
NICARAGUA (LaBibliaWeb.com /SBU) — «Era adicto al alcohol», dice Roberto Ortega, de 18 años de edad. «Lo que me pasaba a mí, le pasa a muchos jóvenes». Roberto, quien vive en Managua, explica que, enfrentados a la difícil situación en el hogar, «los muchachos se van a la calle y bajo la influencia de amigos problemáticos, son presa de adicciones y de otros malos hábitos».
Hay decenas de miles de jóvenes en edad escolar en Managua en busca de formas de evadir los problemas que enfrentan en casa; muchos pierden clases debido al alcohol, a la prostitución o a las drogas, y algunos incluso llegan borrachos a clase. Y para ellos es muy fácil conseguir bebidas embriagantes y drogas: el Ministerio de Educación calcula que, en esta ciudad de tantos problemas, hay cerca de noventa y ocho colegios situados muy cerca de lugares donde se venden alcohol y drogas.
Buscar una solución
«La situación se torna tan desesperante», dice Martha Ruiz, directora de programas de la Sociedad Bíblica de Nicaragua, «que el Ministerio y la policía colocaron avisos en los periódicos en los que rogaban que alguien encontrara una solución».
La Sociedad Bíblica respondió, y le dijo al Ministerio que si a los niños se les enseñara valores bíblicos y se les diera la esperanza que se encuentra en la Palabra de Dios, habría cambio. Este método llamó la atención del Ministerio, que invitó a la Sociedad Bíblica a lanzar un proyecto piloto en las siete peores escuelas de Managua.
Ante esta enorme oportunidad, la Sociedad hizo un llamado a las iglesias para que ayudaran a organizar y llevar a cabo un programa de evangelización.
Después de mucha oración con su congregación, el antiguo maestro de secundaria y pastor Ernesto Silva Nazarew se puso al frente. Su acendrado amor por Cristo y su compasión por los jóvenes lo han equipado bien para guiar a los estudiantes a la Palabra de Dios, y ayudarlos a encontrar maneras de salir de su soledad y depresión.
«Les doy sabiduría para que vivan de acuerdo con ella», dice. Esta sabiduría incluye valores bíblicos: justicia, amor, paz, honestidad y temor de Dios.
«Quiero ver que el Evangelio produzca frutos», continúa, «para ver cambio en sus vidas que den como resultado buenas relaciones entre ellos y con Dios. Les hablo del respeto, de la obediencia y cómo amarse los unos a los otros.
«Les cuento que Cristo les ofrece comprensión. Si no pueden encontrarla en sus casas, hay confusión. Les ofrezco a un Jesucristo que puede entenderlos. Él les dará paz en sus vidas y en su vida familiar.
Rechazan las drogas, aceptan la vida
«La Palabra de Dios les da el poder para rechazar las drogas y aceptar la vida. Quiero que conozcan el camino. Les presento a Jesús como un amigo que se interesa por ellos. Participar en este programa ha sido un honor para mí. Es mi llamamiento a llevar esperanza y a actuar como agente de cambio para los jóvenes».
El programa de Escrituras para jóvenes alcohólicos, que intenta llegar a 117.000 jóvenes, ya está en marcha.
Durante una visita a una de las escuelas, el pastor Silva Nazarew se mueve en el aula de un lado a otro, gesticula enérgicamente mientras les habla a los estudiantes acerca de la parábola del Sembrador en el Evangelio de Mateo, en tanto que Karla Largaespada, otro miembro del equipo de la Sociedad Bíblica, entrevista a varios alumnos a quienes los maestros han identificado como los de más problemas.
Los aconseja acerca de las dificultades en casa, de problemas financieros, abuso de sustancias y cualquier otra dificultad que ellos mencionen. Karla entrega un informe escrito para que los miembros de alguna iglesia local o alguien de la Sociedad Bíblica puedan dar el seguimiento.
«Este es un proyecto intensivo con la gente», explica. «La Sociedad Bíblica no puede hacerlo sin contar con mucho apoyo de las iglesias. Buscamos miembros de iglesias con el don de aconsejar, para que trabajen con los estudiantes. Los jóvenes cristianos necesitan participar también, al dar testimonio a los condiscípulos con problemas. Para que este programa tenga éxito, las iglesias deben sentirlo como algo propio».
En un aula adyacente, otra visitante de la Sociedad Bíblica, Martha Ruiz, habla con los alumnos de la parábola del Hijo Pródigo, en el Evangelio de Lucas. Les cuenta acerca del amor sin límites del padre y del lugar que ocupa el respeto hacia los padres.
«Estos estudiantes son el futuro de nuestro país», indica. «Son como el hijo pródigo. Estamos tratando de equiparlos para que tomen las decisiones correctas. Se trata de una visión a largo plazo».
Los rectores de los colegios han acogido bien el programa. Guillermo Artola, cuyo colegio tiene más de mil alumnos, dice: «Martha me convenció para que participara. Soy cristiano y estoy interesado en que los estudiantes sigan a Cristo. Las puertas de nuestro colegio están abiertas siempre que la Sociedad Bíblica quiera venir.
«Tenemos dos o tres maestros que son cristianos, y ellos marcan la diferencia, pero no es suficiente. Lo que los estudiantes realmente necesitan son valores. La Palabra de
Dios está llena de valores y de amor».
El señor Artola señala las paredes que ahora rodean su colegio, y explica: «El año pasado, antes de que se construyeran las paredes, las pandillas entraban al colegio para vender drogas». Aunque la situación ahora ha mejorado un poco, calcula que cerca de un diez por ciento de los alumnos del colegio usan drogas y un ochenta por ciento toma bebidas embriagantes.
Expuestos al peligro
María Auxiliadora Navas dirige otro colegio donde los estudiantes también están expuestos diariamente a los peligros de las drogas, el alcohol, las pandillas y la prostitución. Su colegio, también, está cercado por una pared alta. De una gaveta de su escritorio saca varios cuchillos y una pistola, todos confiscados a los estudiantes.
«La policía cataloga este lugar como “zona roja”», afirma. El programa de la Sociedad Bíblica es muy positivo, porque contribuye al desarrollo de los valores bíblicos. Hace que los estudiantes reflexionen más».
Y para un joven, por lo menos, el proyecto Escrituras para jóvenes alcohólicos ha dado frutos, sin lugar a dudas. «Me he liberado ya de mi adicción», dice Roberto. «¡Gracias a Dios!».