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American Bible Society utilizó un anuncio navideño en Times Square

American Bible Society utilizó un anuncio navideño en Times Square

American Bible Society (ABS) utiliza un anuncio gigante en la Times Square para transmitir el verdadero significado de la Navidad al público.

El anuncio, de 30 segundos, se muestra actualmente en la pantalla de la CBS, en la zona iluminada, y tiene la posibilidad de ser visto por 1.5 millones de personas cada día.

«El propósito del anuncio es para llevar el mensaje de la Biblia a las personas que se encuentran en dicho lugar, en una forma en que sea relevante para ellos y fomentar un mayor compromiso con la palabra de Dios,» dijo Christy Lynn Wilson, portavoz de ABS.

El anuncio se inicia figurando estar en el espacio exterior y hace zoom en Times Square. A continuación, dice en inglés: «Dios bajó, porque usted vale el viaje.»

«Descubre la historia completa: UncoverChristmas.com».

ABS se acercó a The Winn Group con su visión para el anuncio de Times Square.

«ABS vino a nosotros pues necesitaban algo de ayuda para compartir un mensaje a las masas –un mensaje sobre el verdadero significado de la Navidad: que Dios envió a su único Hijo a la Tierra, en forma de hombre, para rescatar a la humanidad, para que ninguno se pierda, sino tenga vida eterna,» explicaron desde The Winn Group.

Como empresa de marketing, estrategia y medios creativos, que sirve sin fines de lucro a organizaciones que promueven un mensaje, el grupo de Allen, con sede en Texas, asumió el reto y produjo el anuncio para ABS.

ABS es una organización que en pocos años cumplirá sus primeros 200, que trabaja para llevar la Palabra de Dios a personas de todo el mundo. En concreto, su misión es poner la Biblia al alcance de cada persona, en un lenguaje y formato que pueda entender y comprar, a fin de que todos puedan experimentar su mensaje que cambia vidas.

La tecnología es sólo uno de los medios a través de los que ABS está buscando alcanzar a más personas.

«Mientras que el mensaje de la Biblia no cambia, el cómo entregamos ese mensaje está en constante cambio», dijo Wilson. El anuncio en la Times Square es sólo un ejemplo de cómo la ABS está utilizando nuevos medios y tecnologías para ayudar a las personas a encontrar el mensaje de la Biblia; un mensaje con todo el potencial para cambiar la vida de los que la leen.

El anuncio de Navidad va a aparecer en la Times Square aproximadamente 18 veces cada día hasta el 25 de diciembre. Un anuncio relacionado al Año Nuevo se presentará posteriormente, hasta el 10 de enero de 2011.

©Christian Post

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Sintonízate con el mensaje

La próxima sección es para quienes quieren obtener una visión panorámica de la Biblia. Todo el relato bíblico – Antiguo y Nuevo Testamentos – se resumen en catorce episodios. Muchas personas sienten que una vez que tienen un concepto general del relato les es más fácil ver la importancia de las secciones individuales.
Junto con este resumen hay otras ayudas para que aprendas a reconocer y entender las diferentes clases de escritos que encontrarás en la Biblia.
1. Resumen del Antiguo Testamento
a. Comprendiendo la Ley
b. Comprendiendo la historia del Antiguo Testamento
c. Comprendiendo la poesía
d. Comprendiendo los Salmos
e. Comprendiendo palabras de sabiduría
f.  Comprendiendo los profetas
g. Entre los Testamentos

2. Resumen del Nuevo Testamento

a. Comprendiendo los evangelios
b. Comprendiendo las cartas
c. Comprendiendo el libro del Apocalipsis


1. Resumen del Antiguo Testamento
- Episodio 1 – Los comienzos
Los capítulos 1-11 de Génesis presentan a Dios creando el universo y, en particular, la raza humana. Narran también el triste comienzo del pecado y del sufrimiento en el mundo.

- Episodio 2 – Abraham
En Génesis capítulo 12, dos mil años antes de Cristo, nos encontramos con Abram – un adinerado líder de la comunidad – en Siria. Abram creyó que Dios quería que abandonara su ciudad y que viajara hacia el sudoeste hasta Canaán donde Dios lo haría el fundador de una gran nación.
Obedeció. Y recibió un nombre nuevo, Abraham. Busca el relato en Génesis capítulo 17. Dios dijo que por medio de Abraham bendeciría a todas las naciones.
La familia de Abraham vivió una vida nómade, y adquirió su riqueza con la cría de grandes manadas de ovejas y vacas.

Uno de los bisnietos de Abraham, José, se hizo famoso por ser el consejero del Rey de Egipto. Puedes leer acerca de cómo llegó a este cargo en Génesis capítulos 37-47, pero especialmente en Génesis 41.1-57. Cuando una terrible hambruna azotó Canaán, todos los hermanos de José y sus familias, cada vez más grandes, se mudaron a donde estaba él en Egipto.

- Episodio 3 – Libertad
El libro de Exodo continúa el relato de los israelitas, cuatrocientos años después. Habían ocurrido grandes cambios. Habían llegado a ser esclavos, forzados a construir las grandes ciudades para los nuevos reyes de Egipto (Exodo 1.1-14).
Puedes leer sobre su increíble fuga de la esclavitud bajo el liderazgo de Moisés en Exodo capítulos 4-12. Iban camino a la tierra que Dios había prometido darles.
En el viaje Dios les dio leyes que gobernaran su vida como nación (ver recuadro siguiente). Estas se encuentran en Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio que también describen cómo la obstinación y la rebeldía contra Dios hicieron que su viaje durara mucho más de lo que debería – ¡cuarenta años!

a. Comprendiendo la Ley

Los primeros cinco libros de la Biblia son conocidos por judíos y cristianos como la Ley. Contienen tanto la historia inicial de Israel como muchas leyes dadas a los primeros israelitas para regir su vida juntos. Estas incluyen leyes sobre adoración religiosa, disputas públicas, ofensas criminales, cuidado de otros, y vida familiar.

¿Cómo debemos entenderlas?
Algunas son leyes generales, universales, que también se repiten en el Nuevo Testamento. Los Diez Mandamientos son el mejor ejemplo.
Es obvio que otras son específicamente para los primeros israelitas. Pero aún ellas contienen un mensaje para nosotros. Para descifrar su mensaje podemos hacernos dos preguntas:
- ¿Cuál fue el propósito de esta ley para los primeros israelitas?
- ¿Qué nos dice eso acerca de lo que Dios quiere? Y por lo tanto, ¿qué nos dice acerca de cómo debemos comportarnos nosotros?
Busca Deuteronomio 22.8, por ejemplo. El propósito de esta ley era tanto asegurar que la gente estuviera segura, como asegurar que uno no fuera considerado responsable por la muerte de alguna otra persona. Esto muestra que a Dios le importan la seguridad y el bienestar de las personas. Así debería ser con nosotros.

