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Honrar los votos matrimoniales

César Aníbal Villamil

«Muriel cuidó de mí por 40 años. Aun si yo tuviera que cuidar de ella por otros 40 años jamás podría pagar lo que ella hizo por mí

Cuando aquel día de mediados de 1990, Robertson McQuilkin, Presidente de la Columbia International University, anunció su retiro para cuidar de su esposa –quien sufría de Alzheimer–, ni los alumnos allí presentes ni los profesores de la Universidad dábamos crédito a nuestros oídos.

PromesaMcQuilkin tuvo que decidir por dos compromisos: seguir su excelente trabajo como Presidente de una pujante Universidad o hacer honor a los votos matrimoniales que había hecho a su esposa hacía ya 40 años. No lo dudó. «Mi deber es estar con Muriel. Voy a honrar los votos que hice ante Dios y ante ella el día de mi casamiento. Voy a cuidar de ella en los momentos de enfermedad.»

Todo había comenzado diez años antes cuando un joven cardiólogo le ac0nsejó ver a un especialista pues creía que su esposa podría sufrir de Alzheimer. Si bien su primera reacción fue de incredulidad, poco a poco las evidencias no pudieron ocultarse. Hasta que finalmente fueron a consultar con un neurólogo amigo quien confirmó que Muriel sufría del terrible mal.

Muriel había sido una mujer muy preparada y muy activa. En aquel tiempo llevaba adelante un programa de radio semanal, que poco a poco se había ganado un lugar en la ciudad, enseñaba en la clase bíblica, daba conferencias en distintas partes del país, y era una asidua invitada a programas de televisión. En fin, una mujer muy activa y muy solicitada en diferentes ámbitos intelectuales. Sin embargo, ya no podía recordar los cuatro evangelios. Su cerebro ya no funcionaba adecuadamente.

«Muriel nunca se dio cuenta de lo que le pasaba, a pesar de que alguna vez, cuando se hacía alguna referencia a su enfermedad en la TV decía: “Me pregunto si alguna vez tendré eso.” Para ella no era doloroso, pero para mí era como una muerte lenta el ver a aquella persona tan brillante y creativa que había conocido y amaba, irse opacando gradual y aceleradamente.

Bible»Y así comenzaron mis años donde me preguntaba qué debía sacrificar: ¿el ministerio o el cuidado de Muriel? ¿Debería colocar el Reino de Dios primero, y “odiar” a mi esposa por amor a Cristo y al Reino? Si así fuera, debería comenzar a hacer los arreglos para colocarla en alguna institución. Amigos de muchos años y de mi confianza, –personas sabias y temerosas de Dios– me aconsejaban que hiciera esto.

»“Muriel se acostumbrará al nuevo ambiente rápidamente”, me decían. ¿En realidad se acostumbraría? ¿Habría alguien que la amara, y que lo hiciera tanto como yo la amaba? A menudo había visto los rostros vacíos, sin expresión, de aquellos que en silla de ruedas en los corredores de ese tipo de instituciones esperaban, muchas veces en vano, la visita relámpago de algún ser querido. En un ambiente así, a Muriel sólo la controlarían con drogas, o la sujetarían físicamente, pero su espíritu se marchitaría sin remedio; de eso estaba seguro.

»Aquellos que no me conocen bien han dicho: «Bueno, tú siempre dijiste: “Primero Dios, luego la familia y el ministerio en tercer lugar.”» Pero yo nunca dije eso. Al colocar a Dios en primer lugar, significa que uno coloca todas las otras responsabilidades que él nos ha dado en primer lugar también. Sin embargo, tratar de resolver el conflicto entre responsabilidades no siempre es un tema fácil de resolver.

»Tres años más tarde, Muriel aún nos conoce, y aunque no entiende mucho, ni puede expresarse correctamente, todavía sabe muy bien a quien ama, y vive feliz en su mundo.

»Yo la disfruto mucho. No estoy obligado a cuidarla; para mí es un privilegio hacerlo. Curiosamente, la forma en que ella me está enseñando tanto sobre el amor –por ejemplo, el amor a Dios– ha resultado ser una bendición para mi vida. Muriel corta flores –¡incluso de los jardines vecinos! – y llena la casa con ellas.

»Muriel ya no puede decir frases completas. A veces hasta dice palabras que no tienen sentido, como «no» cuando quiere decir «sí», por ejemplo. Pero hay una frase que la puede decir completa y es «te amo», y me la dice muy a menudo. Cierta vez, Muriel había salido al jardín y entró nuevamente solo para darme un beso y decirme: “Te amo”.

