Antiguo Testamento
(Génesis 6.3,7-8) A través del relato de Noé vemos la justicia y la misericordia de Dios y la forma en que coexisten. En su justicia, Dios sencillamente no puede pasar por alto el caos en que se ha convertido la tierra. En su misericordia, él proporciona una manera de escapar para aquellos que deciden escuchar la voz de Dios (en este caso, Noé y su familia).
(Éxodo 16.11-20) Dios tiene muy presente en su corazón la necesidad humana, y en este pasaje vemos cómo Dios se preocupa por su pueblo durante el viaje que ellos hacen por el desierto. Pero aun con tal demostración gráfica del amor y el cuidado de Dios, hay ansiedad, avidez y desobediencia en la gente.
(Josué 24.14-15) Dios llevó a su pueblo Israel a la tierra que les había prometido, y los acompañó en una campaña militar muy arriesgada. Ahora el pueblo tiene que tomar una decisión: a quién habrían de servir en la vida. Ellos eligieron servir al Dios poderoso, que hizo grandes señales y los protegió de manera maravillosa. «A Jehová, nuestro Dios, serviremos y su voz obedeceremos», dijeron ellos (versículo 24). ¿Es esa también su decisión, lector?
(1 Reyes 18.16-39) Dios es el único que merece honra y adoración. El pueblo está ante una confrontación dramática: adorar al Dios viviente que los había liberado de la esclavitud, o a los ídolos, a quienes llamaban «baales». Tienen que tomar una decisión. Desde el cielo, Dios respondió al clamor del profeta Elías; el pueblo, viendo lo sucedido, se postró y dijo: «¡Jehová es el Dios!» ¿Lo es también para usted? Si es así, arrodíllese ante él y adórelo como él se merece.
(Job 40.1-42.6) ¿Qué hace Dios ante el sufrimiento humano? En medio de la tragedia y su gran aflicción, Job tiene un encuentro con Dios. Pero notemos que en la respuesta de Dios a Job, no hay una contestación directa a las preguntas de este hombre sobre por qué sufría tanto. Sin embargo, en 42.1-6 vemos que Job queda satisfecho. ¿Habrá sido que el encuentro con Dios fue, en sí mismo, la respuesta a las necesidades más profundas de Job? ¿Qué sucede en nuestro caso?
(Salmo 23) Este es probablemente el Salmo más conocido de los 150 que hay en este libro. Su autor lleva a alturas inspiradoras la metáfora de Dios como un buen pastor. En vista del cuidado divino, David (el autor del salmo) vive con gran seguridad en su vida, aunque los caminos de la vida lo lleven por lugares oscuros (por ejemplo el «valle de sombra de muerte»). Los que siguen al gran Pastor, saben con certeza que el Pastor los cuida y los protege aun en medio de un mundo incierto y hostil.
(Salmo 139) Este salmo es una hermosa declaración del amor eterno, íntimo y siempre presente de Dios hacia nosotros. ¿Quién nos conoce profundamente tal como somos? Dios, quien nos creó, nos conoce, nos ama, nos abriga en su corazón y se preocupa por nosotros (versículos 15-16).
(Proverbios 21.2) No podemos engañar a Dios. La tendencia natural del ser humano es justificar sus actos, optar por el camino más fácil, y hacer juicios y llegar a conclusiones basadas en el comportamiento exterior de una persona. Dios centra su atención en los motivos del corazón. Él conoce nuestros pensamientos antes que las palabras salgan de nuestra boca (Salmo 139.4, pág. 000). Dios siempre ve la diferencia entre nuestra «máscara» y nuestro verdadero pensamiento (Jeremías 17.10, pág. 000).
(Eclesiastés 12.1,6,13) Dios es la respuesta. Las respuestas a las preguntas que más perplejos nos dejan, no se encuentran en una filosofía sino en una relación personal con Dios y en la obediencia a su voluntad. Esta es la conclusión a que llega Salomón después de 12 capítulos en que busca el significado de la vida. El autor comenzó el libro con las palabras «vanidad de vanidades, todo es vanidad». Pero llega la conclusión de que, después de todo, la vida tiene un propósito, y el propósito está delineado en estos versículos. Note la importancia de entrar en esta relación tan pronto como le sea posible. Hubo un hombre, Abraham, cuya relación con Dios fue tan profunda, que Dios lo consideró su amigo (Isaías 41.8, pág. 000).
(Isaías 9.6-7) Aquí vemos una de las muchas declaraciones proféticas del Antiguo Testamento que se refiere a Jesucristo. Lo vemos revelado como un Dios eterno, fuerte y admirable. Depositar la confianza en él brinda seguridad absoluta.
(Isaías 52.13-53.12) Cuando Israel esperaba un Mesías, esperaba a un rey que los libertara de la tiranía política. En cambio, el plan de Dios siempre fue librar al ser humano de una tiranía mucho más grande: el pecado que los esclavizaba y que finalmente los llevaría a la muerte. Muchos no reconocieron a este Mesías cuando llegó, y tampoco reconocieron el gran plan de Dios: que su siervo sufriente cargaría con el pecado de muchos (53.12) y que por sus heridas nosotros seríamos sanados.
(Jeremías 29.10-14) Lejos de abandonar a su pueblo, el corazón amoroso de Dios siempre ha querido el bienestar de los suyos. Parecería que la agonía del exilio resultó necesaria para que el pueblo se diera cuenta de sus profundas necesidades (versículos 12-13). Y al buscar a Dios no sólo lo encontraron a él sino que hallaron su propia restauración. ¿Cuáles son los motivos de dolor en su propia vida, lector, que tal vez proporcionen una oportunidad para que usted busque a Dios con todo su corazón?