Hazlo tú mismo:
- Busca Levítico 19.9-10 – una ley que aseguraba que los que tenían compartieran algo con los que no tenían. Usa las dos preguntas anteriores para entender cómo puede aplicarse hoy esa ley.
- Si te interesa, puedes buscar un ejemplo de cómo funcionaba esta ley en la práctica, en Rut 2.1-12.

b. Comprendiendo la historia del Antiguo Testamento
Los primeros diecisiete libros de la Biblia, Génesis – Ester, contienen el relato del nacimiento y la vida de la nación de Israel. Los primeros cinco también contienen muchas leyes.
Muchas otras naciones tratan de presentarse favorablemente cuando escriben su historia. Pero los diversos autores que contribuyeron a los libros históricos de Israel muestran tanto los fracasos como los logros de Israel.
Registran las idas y venidas de la nación, y, al hacerlo, muestran cómo los israelitas prosperaban cuando adoraban a Dios y seguían su voluntad, y sufrían cuando olvidaban a Dios. Busca 2 Crónicas 15.1-16.4, y 2 Reyes 17.5-12, por ejemplo.

Un medio para entender la historia del Antiguo Testamento es preguntar:
- ¿En qué momento de la historia de Israel encaja esto?
- ¿Hay algún buen ejemplo que imitar o alguno malo que evitar?
Hazlo tú mismo:
- Busca el relato de Josías que fue hecho rey a los ocho años – 2 Reyes 22.1-23.20.
Este relato ocurre varios años después de una guerra civil que dividió a Israel en dos partes. Empleando las dos preguntas anteriores, observa si puedes aprender algo del ejemplo de Josías.
- Episodio 4 – Asentándose
Se presentan detalladamente los quinientos años siguientes de la historia de Israel (ver recuadro anterior). El libro de Josué describe cómo el sucesor de Moisés enfrenta una dura campaña para ocupar la “tierra prometida” de Canaán. Puedes leer acerca de la caída de Jericó en Josué 6.1-27.
Había tribus hostiles en las inmediaciones, y el libro de Jueces muestra a los israelitas defendiéndose en cuatro invasiones, después de la muerte de Josué. Una serie de “jueces” mantuvo el orden y expulsó a los invasores; pero no lograron unir el país, y los israelitas decidieron que querían un rey.
- Episodio 5 – Tres reyes
El primer rey, Saúl, fue valiente y eficaz; pero también era celoso y cruel a veces. David, que sucedió a Saúl, también tuvo sus faltas, pero se lo consideró el mejor rey que jamás tuviera Israel. Lee acerca de él de 1 Samuel capítulo 16 a 1 Reyes capítulo 2. Fue un líder excelente. Como comerciante internacional trajo riqueza y nuevas ideas a su país. Fortificó la capital, Jerusalén; y allí construyó un palacio, unificando así al país. Pero lo que más quería hacer David era adorar a Dios. Trazó los planos y preparó el sitio para el gran templo de Dios.
Luego de la muerte de David, su hijo Salomón construyó el Templo. Puedes leer acerca del mismo en 1 Reyes 8.14-21. Salomón fue famoso por ser un líder sabio.

c. Comprendiendo la poesía
Hay dos grandes poemas en la Biblia – Job y Cantar de los Cantares. Aunque no son poemas como algunos esperan – no tienen rima ni ritmo obvio – sí están escritos en el estilo poético de aquel tiempo.
Job narra el relato de un hombre que sufre mucho pero cuya fe en Dios se mantiene firme. Cantar de los Cantares es un poema de matrimonio o amor.
Como la poesía moderna, pueden ser hermosos al oído pero a veces difíciles de entender. Además, como con la poesía moderna, sacamos el mayor provecho de los poemas si los leemos en su integridad, no importa cuán largos sean.
Hazlo tú mismo:
- Lee Job 3.2-19 y Cantar de los Cantares 2.16-3.5. Estos dos pasajes reflejan dos sentimientos humanos extremos – desesperación y amor. Luego pregúntate:
- ¿Por qué me parece que este pasaje fue incluido en la Biblia?
- ¿A veces me siento como se siente la persona que habla?

d. Comprendiendo los Salmos
Los Salmos son el equivalente para los judíos de nuestros himnos modernos. Expresan los pensamientos y sentimientos de la gente hacia Dios. Por ejemplo:
Lee el salmo 51. Este salmo es como una oración privada o una “confesión” a Dios, aunque puede cantarse en público. El que habla está lleno de tristeza por haber defraudado a Dios.
Lee el salmo 150. Este es mucho más como un coro de adoración, escrito para ser usado en los cultos del Templo.
Una manera de entender cualquier salmo es sentir las emociones que expresa el autor.
Preguntas útiles son:
- ¿Cuál es el estado de ánimo expresado? ¿Qué están sintiendo los autores? ¿Están alegres, tristes, llenos de adoración, deprimidos?
- ¿Me siento así a veces? En esos momentos puedes usar los salmos como tus propias oraciones a Dios. Usando sus palabras puedes expresar a Dios lo que sientes. Y a menudo los salmos te levantarán el ánimo o te sacarán de una depresión mientras alabas a Dios y compartes tus sentimientos con él.
Hazlo tú mismo:
- Usa las dos preguntas anteriores para explorar las emociones expresadas en el Salmo 70 – una pedido de ayuda.


e. Comprendiendo palabras de sabiduría
Los libros de Proverbios y Eclesiastés son llamados de “sabiduría” o de “dichos sabios”. Los Proverbios son una colección de enseñanzas acerca de lo que hará la persona sabia en ciertas situaciones. Muchos de los temas son pertinentes para nosotros hoy – amistad, trabajo, vida familiar, uso de palabras, nuestra responsabilidad de cuidar a otros. Puedes buscar algunos de ellos en Proverbios 13.20; 10.4; 20.28; 29.15; 12.18; 29.7.

El Eclesiastés contiene los pensamientos del “filósofo” que reflexiona sobre cuán breve y sin sentido puede parecer la vida. Los dichos pueden ser deprimentes y negativos. Pero la verdad es que el hecho de que este libro esté en la Biblia puede animarnos porque nos muestra que Dios no nos rechaza aún cuando pasamos por tiempos de duda, confusión, o depresión. En realidad estos sentimientos pueden ayudarnos a conocer más a Dios.
Preguntas útiles para responder son:
- ¿Me ayudan estas palabras a saber qué es lo bueno en una situación que enfrento en el trabajo, en casa, en el colegio? Algunas lo harán; otras, no. Como son consejos muy específicos no podemos esperar que todos se apliquen a nosotros en este preciso momento.
- ¿Hay otros versículos sobre el mismo tema?
Hazlo tú mismo:
- Busca esta amplia gama de versículos sobre el tema de las riquezas:
Proverbios 3.9,14; 10.2,3,22; 11.4,5,16b,24,25,26,28; 14.20,31; 15.6,27; 19.1,4; 21.30.
- O busca las opiniones del autor de Eclesiastés sobre el trabajo y las riquezas en el capítulo 4.4-6.
Salomón aumentó aún más la riqueza y la influencia del país. Pero comenzaban a gestarse disturbios. Rehoboam, el malgeniado hijo de Salomón, dividió al país en dos; y las “tribus” del norte formaron una nación separada (1 Reyes 12.1-20).

