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Publican novela basada en el libro de Jonás

Nashville, TN – De la joven escritora mexicana Keila Ochoa Harris, acaba de salir publicada Palomas, una novela basada en la conocida historia bíblica de Jonás.

El breve relato del Antiguo Testamento en que un profeta rebelde muy a su pesar termina la misión que Dios le había confiado se convierte ahora en una amplificada historia de 320 páginas, llena de imaginación, poesía, alegorías y profundas reflexiones.

En Palomas, dos almas buscan respuestas para sus vidas durante una época de gran violencia y corrupción. Jonás, un hombre compasivo pero con grandes defectos, enfrenta cara a cara a las personas a quienes Dios le ordenó condenar. Zuú, la mujer ninivita que busca libertad, queda impresionada por el arrepentimiento repentino de su familia y su pueblo.

Zuú significa paloma, y Jonás, en hebreo, también significa paloma. Las vidas entrelazadas de creyentes y paganos forman parte del plan de Dios para redimir a toda la creación.

“Mi novela se enmarca dentro de la narración histórica –comenta Keila Ochoa. Hay amor, por supuesto, pero no en la tradición de la novela romántica. Palomas sigue fielmente lo poco que sabemos sobre Jonás de acuerdo al relato bíblico, pero me tomé la libertad de imaginar aquello que no se dice y que hubiera podido ser. Jonás es un profeta con quien nos podemos identificar, pues se enoja con Dios, dialoga, discute, se rebela y aprende.”

Con Palomas, publicada por la editorial Grupo Nelson, Keila Ochoa Harris entra de lleno en el exigente terreno de la ficción cristiana, un género literario que se abre paso entre la preferencia de los lectores hispanos.

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¡Señor, si hubieses estado aquí…!

Cuando en la tarde, más tranquilo, prendí el televisor, mis ojos no podían creer lo que veían. Y una y otra vez me hacía la pregunta: «¿Quiénes pueden ser tan malvados para cometer un acto como este?»
Ya han pasado varias semanas, y, como la mayoría de ustedes, no solo me he enterado de manera más completa de los eventos del 11 de septiembre, sino de lo que ha sucedido y se ha dicho a partir de esa fecha.

Mi interés no es ponderar sobre las implicaciones políticas, bélicas o económicas que esto trae a nivel nacional, continental y mundial, sino invitar a los amables lectores a meditar sobre este evento y sus repercusiones presentes y futuras a la luz de las Escrituras y de la misión de la iglesia cristiana. Más concreto, aún, mi interés es meditar sobre los sentimientos de miedo, terror, desconfianza, desesperanza, odio y hasta cinismo en el que podríamos caer a nivel individual y colectivo.

Todos hemos sido afectados de una manera u otra con estos eventos. Los que tienen amigos o familiares en los lugares donde se vivió de cerca el atentado, viven quizá el dolor de haber perdido un ser querido.
Los que viajan a menudo por vía aérea, les invade, probablemente, el miedo de seguir viajando por avión.

Otros, por asunto de trabajo o negocio, ya han experimentado el impacto económico negativo en sus propios países y comunidades. Para un buen número, asalta la duda de fe y de la confianza hacia otros seres humanos y hacia Dios mismo. Quizá no sean muchos a quienes esta experiencia les haya provocado sentimientos de odio y condena hacia una religión o grupo étnico. ¡Cuántos han levantado preguntas sobre la seguridad personal, sobre el futuro de la vida en este mundo, sobre la fe en un Dios que parece estar ajeno a la maldad y al dolor humano!

Muchos cristianos han visto en este evento la aceleración del fin del mundo y la segunda venida de Jesucristo; otros encuentran a partir de esta experiencia oportunidad para la misión y la evangelización. Yo no sé en qué situación te encuentras, amigo lector; pero cualquiera que sea tu respuesta y actitud, esta no es hora para los extremismos ni para las posturas dogmáticas, ni mucho menos para fomentar odios ni divisiones en un mundo ya tristemente desgarrado por guerras fratricidas, religiosas y étnicas.
Ofrezco este ramillete de ideas como un aporte a la luz de la Palabra de Dios:

1
¿Quiénes son los malos y quiénes son los buenos? ¿De parte de quién está Dios?

