César Aníbal Villamil
Eduardo Jordá, periodista del diario Sevilla, dice: «NO me extraña que cada vez se consuman más psicofármacos. Nos resulta difícil aceptar las cosas tal y como vienen, y por eso dormimos mal o sufrimos frecuentes crisis de ansiedad o episodios recurrentes de angustia. Aun en tiempos de vacaciones. Y es fácil adivinar por qué. Nuestros abuelos sabían que la vida era difícil y que en cualquier momento se podían torcer las cosas. Su vida no era muy diferente de la vida que se describía en la Biblia. Estaban acostumbrados a los reveses de la fortuna, las desgracias familiares, los cataclismos, las epidemias o incluso las guerras. Sabían que todo eso formaba parte de la vida, y que las personas afortunadas eran aquellas que vivían sólo una pequeña porción de la aflicción general que le estaba reservada al ser humano. Las demás tenían que conformarse con la carga habitual de infortunios y desdichas.
Pero nosotros estamos acostumbrados a vivir en un estado permanente de seguridad. Y si algo altera esa sensación de que todo está en orden, o si de pronto nos asalta la sospecha de que nuestra vida no discurre como nos gustaría que discurriera (o mejor dicho, como nosotros creemos que debería discurrir), en seguida nos venimos abajo y empezamos a sentir un insoportable desasosiego que se apodera de nosotros y que no nos deja en paz en ningún momento. Y entonces no nos queda más remedio que recurrir a la medicación, a esos psicofármacos que nos ayudan a dormir o a reconciliarnos con todos los aspectos de nuestra vida que no conseguimos aceptar o explicarnos.
Existen los problemas laborales, las crisis sentimentales, las molestias de la vida en común. Existen las decepciones. Existen las enfermedades. Existe la soledad. Y como no nos vemos capaces de enfrentarnos a todas esas amenazas, acabamos consumiendo más y más cantidades de psicofármacos».
El autor de la nota citada tiene razón. No queremos pasar por situaciones dificultosas. Quizás, como dice la nota, estamos acostumbrados a una vida sin mayores inconvenientes. Es verdad.
Pero es solo parte de la verdad. La otra verdad, por llamarlo de alguna manera, es que el autor escribe desde su oficina del Primer Mundo, donde la realidad es bien diferente a la que estamos acostumbrados en América Latina, o en el resto del llamado Mundo en desarrollo. La otra verdad, como decíamos más arriba, es que las dos terceras partes de las personas del mundo tienen las necesidades básicas insatisfechas. Mil millones de personas se van a la cama cada día con hambre. Mil millones de personas. Niños, jóvenes, adultos y ancianos. Mil millones de ellos. Cada día. Con hambre.
Sin embargo, según las Naciones Unidas, el mundo produce alimento para dar de comer a 7.800 millones de personas. Es decir, 20 % más de lo necesario para alimentar a toda la población mundial. ¿Qué pasa con la comida que sobra? Se tira. ¿Cuánta comida se tira cada día? El cálculo es sencillo: 20 % de la comida producida más lo correspondiente a los mil millones de personas que van a la cama con hambre cada día. ¡Dios nos perdone! ¿Cómo puede ser?
En círculos cristianos, siempre escuchamos hablar de las consecuencias del pecado. La mayoría de las veces, el término se refiere a las consecuencias personales y de las personas que nos rodean cuando pecamos. Es así. El pecado tiene consecuencias directas para el que lo comete y para aquellos que rodean al pecador. Si, por ejemplo, una persona se emborracha, sus hijos pagan las consecuencias de su pecado sin tener nada que ver. ¡Es injusto!, podríamos decir. Es verdad, pero así es el pecado; trae consecuencias para el pecador y su entorno.
Pero el pecado también tiene consecuencias globales. ¿Por qué hay tantas personas que se van a la cama sin comer cada día? A causa del pecado. ¿Por qué hay países, regiones y aún continentes con enfermedades que ya son pandemias, aunque pueden ser controlables con medicaciones que ya existen? ¿Por qué no se utilizan esas medicinas para paliar esas situaciones? A causa del pecado. Se prioriza el dinero a la salud de la gente.
Jesús, la noche de la crucifixión, dijo: «Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. El en mundo tendrán aflicción; pero confíen, yo he vencido al mundo» (Juan 16.33, RVC). Jesús sabía de las consecuencias del pecado y hacia a dónde nos estaba llevando. Pero depositar nuestra confianza plena en él nos brinda su paz. Aquella misma noche, Jesús les había dicho: «La paz les dejo, mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No dejen que su corazón se turbe y tenga miedo.» (Juan 14.27, RVC).
El apóstol Pedro comprendió la enseñanza. Años después, en su primera carta escribió: «Amados hermanos, no se sorprendan de la prueba de fuego a que se ven sometidos, como si les estuviera sucediendo algo extraño.» (1 Pedro 4.12, RVC). Lo sorprendente sería no experimentar pruebas.
Santiago va aún más allá, cuando dice: «Hermanos míos, considérense dichosos cuando estén pasando por diversas pruebas. Bien saben que, cuando su fe es puesta a prueba, produce paciencia. Pero procuren que la paciencia complete su obra, para que sean perfectos y cabales, sin que les falte nada.» (Santiago 1.2-4, RVC).
La propuesta de Jesús continúa. No teman, yo he vencido a este sistema perverso y pecaminoso. Confíen y descansen en mí. El apóstol Juan dice: «El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto se ha manifestado el Hijo de Dios: para deshacer las obras del diablo.» (1 Juan 3.8, RVC). Jesús vino, según sus propias palabras: «Para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». (Juan 10.10, RVC).
Este sistema pecaminoso, al que llamamos mundo, está regido por el diablo pues, como dice la Biblia, «el diablo es el príncipe de este mundo», pero Jesús vino a deshacer las obras del diablo; y lo venció en la cruz y la resurrección. En el mundo tendremos aflicción, eso es seguro. Pero también es seguro que si depositamos nuestra vida en las manos de Jesús, confiamos en él y obedecemos sus mandamientos, él nos ayudará a pasar por los dolores y sufrimientos, tomados de su amorosa mano. Jesús comprende nuestro sufrimiento, descansemos en él.
Recordemos, para finalizar, el Salmo 23:
«El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu callado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebozando. Ciertamente, el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días.» (RVR60).
Cita: Eduardo Jordá, www.diariodesevilla.es