Hasta ahora, como muestra este resumen, los libros de la Biblia siguen un orden cronológico. Ahora el asunto se complica porque los libros de la segunda mitad del Antiguo Testamento no lo hacen. En el medio están los libros de Job, Proverbios, Cantar de los Cantares; Salmos, Proverbios y Eclesiastés. Estos no pueden ubicarse históricamente en el resumen. Los últimos diecisiete libros – los Profetas – van lado a lado con el relato narrado en los libros históricos.

- Episodio 6 – Una nación dividida
El desdichado reino del norte, llamado Israel, duró doscientos años – descrito en 1 Reyes 12 a 2 Reyes 17. La verdadera adoración a Dios casi desapareció. ¡Hasta fue ilegal bajo el Rey Acab! Y había mucha desigualdad social, denunciada por profetas como Amós y Oseas. Al final, la capital, Samaria, fue invadida por los asirios, que llevaron a los israelitas a la esclavitud para no regresar jamás.
Entretanto, el reino del sur, llamado Judea, alternó entre reyes buenos que adoraban a Dios, y otros que lo ignoraban. Puedes buscarlos en 2 Reyes 18-25. Dos profetas, Jeremías y Habacuc, predijeron desastre porque la nación ignoraba a Dios; y en el 587 o 586 a.C. finalmente vino. Los babilonios tomaron Jerusalén y llevaron al exilio a los habitantes. 1 y 2 Crónicas también relatan esto.

- Episodio 7 – Exilio y regreso
Los profetas Jeremías y Ezequiel aseguraron que Dios no había terminado con su pueblo a pesar de su exilio en Babilonia. Babilonia misma fue conquistada cincuenta años después. El nuevo rey, Ciro, inició una política que permitió a los israelitas regresar a Jerusalén. Busca Esdras capítulos 1-6 y los libros de los profetas Hageo y Zacarías, que describen la reconstrucción del Templo en el 516 a.C. Sesenta años más tarde Nehemías describe la reconstrucción de las murallas de Jerusalén en Nehemías capítulos 1-6.
El pueblo de Dios había regresado. Tenían su propio Templo y su ciudad fortificada. Se reinició la adoración en el Templo.


f. Comprendiendo los profetas
El profeta es alguien que recibe y comunica un mensaje de Dios. Por eso no es sorprendente que en la Biblia haya tantos.
Los diecisiete libros de los Profetas se encuentran al final del Antiguo Testamento, de Isaías a Malaquías. Como hemos visto, esto no significa que sus relatos vengan después de la historia del Antiguo Testamento – ambos corren lado a lado. El primero de los diecisiete profetas, Amós, predicó en el 770 a.C. – aproximadamente en el tiempo de 2 Reyes 15.1-6.
Dios habló por medio de toda clase de profeta; y la profecía se refiere a muchos aspectos de la vida. Hay tres preguntas particulares que pueden ayudarnos a comprender los profetas:

- De acuerdo al profeta ¿qué es lo que está mal en su sociedad?
Busca Jeremías 2.20-25. ¿Cuál es el desafío de Jeremías a la gente?

- ¿Hay instrucciones específicas para los oyentes?
Busca Hageo 1.1-8. ¿Puedes descubrir a qué sucesos específicos se aplican las instrucciones?

- ¿El profeta está anunciando algo acerca del futuro?
¿Qué dice Isaías 26.1-6 acerca del futuro?

En nuestra sociedad moderna frecuentemente tenemos las mismas fallas que la gente a la cual hablaba el profeta. Habiendo considerado estas preguntas, pasa a explorar cómo las palabras del profeta se aplican a nosotros hoy.

Hazlo tú mismo:
- Usa las tres preguntas anteriores para explorar Isaías 58.1-12.
- ¿Hay situaciones en las cuales nosotros mostramos todas los elementos externos de la adoración a Dios, pero por dentro lo ignoramos, o veces en que nuestra adoración a Dios es hueca y vacía? ¿Qué sugieren las palabras de Isaías que deberíamos hacer nosotros al repecto?


g. Entre los Testamentos
Hay un salto de más de cuatrocientos años entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Durante este largo tiempo la nación reconstruida de Israel estuvo bajo el poder de los persas, luego de los griegos, y, finalmente, de los romanos.

Ya para los tiempos de Jesús era un país desdichado. Como era parte del poderoso Imperio Romano había tropas romanas destacadas por todos lados. El rey oficial de Judea, Herodes, era temido y despreciado. La gente rememoraba el Antiguo Testamento. Veían predicciones de un liberador nacional, el Mesías, que algún día aparecería; y deseaban que lo hiciese ahora.
En este contexto llega Jesús.


2. Resumen del Nuevo Testamento

- Episodio 1 – Nacimiento de Jesús
Jesucristo nació en Belén, pero se crió en un pueblo del norte, Nazaret, cerca del Lago de Galilea. Los escritores de los evangelios (ver recuadro anterior) dicen muy poco acerca de su crianza. Más o menos en el 27 DC Juan el Bautista comenzó a predicar diciendo que por fin venía el Mesías. Busca Marcos 1.1-8. La tarea de Juan era la de preparar el camino para él.

- Episodio 2 – Jesús en público
Jesús vino a Juan y le pidió que lo bautizara. Los evangelios narran cómo, en su bautismo, el Espíritu de Dios preparó a Jesús para el trabajo que debía hacer. Luego de un período de fuertes tentaciones descritas en Lucas 4.1-13, Jesús comenzó a enseñar, a sanar a los enfermos, a expulsar demonios. La gente quedó anonadada por el poder y la autoridad de sus acciones – ver Mateo 7.28-29.
Jesús no habló abiertamente de sí mismo como el Mesías, pero sus seguidores más cercanos llegaron a entender quién era. No entendieron, sin embargo, cuando les explicó que no sería un líder militar o político y cómo iba a morir (Mateo 16.21-28).

- Episodio 3 – Muerte de Jesús
En su último viaje a Jerusalén Jesús fue arrestado por los líderes religiosos quienes objetaban sus enseñanzas y su popularidad. Sus discípulos quedaron desolados. Jesús fue arrastrado a un juicio injusto, y entregado a los romanos para ser crucificado. El gobernador romano lo creyó inocente de todo crimen pero permitió la ejecución. Jesús murió. Fue enterrado un viernes al atardecer.

- Episodio 4 – Retorno a la vida
El domingo siguiente algunos seguidores vieron a Jesús ¡vivo de nuevo! La tumba donde había sido enterrado estaba vacía. Busca el relato en Lucas 24. 1-53. Otros seguidores lo vieron varias veces en los cuarenta días siguientes. De a poco se dieron cuenta que la muerte había sido parte del plan de Jesús. Ahora había probado que aún la muerte no era el fin. Debían llevar esa noticia a todas partes del mundo.

- Episodio 5 – El Espíritu viene
Los Hechos de los Apóstoles comienza donde terminan los evangelios. Seis semanas después de la resurrección de Jesús los discípulos tuvieron una experiencia con el Espíritu de Dios. Busca en Hechos 2.1-13. La primera vez que predicaron públicamente lo que creían acerca de Jesús, tres mil personas se unieron al nuevo movimiento en un solo día. La iglesia creció rápidamente en Jerusalén. Aún sacerdotes se hicieron cristianos.