Uno de los enormes peligros hermenéuticos y teológicos en los que puede caerse es el de afirmar que tal nación o raza es la favorita de Dios. La Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es cuidadosa en señalar que el pueblo de Dios se conforma de aquellos que, por virtud de una alianza o pacto, viven de acuerdo a la voluntad de Dios, expresada de manera concreta en los Diez Mandamientos (Deuteronomio 5) y el Shemá (Deuteronomio 6.4-5), en el Antiguo Testamento; y en la proclamación de Cristo en las Bienaventuranzas (Mateo 5.1-12), en su programa misional (Lucas 4.18-19; Mateo 11.2-6), en su afirmación respecto de los niños (Marcos 10.13-16), en el texto sobre el juicio (Mateo 25.31-46). En el mismo espíritu, pero enfocados en el amor, tenemos el testimonio de Pablo (Romanos 13.8-10) y del autor de 1 Juan 4.7-21.

Los libros de Rut y Jonás, así como Génesis 12.1-9, se unen al programa salvador de Dios para afirmar con el Nuevo Testamento que la gran nación de Dios o su pueblo no se define por asuntos políticos, geográficos, ideológicos, raciales, lingüísticos, étnicos o religiosos. En última instancia, ni por declaraciones escritas u orales («no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos», Mt 7.21); más bien, por acciones concretas que se dan en el marco de la justicia social y del amor: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros (…) porque me disteis de comer (…) de beber (…) me recogisteis (…) me cubristeis (…) me visitasteis (…) vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento (…) sediento (…) forastero (…) desnudo (…) enfermo (…) en la cárcel (…)?
Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» (Mateo 25.34-40)

El Nuevo Testamento le llama a la nación de Dios «iglesia» (ecclesia); es decir, «los que han respondido al llamado, al ser convocados», y que, amparados bajo la cruz de Cristo, viven de acuerdo a la voluntad de Dios.

2
¿Dónde estaba Dios cuando ocurrió esa tragedia? ¿Por qué permite Dios que sucedan cosas así?

Las preguntas están mal enunciadas. Dios no es el responsable de la injusticia humana y de la maldad. La Biblia es categórica al afirmar que es al ser humano, creado a imagen de Dios, a quien Dios le ha dado la responsabilidad de asegurar la paz, la justicia y el amor en este mundo. No son ni los otros dioses, ni los ángeles; ¡somos nosotros!

Cuando Abel fue asesinado, en la Biblia la pregunta no se le dirige a Dios, sino a Caín: «¿Dónde está Abel tu hermano? (…) ¿Qué has hecho?» (Génesis 4.9-10). Ya hemos señalado que la práctica de la justicia, la paz y el amor son el patrimonio que Dios nos ha dado a todos para actuar en su nombre.

Los eventos del 11 de septiembre no son aislados al resto de la conducta humana y del quehacer de las naciones y pueblos del mundo. El tema es complejo y no pretendo abordarlo de manera exhaustiva en este ensayo. Pero sí es digno de mencionar el hecho de que los atentados terroristas hayan elegido las torres gemelas de Nueva York y al Pentágono como sus objetivos: unas como símbolo del poderío económico y el otro como símbolo del poderío militar. Dejando a un lado el país donde eso sucedió, podemos decir que ese fue un «golpe bajo» al poder y al orgullo humano. Las naciones poderosas de la Tierra tienen una estrategia radicalmente diferente a la del Dios de la Biblia.

Para ellas, la paz solo se logra a través del músculo militar; la lógica es: mientras más poderío militar se tenga, más se asegura la paz. Venganza es la opción para resolver los conflictos.
Para afirmar el valor y la dignidad de naciones e individuos se pisotea al otro y se busca destruir al que es «diferente». La estrategia divina se expresa en la Biblia de manera distinta:

«Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10: 42-45).

Ni las acciones terroristas, ni las acciones pasadas y presentes de los ejércitos nacionales, sean estos de Estados Unidos, Alemania, Inglaterra o Rusia, para citar algunos, son argumentos para explicar la presencia o ausencia de Dios en los eventos resultantes. Dios ha impregnado a cada ser humano con su imagen, y le ha dado libertad. En esas acciones, la responsabilidad no es de Dios, sino del ser humano. Ninguna de esas acciones merece adjudicarse el derecho de haberse realizado por voluntad divina o por orden de Dios.

3
¿Qué actitud debo tomar como cristiano? ¿A favor de quién debo orar?

Si ya se ha dejado en claro que Dios no está de lado de ninguno de los involucrados: ni de los representantes del terrorismo, ni de los Estados Unidos y sus aliados, la actitud del cristiano no es tomar partido, sino ser, en primer lugar, instrumento de paz y de reconciliación.

Cualquiera que sea el puesto en el que estemos; sea este el más humilde y anónimo hasta el de más influencia y público, el mensaje del cristiano es la paz y la reconciliación (Romanos 12.17-21).
En segundo lugar, hay que seguir el ejemplo de Cristo: poner al otro en primer lugar, dar la vida por el otro. En esta misma tragedia, hemos escuchado del ejemplo de tantos hombres y mujeres, que literalmente dieron su vida para salvar a otros o morir con otros como muestra de solidaridad filial y humana.
En tercer lugar, hay que socorrer al caído y al menesteroso, dondequiera que esté o al país, raza o religión al que pertenezca.