»A medida que Muriel me iba precisando más y más, diariamente volvía a preguntarme acerca de quién debía tenerme a tiempo completo: ¿Muriel o la Universidad? El neurólogo me advirtió que no tomara ninguna decisión basada en mi deseo de ver a Muriel contenta. “Haga sus planes sin considerar esto. Si no lo hace así podrá despedirse de cualquier intento de éxito en sus planes futuros. Con Muriel a su lado, puede olvidarse de cumplir sus sueños con la Universidad.”Hands

»Cuando llegó el momento, la decisión fue firme. No tuve que hacer muchos cálculos. Se trataba de un asunto de integridad. ¿Acaso no había prometido cuarenta y dos años antes, que «la amaría tanto en la enfermedad como en la salud, y hasta que la muerte nos separe?

»No se trataba de una responsabilidad a la que renunciaba estoicamente. Era absolutamente justo. Después de todo, ella me había cuidado a lo largo de cuatro décadas con gran devoción. Ahora me tocaba a mí. ¡Y qué compañera había sido! Aun en el caso de que tuviera que cuidarla durante cuarenta años, nunca podría pagar la deuda que tenía para con ella.

»Pero también estaba la otra pregunta: ¿Cómo podía abandonar la responsabilidad de un ministerio que Dios había bendecido durante los más de veinte años que estuvimos en la Universidad?

»No era fácil. Si bien muchos sueños ya se habían cumplido, tantos otros aún estaban por cumplirse. Y los compañeros de milicia que Dios me había dado, no sólo un equipo de ministros sino de amigos, ¿cómo podría abandonarlos? Tener que renunciar me resultaba doloroso; pero el camino correcto a seguir no era difícil de discernir. Sea lo que fuera que la Universidad precisara, seguramente no precisaba una persona dividida, de tiempo parcial. Es mejor partir y dejar que Dios designe a otro líder ya mismo.

»No se trataba de una elección entre dos amores. Algunas veces ese tipo de elección resulta necesario, pero esta vez las responsabilidades no estaban en conflicto. Supongo que las responsabilidades en la voluntad de Dios nunca entran en conflicto (aunque mi propia evaluación de esas responsabilidades sea conflictiva). ¿Estoy haciendo la elección correcta, en el tiempo correcto, de la forma debida? Espero que sí. Esta vez me parecía muy claro por el bien del ministerio que debía renunciar, aun si el directorio y la administración no pensaran del mismo modo. Ambos amores –el que tenía por Muriel y por la Universidad– dictaban la misma elección. No había conflicto de amores o de obligaciones.

»He quedado sorprendido con la respuesta que hubo ante el anuncio de mi renuncia. Muchos esposos y esposas renovaron sus votos matrimoniales; los pastores cuentan la historia en sus congregaciones. No lo sabía, hasta que un distinguido oncólogo me lo dijo: “Casi todas las mujeres permanecen al lado de sus esposos hasta las últimas consecuencias; pero son muy pocos los hombres que permanecen al lado de sus mujeres hasta el final.” Tal vez las personas sentían esta tragedia contemporánea, y de algún modo fueron ayudadas por una simple elección que consideré mi única opción.

»En 1988 planeamos nuestro primer retiro familiar desde que nuestros hijos habían dejado nuestra casa para seguir sus caminos. Muriel estaba encantada con sus hijos y sus nietos. Disfrutó cada comida, cada historia contada por nuestros hijos o nietos. Se gozó de cada canción que interpretamos juntos, cada juego, cada caminata. Recoger frambuesas en familia fue maravilloso. Planeamos el retiro como la celebración de nuestro 40 aniversario, aunque en realidad era nuestro 39. Temíamos que para el 40 Muriel ya “no estuviera” con nosotros.

»Pero tres años más tarde, aún sigue con nosotros. Si bien no comprende mucho ni puede expresar muchos pensamientos, sí sabe a quién ama, aunque olvida casi todo el resto.

»Una mañana, mientras leía el periódico, me topé con una columna de actualidad, donde el columnista decía: “Terminé la relación pues ya no suplía mis necesidades”, refiriéndose a su matrimonio recientemente disuelto.

»No sé porqué, enfrentarme a la mentalidad moderna de escapar de las responsabilidades en lugar de atenderlas, y a la mentalidad utilitaria en lugar de la de servicio, profundizó aun más mi convicción de que quedarme al lado de Muriel era lo correcto. Creo profundamente que es lo que Dios desea que haga. ¡Gracias a Dios por Muriel!»

Nota del editor: «El 20 de setiembre de 2003, Muriel McQuilkin murió a la edad de 81 años.»

12 Responses to “Honrar los votos matrimoniales”

  1. Jaime Ramirez dice:

    hola Jaiem este es un artículo muy bueno. berndiciones

  2. GERARDO dice:

    CONSEJO PARA COMENSAR UN NOVIASCO CONFORME LA VOLUNTA DE DIOS

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2 Tesalonicenses 3:5 Reina Valera Contemporánea

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