La comunidad compartía posesiones y dinero. No es sorprendente entonces que las autoridades religiosas se alarmaran. Organizaron una persecución que forzó a los cristianos a huir de la ciudad. Eso, sin embargo, trajo aún más crecimiento. Brotaron grupos cristianos en otros lugares y hasta no judíos comenzaron a ser seguidores de Jesús.

- Episodio 6 – Pablo
Las autoridades religiosas judías en Jerusalén mandaron a Saulo, uno de sus mejores jóvenes, a ocuparse de un grupo molestoso de cristianos en Damasco. Sorprendentemente, él también se hizo cristiano. Lee el relato de su conversión en Hechos 9.1-31.
Hizo tres expediciones de predicación para comenzar iglesias en nuevos países. A pesar de un naufragio, apedreos, azotes, hambre, y cárcel, continúo tenazmente hasta que hubo grupos cristianos fuertes en todas las ciudades claves de la mayor parte de las provincias romanas. Muchas de sus cartas (ver recuadro anterior) del Nuevo Testamento son cartas que escribió a estos nuevos grupos cristianos.

- Episodio 7 – La iglesia crece
El futuro venía con muchos problemas. Habría crueles persecuciones. El último libro de la Biblia, Apocalipsis, (ver recuadro anterior) que anticipa el reinado de Jesús sobre todo el mundo, fue escrito para animar a los cristianos perseguidos. En el transcurso de tres siglos, el cristianismo emergería como la religión dominante del Imperio romano. Hoy es la religión mundial más grande. Como un río poderoso, lo que Jesús comenzó resultaría ser incontenible.

a. Comprendiendo los evangelios
Hay cuatro evangelios – Mateo, Marcos, Lucas, y Juan. Cada uno tiene un acercamiento particular a la vida de Jesús. Por ejemplo Lucas, que escribió tanto Lucas como Hechos, dice que su objetivo al escribir es investigar cuidadosamente todos los relatos y recuerdos acerca de Jesús (ver Lucas 1.1-4). Consultó con los que habían conocido personalmente a Jesús y luego anotó, tan precisamente como pudo, lo que Jesús había dicho y hecho.

Lucas era un hombre metódico – médico de profesión, y líder de la iglesia del Nuevo Testamento. Cuando lees su evangelio puedes ver a Jesús a través de los ojos de un historiador – alguien que quiere anotar los hechos y a la vez ayudar a la gente a creer en Jesús. Puedes averiguar en un buen manual bíblico porqué cada autor escribió su libro y para quiénes escribió originalmente.

Un aspecto importante de la lectura de un evangelio es preguntarse:
- ¿Qué enseñanza, o que ejemplo está ofreciendo Jesús?
Mucha de la enseñanza de Jesús es a través de parábolas, pero también usó milagros, palabras, acciones, y discusión para comunicar su mensaje.

Hazlo tú mismo:
- Busca Lucas 4.1-13. ¿Jesús está dando un ejemplo para que sigamos?
- Busca Lucas 6.37-42. ¿Jesús está ofreciendo una enseñanza para que recordemos?

b. Comprendiendo las cartas

Hay veintiún cartas en el Nuevo Testamento. Muchas de ellas fueron escritas para responder a preguntas específicas. Por ejemplo, 2 Tesalonicenses fue escrita para ayudar a los cristianos en Tesalónica a comprender la segunda venida de Cristo. 1 Corintios fue escrita para ayudar a los cristianos de Corinto a saber, entre otras cosas, usar sus dones espirituales (1 Corintios 12-14).
Otras cartas fueron escritas a amigos personales. Filipenses, por ejemplo, fue escrita mientras Pablo estaba en la cárcel, para agradecer a los Filipenses por el regalo que le habían enviado.
Originalmente las cartas habrían sido leídas y discutidas en reuniones de la iglesia; y tenemos certeza que provocaron horas de conversación y discusión mientras la gente intentaba desenmarañar sus enseñanzas.
Cuando leas una carta puede ser útil preguntar:

- ¿Quién la escribió, y porqué?
Un buen manual bíblico puede ayudarte a averiguar esto.
- ¿La situación de los receptores es algo similar a la nuestra?
- ¿Qué podemos aprender de sus consejos?

Intenta siempre leer la carta entera, como leerías cualquier carta recibida de un amigo.
Hazlo tú mismo:

- Lee tú mismo la carta más corta de Pablo, Filemón.
- ¿Qué podemos encontrar acerca de quién escribió la carta y porqué?
- ¿Hay algo que podemos aprender del consejo a Filemón de dar la bienvenida a Onésimo, el esclavo que se había escapado?

c. Comprendiendo el libro del Apocalipsis
El Apocalipsis es casi único en su forma en la Biblia. Es una clase de escrito conocido como apocalíptico (Daniel y partes de Zacarías en el Antiguo Testamento son otros ejemplos de escritos apocalípticos en la Biblia). El Apocalipsis fue escrito cuando los cristianos estaban siendo perseguidos por su fe en Jesucristo. El escritor quiere animarlos.

Casi en su integridad el libro está escrito en un lenguaje de códigos simbólicos que serían comprendidos por los cristianos pero por nadie más.
Es importante concentrarse en el tema principal del libro – que a través de Cristo, Dios finalmente va a vencer a todos sus enemigos, incluyendo Satanás.

Dos preguntas importantes para preguntar aquí:

- ¿Qué está pidiendo Dios a los cristianos en respuesta a este mensaje?
- ¿Cómo muestra esta imagen o pasaje el poder de Dios?

Hazlo tú mismo:
Busca Apocalipsis 2.8-11, dirigido a la iglesia en Turquía. ¿Cómo está pidiendo Dios que los cristianos respondan a este mensaje?
Busca Apocalipsis 5.6-14. ¿Cómo muestra esta imagen el poder de Dios?

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Mensaje de aliento para las personas infectadas con el VIH/SIDA

BURUNDI (LaBibliaWeb.com /SBU) — Mientras maneja por el complejo en Burundi que ocupan la Sociedad para Mujeres y el SIDA en África (SWAA por sus siglas en inglés), de inmediato ve que las personas están alcanzando a otras. Por todas partes se ven afiches con información, las personas se reúnen y las oye reírse y conversar aun en las tempranas horas de la mañana.

La atmósfera es positiva y llena de energía.

La gente se ha reunido para el devocional. Juliette Bayubahe, asistenta social, dirige. Leen de las Escrituras y oran.

«Esto lo hacemos todas las mañanas», explica. «Uso el material de ¿Dónde está el buen samaritano hoy? y Vivir con esperanza. Es una gran ayuda para mí porque el mensaje es positivo y esta gente necesita aliento.

Comparten la carga

«Al reunirnos, compartimos mutuamente nuestra carga y nos animamos con el mensaje de la Biblia. Podemos reconsagrar nuestras vidas a Dios».

Explica cómo funciona SWAA.

«Tenemos un coordinador nacional para Burundi y ocho zonas, cada una de ellas con un coordinador de zona. Hacemos pruebas de manera voluntaria y aconsejamos y dispensamos medicamentos retrovirales. Nos enfocamos primordialmente en el trabajo preventivo. Tratamos de cambiar la conducta de la gente al enseñarles el ABC: Abstinencia, Fidelidad, y uso del Condón. Empleamos material de la Sociedad Bíblica, especialmente el paquete de evangelización El buen samaritano. Es práctico, está bien estructurado y es muy fácil de entender. A la gente le gusta.