Me temo que la mayoría de los que se llaman cristianos, con gusto aportan miles y millones de dólares para el fondo de las «torres» en Nueva York y se olvidan de tantos niños, mujeres y ancianos que están al borde de la inanición y muerte en Afganistán y lugares vecinos.
Dios es el Dios de los pobres, de los débiles y marginados; no de esta o tal nación. Nuestro deber es estar en sintonía con la voluntad de Dios y estar presente entre los que ocupan un lugar especial en el corazón de Dios.

4
¿Qué hacer ante la realidad del odio y el deseo de venganza?

La Biblia no oculta el hecho de que el ser humano sienta odio y desee vengarse contra aquel que considera su enemigo. La enseñanza bíblica, en su opción por la paz y el amor, no reprime los sentimientos de odio, ira o venganza, sino que los canaliza de manera que al final ni el que odia, ni el iracundo, ni el que es odiado o posible receptor de la venganza sean víctimas directas de la fuerza destructiva del odio y la ira.

En su enseñanza, Pablo dio un consejo maravilloso: «Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo» (Efesios 4.26). Mostrar odio y enojo no es pecado; pecado es permitir que esa ira se anide en nuestro ser por una extensión de tiempo que torne el enojo en algo peligroso. ¡La ira es una emoción del momento, no es un estilo de vida!

El Salmo 137 (y con él otros de los llamados salmos imprecatorios) nos ofrece la respuesta bíblica a la ira, el odio y el deseo de venganza. En síntesis, este salmo nos enseña lo siguiente: no te guardes el enojo para ti mismo; no calles el odio o el deseo de venganza.

Exprésalos, manifiéstalos; pero no en acciones violentas y destructivas contra quien se los merece, sino en oración a Dios. Nótense las siguientes palabras del Salmo 137.8-9:

Hija de Babilonia la desolada,
Bienaventurado el que te diere el pago
De lo que hiciste.
Dichoso el que tomare y
estrellare tus niños
Contra la peña.

Son palabras duras de profunda ira, odio y anhelo de venganza. Pero los que aquí oran no se quedan con esas emociones guardadas en el fondo de su ser, ni las ponen en práctica. La oración está expresada en forma hipotética (te diere el pago, tomare y estrellare); es deseo, anhelo, catarsis.

De acuerdo al Salmo 137, la oración nos conduce a un terreno difícil y escabroso. Nos lleva a la arena que nos permite descubrir que el mal se ha arraigado de formas que no nos habíamos ni siquiera imaginado.

En el ejemplo de este salmo, la oración no nos entrena en un moralismo enjuiciador, sino para enfrentarnos al mal. En este salmo, los que oran han identificado al enemigo y responden con indignación.
Odian lo que ven. Y, hablando en nombre de los silenciados, de los burlados, de los abusados y maltratados, vacían en los oídos de Dios sus lamentos, sus iras y sus odios.

En la teología bíblica de la oración es mejor vaciar ante Dios todo, especialmente esas fuerzas del mal que en ocasiones se anidan en nuestro corazón. Él sí puede soportarlas, él ha salido victorioso del poder del mal, del pecado y de la muerte: la cruz del Calvario y la tumba vacía son expresiones de esa victoria. Si la fuerza destructiva del odio y la venganza se vuelcan a Dios en oración, no solo nos liberamos de ella, sino que también hemos colocado al enemigo en el camino de la vida. El mensaje de Jesús está en la línea de esta enseñanza:
«Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes les odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los insultan (…) Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario?» (Lucas 6.27-28,32).

5
Mantén un espíritu de adoración y alabanza

El antídoto contra la enfermedad, la tristeza, la desesperanza y el miedo, es la alabanza. Bien sabe Dios que alabarlo y adorarlo nos hace bien, y por eso nos lo ordena. La exclamación litúrgica:
«Aleluya», no es otra cosa que un mandato para la alabanza: «alabad al Señor». El salmo 100, que se presenta como un paradigma de la alabanza, nos señala en siete imperativos que la adoración es respuesta obediente a una orden.

Muchos estudios médicos y sicológicos han señalado, en estos últimos años, que quienes participan regularmente a los cultos o reuniones litúrgicas se enferman menos que los que no lo hacen, o se sanan más rápido y de manera más duradera.