(Jonás 4.11) Dios es compasivo y paciente, y es reacio a condenar a la gente; es lento para enojarse. Jonás descubre esta verdad, y tristemente se siente desacreditado como profeta porque el pueblo de Nínive respondió con arrepentimiento a las advertencias, evitando así el castigo de Dios. De manera similar en el Nuevo Testamento (2 Pedro 3.9) leemos: «El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento».
(Miqueas 6.6-8) ¿Cuáles son las actitudes y las acciones que le agradan a Dios? Estos versículos presentan las cosas de manera muy directa: los signos externos de pureza religiosa no significan nada para Dios si no van acompañados de un cambio interno en el corazón. Este cambio interno también deberá estar acompañado por un cambio de conducta hacia los demás. Ese es el deseo de Dios. Como Dios «grande en misericordia» (Salmo 103.8, pág. 000), él nos pide que amemos la misericordia. Como Dios «justo y salvador» (Isaías 45.21, pág. 000), nos pide que hagamos justicia. ¡Qué distinto sería el mundo si obedeciéramos su palabra!
Nuevo Testamento
(Mateo 7.7-12) En un mundo que sufre, la bondad de Dios a menudo se cuestiona. En el relato de los evangelios vemos a un Dios que se hizo carne y sufrió en manos de su pueblo. Además, en este pasaje también vemos a Dios como nuestro Padre amoroso, un Padre que quiere darnos cosas buenas cuando vamos a él en oración. Una palabra de advertencia: lo que pedimos no siempre es lo mejor para nosotros, y como un Padre que ama a sus hijos, Dios no siempre nos da todo lo que le pedimos.
(Mateo 12.1-14) La mera observancia religiosa que se centra en la conducta externa y no en la renovación interna, a menudo termina haciendo más mal que bien. Es lo que explica Jesús en este pasaje sobre el día sábado (día de reposo para los judíos). Y al dar esta explicación también nos muestra quién es él en realidad (versículo 8): el Dios soberano sobre todo, aun soberano sobre leyes y reglamentos humanos. ¡Y cómo no va a ser soberano si él es «el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay» (Hechos 17.24, pág. 000)!
(Marcos 5.1-43) En este capítulo se describe que en el reino de Dios hay victoria sobre: (1) la maldad, tal como se muestra en la sanidad del hombre endemoniado (5.1-20); (2) la enfermedad, como queda demostrado en la sanidad de la mujer que durante doce años había sufrido hemorragias (5.25-34); (3) la muerte, cuando Jesús vuelve a la vida a una niña de doce años (5.21-24 y 35-43). Dios es vida. El Señor Jesús nos mostró esa verdad sanando enfermos y resucitando muertos. Su triunfo final será victoria sobre la muerte (1 Corintios 15.54). ¿Tiene usted la vida de Dios en su vida?
(Lucas 15.11-32) Aquí Jesús relata la parábola del hijo pródigo (o el hijo perdido). En una serie de parábolas Jesús está enseñando cómo es el reino de Dios, y en este relato vislumbramos cómo es el «Rey». Tal vez a menudo seamos culpables de ver a Dios sólo como la mano dura e implacable de un hermano mayor (versículos 28-30) en vez de verlo como un Padre que no puede contener su emoción y su amor ante el hijo que regresa al hogar (versículo 20). ¡Cómo ignorar a este Dios de amor que nos espera!
(Juan 10.1-8) En el Antiguo Testamento (Salmo 23 y algunos otros pasajes) leemos que Dios es el pastor de su pueblo. Aquí vemos que Jesús toma esta misma metáfora y la aplica a sí mismo, diciendo «Yo soy la puerta de las ovejas». Él nos está invitando constantemente, y es la única puerta que nos lleva a Dios Padre.
(Gálatas 6.7-8) Dios es justo. Si usted planta un manzano, no va a recoger de él uvas. Lo mismo sucede con las cosas espirituales: no podemos burlar a Dios, ya que habremos de recoger lo que sembramos. Tenemos la oportunidad de sembrar buenas semillas espirituales con respecto a nuestro futuro eterno, o sembrar las semillas de daño y perjuicio espiritual. Todo depende de lo que tenga el primer lugar en nuestra vida. Recuerde: Dios «juzgará al mundo con justicia» (Salmo 98.9, pág. 000). Será verdadera justicia pues «Dios no puede ser burlado».
(Filipenses 2.5-11) Estas palabras de incomparable belleza y profundidad nos hablan de la grandeza de un Dios maravilloso que en Jesucristo nos mostró humildad, mansedumbre y entrega; también vemos aquí su exaltación y gloria venidera. Un himno cristiano dice: «¡Cuán grande es él! ¡Cuán grande es él!» ¿Lo cree usted?
(Hebreos 12.5-11) Quienes son padres podrán identificarse de manera sentida con estas palabras, que arrojan luz y nos hacen pensar seriamente sobre el dilema de la disciplina de los hijos. ¿Cuándo se ha llegado demasiado lejos? ¿Cuándo no se ha hecho suficiente? En este pasaje vemos que todos somos hijos de Dios, quien nos disciplina. Él es un Padre en quien podemos confiar para el equilibrio justo.
(1 Pedro 2.24,25) A lo largo de su carta Pedro insta a sus lectores a vivir una vida que resulte agradable a Dios, y adelanta que a menudo esto implicará sufrimiento. Dios mismo dio su ejemplo a través de Jesucristo, quien a través de su propio sufrimiento nos ha restaurado a la sanidad espiritual y a una vida plena. Estas palabras hacen eco a las palabras de Isaías 53.