Método directo

«Cuando nos enfocamos en el cambio de conducta, tenemos un método directo con la gente que ha sido infectada. Les enseñamos a seguir las instrucciones del médico cuando usan las drogas retrovirales, a no infectar a otras personas y a seguir la Palabra de Dios. Un mensaje muy sencillo, pero de extrema importancia, porque de otra manera nadie sobreviviría».

Baselisse Ndayisaba, de 40 años, la coordinadora de zona del SWAA para Bujumbura, explica que las tasas de infección del VIH/SIDA son particularmente altas en las partes semiurbanas del país.

«Durante la guerra, que duró diez años, soldados salían de las ciudades y regresaban en los fines de semana o cuando estaban de licencia. Las parejas estuvieron separadas. ¡Hombres y mujeres por igual tenían necesidades! Por eso mucha gente adquirió la infección y continuaron propagando la enfermedad. La pobreza también llevó al aumento de la prostitución, y no se olviden del desplazamiento de la gente. Ahora están regresando a sus hogares y traen consigo diversas enfermedades.

«Alrededor de treinta personas se hacen la prueba todos los días en esta clínica, cuatro días a la semana. Entre cuatro y cinco resultan positivas diariamente. Los aconsejamos, les damos los medicamentos y en muchos casos atendemos a los huérfanos cuando los padres han muerto.

«Este trabajo desgasta emocionalmente, pero Dios nos mantiene fuertes. La gracia de Dios nos sostiene mientras continuamos sirviendo al pueblo de Burundi».

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¿Qué es la Biblia?

Biblia es una palabra de origen griego (el plural de biblion, «papiro para escribir» y también «libro») y significa literalmente «los libros». Del griego, ese término pasó al latín, y a través de él a las lenguas occidentales, no ya como nombre plural, sino como singular femenino: la Biblia, es decir, el libro por excelencia. Con este término se designa ahora a la colección de escritos reconocidos como sagrados por el pueblo judío y por la iglesia cristiana.

La Biblia está dividida en dos partes de extensión bastante desigual, llamadas habitualmente Antiguo Testamento y Nuevo Testamento. A primera vista, la palabra «testamento» se presta a un equívoco, porque no se ve muy bien en qué sentido puede aplicarse a la Biblia. Sin embargo, la dificultad se aclara si se tiene en cuenta la vinculación de la palabra latina testamentum con el hebreo berit, «pacto» o «alianza».

Berit es uno de los términos fundamentales de la teología bíblica. Con él se designa el lazo de unión que el Señor estableció con su pueblo en el monte Sinaí. A este pacto, alianza o lazo de unión establecido por intermedio de Moisés, los profetas contrapusieron una «nueva alianza», que no estaría escrita, como la antigua, sobre tablas de piedra, sino en el corazón de las personas por el Espíritu del Señor (Jr 31.31-34; Ez 36.26-27). De ahí la distinción entre la «nueva» y la «antigua alianza»: la primera, sellada en el Sinaí, fue ratificada con sacrificios de animales; la segunda, incomparablemente superior, fue establecida con la sangre de Cristo.

Ahora bien, el término hebreo berit se tradujo al griego con la palabra diatheke, que significa «disposición», «arreglo», y de ahí «última disposición» o «última voluntad», es decir, «testamento». De este modo, la versión griega de la Biblia, conocida con el nombre de Septuaginta o traducción de los Setenta (LXX), quiso poner de relieve que el pacto o alianza era un don y una gracia de Dios, y no el fruto o el resultado de una decisión humana.

La palabra griega diatheke fue luego traducida al latín por testamentum, y de allí pasó a las lenguas modernas. Por eso se habla corrientemente del Antiguo y del Nuevo Testamentos.
A la Biblia se le da también el nombre de Sagrada Escritura. En el Judaísmo, en cambio, se la suele designar con la palabra TANAK, que en realidad es una sigla formada con las iniciales de Torah, Nebiim y Ketubim, es decir, de las tres partes o secciones en que se divide la Biblia hebrea: La Ley, los Profetas y los Escritos.

La Biblia, palabra de Dios
La otra respuesta no se contenta con explicar el significado de una palabra, sino que da otro paso y trata de penetrar más en la realidad profunda de la Biblia: la Biblia es la palabra de Dios.
En la Biblia se encuentran mensajes de los profetas, palabras de Jesús y testimonios de los apóstoles. Los profetas, Jesús y los apóstoles actuaron y hablaron en distintas épocas y en circunstancias muy diversas. Pero todos anunciaron la palabra de Dios.

Los profetas se presentaron como testigos y mensajeros de la Palabra, y así lo expresaron muchas veces de manera inequívoca, por ejemplo, cuando introducían sus mensajes con la frase: «Así dice el Señor». (Cf. Jr 1.9-10: «Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: “Yo pongo mis palabras en tus labios”.»)
Después de haber comunicado su Palabra por medio de los profetas, Dios se reveló en la persona y en la obra redentora de Jesús, como lo expresa la Carta a los Hebreos (1.1-2): «En tiempos antiguos Dios habló a nuestros antepasados muchas veces y de muchas maneras por medio de los profetas. Ahora, en estos tiempos últimos, nos ha hablado por su Hijo.»
Jesús, la Palabra hecha carne (Jn 1.14), dio testimonio de lo que había visto y oído junto al Padre (Jn 1.18; cf. Mt 11.27), y envió a sus discípulos diciéndoles: «El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió (Lc 10.16).»
Los apóstoles, a su vez, fueron testigos oculares y servidores de la Palabra (Lc 1.2). Ellos fueron elegidos de antemano por Dios (Hch 10.41-42) y a ellos se les confió la misión de anunciar la palabra de Dios a todo el mundo (Mc 16.15).

Este mensaje de los profetas, de Jesús y de los apóstoles fue luego consignado por escrito, y así nació la Biblia, que es la palabra de Dios encarnada en un lenguaje humano. Ella, como Jesús, es plenamente divina y plenamente humana, sin que lo divino ceda en detrimento de lo humano, ni lo humano de lo divino.
Ahora bien: la palabra es la acción de una persona que expresa algo de sí misma y se dirige a otra para establecer una comunicación.

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Si analizamos por partes los elementos de esta definición, vemos que hablar es, en primer lugar, dirigirse a otro. El que habla, por el simple hecho de dirigir la palabra a otra persona (y aunque no lo diga expresamente), está manifestando la voluntad de ser escuchado y comprendido, de obtener una respuesta, de lograr que su palabra no caiga en el vacío.
O dicho de otra manera: toda palabra interpela al destinatario del mensaje; es invitación, llamado, interpelación. El ser de la palabra es esencialmente «para-otro», tiene un carácter interpersonal y oblativo.
La orientación hacia el destinatario del mensaje, generalmente sobreentendida, aflora a veces de manera explícita y se expresa en palabras y en giros sintácticos, de un modo especial, en los vocativos y en los imperativos.
Así, cuando el Señor dice ¡Abraham, Abraham!» (Gn 22.11) o «¡Moisés, Moisés!» (Ex 3.4), lo que hace es atraer la atención del que va a ser su interlocutor. Todavía no le ha comunicado nada. Lo llama, simplemente, para obtener de él una respuesta y establecer de ese modo el circuito de la comunicación. Porque sin ese llamado previo, y sin la respuesta del interlocutor, no habría diálogo posible.
De manera semejante, el que pide algo o da una orden con un imperativo apunta en forma directa al destinatario del mensaje: «Vé a lavarte al estanque de Siloé», dice Jesús al ciego de nacimiento, y esta orden provoca en él una respuesta inmediata: El ciego fue y se lavó» (Jn 9.7).