No importa cuál es la situación personal, comunitaria o nacional, el cristiano no se hunde en la desesperación, la tristeza o sentimiento de fracaso. Los salmos 57 y 108 coinciden en presentar un mismo mensaje: sea que tus enemigos personales te rodeen y te tiendan trampas y lazos, o que la situación internacional sea un caos, y se viva en un ambiente de inseguridad y peligros; la posición del hijo de Dios es la misma: el anhelo ferviente de alabar a Dios y de dar a conocer entre las naciones su amor y su fidelidad (Salmos 108.1-4; véase Salmos 57.7-11, BLS):

Dios mío,
mi corazón está dispuesto
a cantarte himnos.
¡Voy a despertarme!
¡Despertaré al arpa y a la lira!
¡Despertaré al nuevo día!

Dios mío,
yo te alabaré entre los pueblos;
te cantaré himnos entre las naciones.
Tan grande y constante es tu amor
que llega hasta lo cielos.

Muchos son los salmos que coinciden en señalar que la alabanza es la mejor manera de manifestar la confianza profunda en Dios. Hay salmos, como el 13, que empiezan quejándose del olvido o abandono divino, pero el final es un clímax de alabanza: «Voy a cantarte himnos porque has sido bueno conmigo» (Salmos 13.6, BLS).

6
Haz la oración de Jabes

E invocó Jabes al Dios de Israel, diciendo:
¡Oh, si me dieras bendición,
y ensancharas mi territorio,
y si tu mano estuviera conmigo,
y me libraras de mal, para que no me dañe!
Y le otorgó Dios lo que pidió
(1 Crónicas 4.10, RVR).

El versículo 9 dice que la madre le puso por nombre «Jabes» («dolor»), porque le causó mucho dolor al nacer. Jabes creció con un nombre que le recordaba lo miserable que le había hecho la vida a su madre, y como consecuencia al resto de su familia. Ese nombre marcaba su horrible sino o fatalidad. Sin embargo, Jabes llegó a la convicción que solo un milagro podría librarlo de tan terrible futuro. Y eso pidió: ¡Señor bendíceme; sí, bendíceme en verdad! En las oraciones hebreas, cuando el verbo se repite dos veces, y una de esas veces es el infinitivo absoluto, el sentido es la insistencia superlativa. Y lo que se está pidiendo en sentido bíblico es que Dios no solo derrame toda su bondad; es decir, se pide que Dios conceda algo más allá de lo que podríamos llamar los límites de la capacidad humana.

Jabes no especifica la bendición; es decir, después de pedir bendición no le manda a Dios su lista de pedido; deja que Dios decida qué, cómo y cuándo dar la bendición. Dice al respecto Bruce Wilkinson (La oración de Jabes, pp. 24-25):

Cuando buscamos la bendición de Dios como un valor concluyente en la vida, nos internamos por completo en el río de su voluntad, su poder y sus propósitos para nosotros. Todas nuestras necesidades vienen a ser secundarias ante lo que realmente queremos, que no es otra cosa que llegar a sumergirnos de modo total y absoluto en lo que Dios trata de hacer en nosotros, por medio de nosotros y alrededor de nosotros para su gloria.

Señor, ensancha mi territorio. La petición es: dame más espacio de movimiento para lograr grandes cosas para ti. Lo que realmente se pide en oración es: Señor, aumenta mis oportunidades; ¡déjame hacer más para ti! ¡Piensa en grande para la gloria de Dios!

Orar para que Dios ensanche las fronteras es pedir un milagro. Los mejores milagros ocurren cuando le pedimos al Señor que nos permita hacer algo mayor para la expansión de su reino, para su gloria.
Si tu mano estuviera conmigo. Este es el toque de grandeza. Depender de Dios hace héroes de personas comunes como Jabes, tú o yo.

Con esta petición, liberamos el poder de Dios para cumplir su voluntad y darle a él la gloria por medio de todas aquellas que parecen imposibles. Wilkinson dice (p.49):

Si buscar las bendiciones de Dios es nuestro acto definitivo de adoración y si pedir hacer más para Él es nuestra ambición máxima, entonces implorar la mano de
Dios sobre nosotros es nuestra elección estratégica para sostener y continuar las grandes cosas que Dios ha comenzado en nuestras vidas.

Pedimos que Dios nos estire la mano o nos agarre cuando estamos convencidos que lo que nos proponemos hacer es DEMASIADO PARA NOSOTROS.
Si me libraras del mal, para que no me dañe. En la línea anterior, se pide la ayuda del poder sobrenatural de Dios; aquí se pide protección de otro poder sobrenatural, el del mal. Esta es, sin duda, una estrategia para asegurar la «bendición constante».

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