviene del doctor Serafín Ausejo, sacerdote español, que lo definió como estilista perfecto, erudito extraordinario, como un gran amigo y un verdadero cristiano».
Deseo mencionar algo, en su justa proporción, de lo que dije en ese homenaje, he aquí un fragmento de mis palabras: «En el primero de los Salmos hay un retrato perfecto de don Gonzalo Báez-Camargo, un hombre que jamás ha seguido el consejo de los malvados, ni ha ido por el camino de los pecadores, ni hace causa común con los que se burlan de Dios, sino que pone sus manos en la ley del Señor y en ella medita día y noche. Este hombre es como un árbol plantado a orillas de un río, que da su fruto en su tiempo y jamas se marchitan sus hojas. ¡Todo lo que hace prosperará!»
Otra labor en la cual el doctor Báez-Camargo puso su corazón fue en el Círculo de Estudios Bíblicos, ente por él organizado hace algo más de cincuenta años. Tanta fue la admiración de sus discípulos que al morir el maestro le pusieron su nombre: Círculo de Estudios Bíblicos Dr. Gonzalo Báez-Camargo. Creo que desde su organización, a sugerencia de don Gonzalo, todas las ofrendas recaudadas domingo a domingo en ese círculo van a la Sociedad Bíblica de México.
Otro homenaje muy importante al doctor Báez-Camargo tuvo lugar el 29 de mayo de 1981, día en que fue recibido como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, filial de la Real Academia Española. En su discurso de recepción, bajo el título de «El concepto de la mujer y del amor en Don Quijote», hay claras referencias a las Sagradas Escrituras, especialmente al Cantar de los Cantares. «Lógicamente, al tratar el tema del amor no puede quedar fuera el Cantar de los Cantares», dijo el conferencista. Un poco después afirmó el orador: «El amor de Don Quijote a Dulcinea es un emocionante comentario de esa sublime sonata que es el poema bíblico». Luego, entre otros versículos citó los que dicen: «El amor es poderoso como la muerte», «Setenta son las reinas, incomparables las doncellas, pero tú eres la única, mi paloma perfecta».
Por último, cabe citar el homenaje rendido al doctor Báez-Camargo el 27 de noviembre de 1977, en el salón de actos académicos de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Aquel recinto estaba totalmente colmado de admiradores del maestro, entre ellos el cuerpo diplomático acreditado ante el estado de Israel. Bien recuerdo unas palabras allí dichas por el doctor Báez-Camargo, estas que dicen: «Amo sinceramente al pueblo de Israel, lo primero por haberme dado la Biblia, el libro que más amo y también porque en esta tierra nació Jesús de Nazaret mi Salvador y Señor». Creí que aquellas palabras en tierra de judíos caerían mal, pero no fue así, ya que arrancaron múltiples aplausos.
Ante los hechos aquí sugeridos, creo que el 13 de noviembre de cada año, a partir de hoy, esta fecha debe ser declarada histórica por las Sociedades Bíblicas Unidas y por todas las iglesias cristianas, ya que aquel día nació ese gran biblista y escritor que fue don Gonzalo Báez-Camargo. Hombre en nada inferior a otros traductores ilustres como Juan Wiclyffe, Martín Lutero, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.
Junto a tan altos valores que adornaban el carácter de don Gonzalo Báez-Camargo, cabe anotar el de su excelente humildad, como lo vemos en el poema que dice:

Yo soy nada, Señor.
Mas de mi nada
tú puedes hacer algo.
En mi opaca gotita
tú puedes hacer
que se refleje un rayo de tu luz,
y se erice de repente
con los siete colores de tu arco.

Tú puedes convertir mi puñadito de polvo gris,
en un poco de barro, y hacer de él
entre tus dedos hábiles humilde vaso
en que dar un sorbito de tu agua al sediento y cansado.

Tú puedes darle al soplo que es mi vida
fragancia de tu bálsamo
para dar alivio a donde azote
de los desiertos el candente vaho.

¡Aquí estoy, gota opaca, polvo ínfimo, soplo leve!
Nada soy. Nada valgo.
Tú puedes hacer algo de mi nada
¡Hazlo, Dios mío hazlo!

Y como punto final, me permito exponer un poema en que don Gonzalo le pedía al Señor que le diera discípulos en esos campos del saber. Al respecto dice:

Concédeme, Señor, cuando me llames,
que la obra esté hecha:
la obra que es tu obra
y que me diste que yo hiciera.
Pero también Señor, cuando me llames,
concédeme que tenga todavía
firme el pulso, la vista despejada
y puesta aún la mano en el arado.
Yo sé bien que cuando al acto falte mi mano aquí,
tu sabia Providencia otras manos dará para que siga
sin detenerse nunca nuestra siembra.


Aristómeno Porras es escritor colombiano, autor de veintidós libros, ex-director de la revista «La Biblia en las Américas» y columnista de varios periódicos. Reside en México con su esposa Gabrielina.


© La Biblia en las Américas, Volumen 55 / Número 247 / No. 3 del 2000


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