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Además, toda palabra comunica algo. Los interlocutores intercambian siempre algún tipo de información, y hasta la conversación más trivial versa sobre algún tema. El tema de la conversación, el significado de las palabras, la noticia que se quiere comunicar, dan un contenido al mensaje.

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Por su misma dinámica interna, la palabra tiende a convertirse en diálogo entre un yo y un tú. Es verdad que muchas veces empleamos el lenguaje por razones prácticas, de manera que la comunicación se establece casi siempre en un contexto utilitario y más bien superficial. Además, la comunicación fracasa muchas veces porque las personas no se abren al diálogo, se encierran en su propio egoísmo, o porque la buena disposición de una persona no encuentra en la otra una acogida o un eco favorable.

Por lo tanto, el encuentro personal puede adquirir distintos grados de profundidad, o puede incluso frustrarse por la falta de receptividad y de correspondencia en alguna de las partes. Pero también hay veces en que el encuentro se realiza plenamente, ya que la palabra y la respuesta se convierten en un diálogo auténtico y recíproco de comunión y de mutuo compromiso. Sólo en el encuentro amoroso puede darse esta perfecta reciprocidad, que es fruto de una revelación y de un don, por una parte, y de una acogida franca y abierta, por la otra.

Estos aspectos del lenguaje humano se aplican analógicamente a la palabra de Dios. O expresado de otra manera: este encuentro y este diálogo se vuelven a encontrar en el plano infinitamente más elevado de la revelación de Dios y de la fe.

La palabra de Dios posee un contenido: Es la Buena Noticia por excelencia, el evangelio de la salvación. Así puede apreciarse, por ejemplo, en los pasajes siguientes:

«Oye Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.» (Dt 6.4-5)

«Ama a tu prójimo como a ti mismo.» (Lv 19.18; Ro 13.9)

«Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación.» (Ro 10.9)

Estos tres pasajes expresan contenidos fundamentales del mensaje bíblico, como son el mandamiento principal (cf. Mt 22.34-40) y la profesión de fe en Cristo (cf. 1 Co 15.1-7). Pero no basta escuchar con los oídos, porque la palabra de Dios interpela, quiere ser acogida interiormente, reclama una respuesta.
Esa respuesta es la fe. Mediante la fe, que acoge el mensaje de la palabra, se realiza el encuentro con el Dios viviente. Y esta respuesta de la fe hace que la palabra de Dios –creída, proclamada y vivida individual y eclesialmente– llegue a ser una fuerza efectiva en la historia.

La palabra de Dios es también eficaz: …tiene vida y poder. Es más aguda que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona… (Heb 4.12).
«Así como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, y producen la semilla para sembrar y el pan para comer, así también la palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto, sino que hace lo que yo quiero y cumple la orden que le doy.» (Is 55.10-11)
Esta Palabra tiene tanta eficacia porque Dios actúa desde el exterior y también en el interior de las personas. A diferencia de los seres humanos, que sólo disponen de la fuerza expresiva y significativa del lenguaje, el Espíritu de Dios penetra en el interior de las personas y allí realiza su acción más profunda. Para referirse a esta eficacia, la Escritura habla de una revelación especial (Mt 11.25), de una luz que Dios hace brotar en nuestro corazón (2 Co 4.6) y de una atracción interior (Jn 6.44).
Por la acción del Espíritu Santo, Dios puede infundir en el espíritu humano una luz que lo incline a aceptar confiadamente el testimonio divino. La iniciativa parte siempre de Dios. De él proceden el mensaje de la salvación y la capacidad para dar una respuesta de fe a ese mensaje.

La palabra de Dios y la fe son, por lo tanto, esencialmente interpersonales. El que acoge la Palabra y permanece en ella, de siervo pasa a ser hijo y amigo, es iniciado en los secretos del Padre, que el Hijo y el Espíritu son los únicos en conocer. No cabe imaginar un encuentro humano que alcance tanta profundidad de intimidad y de comunicación.

El contenido de la Biblia
La explicación anterior afirma cosas importantes, pero también deja otras sin responder. Porque si alguien pregunta «¿Qué es la Biblia?», aunque no lo manifieste expresamente, quiere saber algo más. Ante todo, quiere saber algo de lo que dice la Biblia. De ahí la necesidad de completar la respuesta diciendo algo sobre el contenido de la Biblia.

La palabra de Dios es, ante todo, el relato de una historia que se extiende desde la creación del mundo hasta el fin de los tiempos. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia proclama los hechos portentosos de Dios. A través de ellos, Dios se revela como Señor, Padre y Salvador, a fin de liberar del pecado y de la muerte a la humanidad pecadora.
Esta historia comprende dos etapas. En la primera, Dios forma para sí un pueblo, eligiéndolo de entre todas las naciones, para hacer de él una nación santa, un pueblo sacerdotal y su posesión exclusiva (cf. Ex 19.3-6). La segunda está centrada y resumida plenamente en Jesucristo muerto y resucitado, cuyo aconte¬cimiento pascual constituye la revelación definitiva de los designios de Dios.
A la luz de este relato bíblico, la historia humana se manifiesta en su verdadero sentido; es decir: no como el producto del azar o de un destino ciego, sino como un proceso que está en las manos de un Dios personal, de quien todo depende y que lo conduce todo según el plan que él mismo se había propuesto llevar a cabo. Y este plan consiste en unir bajo el mando de Cristo todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra (Ef 1.9-10).

En esta historia se sitúa, en primer lugar, el largo proceso de formación del Antiguo Testamento, paralelo a la vida del pueblo de Israel. Después de la muerte y la resurrección de Cristo, y por la acción del Espíritu santo, nace la iglesia cristiana, y en ella se va formando progresivamente el Nuevo Testamento.

A continuación enumeramos brevemente las grandes etapas de esta historia milenaria.

La historia de los orígenes. El primer libro de la Biblia lleva el nombre de Génesis, palabra griega que significa «origen». El Génesis es el libro de los comienzos: comienzos del mundo, de la humanidad y del pueblo de Dios.

En sus primeros capítulos (1–11), el Génesis presenta un vasto panorama de la historia humana, desde la creación del mundo hasta Abraham. Estos relatos –tan conocidos, pero casi siempre tan mal comprendidos– ponen de manifiesto aspectos esenciales de la condición humana en el mundo.
A los seres humanos les corresponde el honor de haber sido creados «a imagen de Dios» (Gn 1.26-27). Pero al separarse de Dios por el pecado, la humanidad eligió para sí un camino de muerte. En el origen de esta rebeldía está la pretensión de «ser como Dios» (Gn 3.5), es decir: En vez de ordenar todas sus acciones de acuerdo con la voluntad divina, el primer hombre y la primera mujer se constituyeron a sí mismos en norma última de sus decisiones, usurpando el lugar que le corresponde exclusivamente a Dios.
El pecado rompió los lazos de amistad con Dios, y así entraron en el mundo el sufrimiento y la muerte. A su vez, la pérdida de la amistad divina trajo como consecuencia la ruptura entre Dios y el hombre, entre el hombre y la mujer, entre la especie humana y el resto de la creación.
La rebelión contra Dios está presente en todos estos relatos del Génesis. El pecado prolifera, se diversifica y se extiende cada vez más a medida que aumenta la humanidad. Pero el pecado y el castigo no tienen la última palabra, porque Dios reconstruye misericordiosamente lo que la soberbia humana había destruido: Después del diluvio, la humanidad es reconstituida a partir del justo Noé; después de la dispersión de Babel, a través de la elección de Abraham.

Por eso, en el marco descrito por estos relatos se va a desarrollar la «historia de la salvación», es decir, la serie de acciones divinas destinadas a liberar a la humanidad del pecado y de la muerte. La humanidad pecadora ya no era capaz de salvarse a sí misma. Sólo la gracia de Dios podía traer al mundo la salvación. De ahí que la historia relatada en la Biblia sea la historia de nuestra redención.

Los patriarcas. Los once primeros capítulos del Génesis nos revelan algo del origen y del misterio de la condición humana; la historia de los patriarcas, que viene a continuación, presenta la primera etapa en la formación del pueblo de Dios.
Dios vuelve a intervenir en la historia de este mundo, pero lo hace de un modo nuevo. Ya no actúa para condenar a los culpables o para dispersar a los seres humanos, sino para dar cumplimiento a su plan divino de salvación.

Abraham, el «padre de los creyentes», escucha la palabra de Dios y emprende un camino que lo arranca del pasado y lo proyecta hacia el futuro:
«Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te voy a mostrar. Con tus descendientes voy a formar una gran nación; voy a bendecirte…» (Gn 12.1-2)
El designio divino de salvación comienza humildemente, con un solo hombre –Abraham– y su familia. Pero desde el comienzo tiene una destinación universal, porque la elección de Abraham redundará al fin en beneficio de todas las naciones:
«Con tus descendientes voy a formar una gran nación… Por medio de ti bendeciré a todas las familias del mundo.» (Gn 12.2-3; cf. 13.14-17; 15.5; 22.17-18)

Al leer a continuación los otros relatos del Génesis, donde el designio divino parece limitarse a algunas personas escogidas, es preciso no perder de vista el contenido de esta promesa.
Isaac, primero, y Jacob, después, fueron los herederos de la promesa divina (Gn 26.4; 28.13-15). José fue vendido por sus hermanos, pero gracias a él la familia de Jacob llegó a Egipto y se salvó de la hambruna. Así quedó preparado el escenario para la gran liberación que relata a continuación el libro del Éxodo.

El éxodo. El éxodo de Egipto constituye uno de los momentos más decisivos en la historia de la salvación. Dios se reveló a Moisés como el Dios de los padres y el Dios salvador, que oyó el clamor de su pueblo y decidió acudir en su ayuda. Le dio a conocer su nombre de YHVH y lo envió a presentarse ante el Faraón, rey de Egipto.

Luego de muchos contratiempos, los israelitas salieron de Egipto, y con ellos se fue muchísima gente de toda clase (Ex 12.38). Esta breve referencia es importante, porque nos da a entender que la unidad del pueblo de Dios no depende, ante todo, de un común origen racial.
Después de la liberación viene la alianza. Al llegar al monte Sinaí, el Señor sale al encuentro de su pueblo y establece con él un pacto o alianza. Esta alianza no es un contrato bilateral, es decir, un convenio ordinario entre dos partes que han discutido sus términos antes de concluirla y firmarla. Es una disposición divina, que el Señor concede gratuitamente, por una libre iniciativa de su gracia.
Esta alianza hace del pueblo elegido un pueblo santo, puesto aparte por Dios y consagrado al servicio de Dios entre todos los pueblos de la tierra (Ex 19.3-8).

La historia de esta liberación quedó grabada como un sello indeleble en la memoria del pueblo de Israel. A partir de aquel momento, Dios nunca dejó de presentarse a sí mismo con estas palabras: Yo soy [YHVH] tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo (Ex 20.1).
A continuación, el libro del Levítico dicta un conjunto de normas para el ejercicio del culto en Israel, el pueblo sacerdotal, consagrado al servicio del Señor.

La marcha por el desierto (narrada especialmente en el libro de Números). En medio de las asperezas del desierto, en su marcha hacia la Tierra prometida, el pueblo padeció hambre y sed. Estas penurias le hicieron añorar el pescado y las legumbres que comían en Egipto (Nm 11.5), y más de una vez se rebeló contra el Señor y contra Moisés: )Para qué nos trajo el Señor a este país? )Para morir en la guerra, y que nuestras mujeres y nuestros hijos caigan en poder del enemigo? (Más nos valdría regresar a Egipto! (Nm 14.3).
La libertad se les hacía una carga demasiado pesada y sentían nostalgia de la esclavitud. Entonces el Señor hizo brotar agua de la roca y lo alimentó con el maná.
Al término de esta marcha, antes de pasar el Jordán, Moisés instruye por última vez a Israel, como lo recuerda el libro del Deuteronomio.

Josué. El libro que lleva el nombre de Josué, el sucesor de Moisés, celebra el asentamiento de las tribus hebreas en la Tierra prometida. Un simple vistazo al conjunto del libro nos hace ver que consta de tres partes: la conquista de Canaán (caps. 1—12), la distribución de los territorios conquistados (caps. 13—21) y la unidad de Israel fundada en la fe (caps. 22—24).

Después de cruzar el Jordán, los israelitas llegados del desierto encontraron a su paso ciudades fortificadas y carros de guerra. Y si lograron infiltrarse en el país, fue más por la astucia que por el empleo de las armas. Pero, en realidad, la conquista no fue una hazaña de los hombres sino una victoria del Señor.

Por eso el relato adquiere por momentos los contornos de epopeya maravillosa: los muros de Jericó se derrumban, el sol se detiene, los cananeos son presa del pánico, porque es el Señor el que se pone al frente del pueblo y combate a favor de él. En estas «guerras de YHVH», el arca de la alianza era el símbolo de la presencia del Señor en medio de su pueblo.

De ahí un tema fundamental en el libro de Josué: Israel tiene que dar gracias a YHVH, su Dios, que ha dado como herencia a su pueblo la tierra de Canaán.

El libro concluye con el relato de la alianza de Siquem. Josué rememora, ante la asamblea de los israelitas, las acciones que realizó el Dios de Israel en favor de su pueblo. Luego les propone una alianza, y esta queda sellada sobre una doble base: la fe común en YHVH y el reconocimiento de una misma ley (cap. 24).
El libro de los Jueces, que viene a continuación, nos dará una imagen un poco más matizada de este período histórico.

Los Jueces. Después de la muerte de Josué sobrevino para las tribus de Israel una etapa difícil: es la así llamada «época de los Jueces».
Es importante notar que estos «jueces» no eran simples magistrados que administraban justicia, sino «caudillos» (o, como suele decirse, «líderes carismáticos»), que el Señor fue suscitando en los momentos de crisis para liberar a su pueblo de la opresión. Cuando una o varias tribus israelitas se veían amenazadas por un ataque enemigo, estos caudillos -llenos del «espíritu del Señor»- se levantaron para combatir a los enemigos de su pueblo (cf. Jue 3.10; 11.29).3

Las amenazas provenían de los pueblos vecinos de Israel. Poco después de la entrada de los israelitas en Canaán, tuvo lugar, a su vez, el asentamiento de los filisteos en la costa sur de Palestina (hacia el año 1175 a.C.). Estos se organizaron en cinco ciudades -la famosa Pentápolis filistea-, y por su poderío militar y su monopolio del hierro constituyeron un peligro constante para los israelitas. La hostilidad de los filisteos, sumada a la que provenía de los nativos del país (los cananeos) y de los pueblos vecinos (madianitas, moabitas, amonitas, etc.), llegó algunas veces a poner en peligro la existencia misma de las tribus hebreas.
Cuando se producía una de estas crisis, el Señor suscitaba un «juez» o caudillo, que obtenía para su pueblo una victoria más o menos resonante. Estos héroes actuaron en distintos lugares y en distintas épocas, y cada uno a su manera. Gedeón, por ejemplo, reunió varias tribus para ir al combate; Sansón, en cambio, fue un héroe de fuerza extraordinaria, que más de una vez puso en grave aprieto a los filisteos. Además, la misión de los jueces era personal y temporaria: una vez pasado al peligro, ellos solían volver a sus ocupaciones ordinarias.
El «Cántico de Débora» (Jue 5) muestra muy bien cómo se encontraba el pueblo de Israel durante el período de los Jueces. El poema celebra la victoria de una coalición de tribus hebreas contra los cananeos, en la llanura de Jezreel. Según Jueces 5.14-17, seis de las tribus respondieron a la convocatoria hecha por Débora: Efraín, Benjamín, Maquir (Manasés), Zabulón, Isacar y Neftalí. En cambio, otras cuatro tribus –Rubén, Galaad (Gad), Dan y Aser– son recriminadas severamente por no haber socorrido a sus hermanos. Las tribus del sur—Judá, Simeón y Leví—ni siquiera se mencionan, sin duda porque una especie de barrera las separaba de las otras tribus. Uno de los principales enclaves que se interponían entre el norte y el sur era la fortaleza de Jerusalén, que aún estaba en poder de los jebuseos (Jos 15.63; Jue 19.10-12).
El libro de los Jueces pronuncia un juicio severo sobre la situación religiosa de Israel en aquel período. Los israelitas pasaban por un proceso de sedentarización y de cambio a nuevas formas de vida. Y la asimilación de algunas costumbres cananeas (relacionadas, sobre todo, con el ejercicio de la agricultura) introdujo prácticas religiosas contrarias al auténtico culto de YHVH. Estas prácticas estaban relacionadas con Baal, el dios cananeo de la fecundidad. De este dios se esperaba que diera fertilidad a la tierra, buenas cosechas de granos y abundancia de vino y aceite.

También es severo el juicio que se pronuncia sobre la falta de unidad y de organización política entre los grupos hebreos: Como en aquella época aún no había rey en Israel, cada cual hacía lo que le daba la gana (Jue 17.6; cf. 18.1; 19.1; 21.25).
En la etapa siguiente, la institución de la realeza vino a atemperar de algún modo aquel estado de anarquía.

Samuel y Saúl. Los libros de Samuel, que vienen a continuación, se refieren a este proceso de consolidación; uno de los momentos más importantes en la historia bíblica. Es la época en que Israel se constituyó como unidad política, al mando de un rey.

El primer libro de Samuel consta de tres secciones. Cada una de ellas gira en torno a uno o dos personajes centrales: Samuel (caps. 1—7), Samuel y Saúl (8—15), Saúl y David (16—31).
La primera de estas figuras centrales es la de Samuel, el niño consagrado al Señor que llegó a ser profeta. Como sucede con frecuencia en la Biblia, el hijo concedido a la mujer estéril tiene un destino especial. El relato de la vocación de Samuel presenta tres elementos que aparecen en todos los relatos de llamamiento al profetismo: la iniciativa de YHVH, la comunicación del mensaje que deberá transmitir y la respuesta del que ha sido llamado (1 S 3; cf. Ex 3.1-12; Is 6; Jer 1.4-10; Ez 1—3).

Más tarde, el intento de organizar a las tribus israelitas bajo la forma de un estado monárquico comienza con Saúl. Él, como los antiguos jueces de Israel, fue el libertador elegido por Dios (1 S 10.1). El espíritu del Señor vino sobre él, y lo impulsó a emprender una guerra de liberación contra los amonitas (11.1-13). Y cuando regresó victorioso de su campaña libertadora, Saúl fue proclamado rey. Con esta proclamación, la realeza quedó instituida en Israel.

Muerte de Saúl y reinado de David. Después de narrar las primeras victorias de Saúl, la Biblia presenta dos trayectorias que siguen un curso contrario. El joven David, que se había puesto al servicio del rey Saúl, se fue ganando cada vez más el amor y la simpatía del pueblo (1 S 18.6-7). Este hecho despertó la envidia y el odio del rey, que comenzó a perseguirlo despiadadamente. Así comenzaron a contraponerse la carrera ascendente de David, que culminó con su elevación al trono, y la curva descendente de Saúl, que terminó en la derrota y en la muerte.

La muerte de Saúl dejó libre el camino a David, que primero fue proclamado rey de Judá (2 S 2.4), y luego, cuando las tribus del norte fracasaron en su intento de organizarse por sí mismas, también fue reconocido como rey de Israel (2 S 5.1-3).

Un momento decisivo en la trayectoria histórica de David fue la conquista de Jerusalén. El rey convirtió a esa ciudad jebusea en capital de su reino (2 S 5.9-16) y también en centro religioso de todo Israel, ya que allí instaló el arca de la alianza (6.1-23).

Los libros de Samuel presentan a David con todos los atractivos de un héroe: bien parecido, fiel en la amistad, músico, poeta, guerrero valeroso y líder extraordinario. La historia de su ascensión es al mismo tiempo la historia de la caída de Saúl. Pero el relato bíblico no oculta sus pecados: el adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías.

El largo reinado de David no logró eliminar por completo el antagonismo entre el norte y el sur, de manera que la unidad de las tribus fue siempre precaria. Una prueba de ello fueron las rebeliones que debió afrontar David, en particular el levantamiento liderado por su hijo Absalón (2 S 15.1-6; 19.42—20.2). A la muerte de David, en medio de las intrigas de la corte real, lo sucedió su hijo Salomón (1 R 1—2).

Los reyes de Israel y Judá después de David. Salomón llevó a cabo el proyecto que su padre no había podido realizar (1 R 8.17-21) y erigió un lugar de culto que tendría en el futuro una enorme importancia en la vida religiosa y cultural de Israel. La significación e importancia de dicho templo se pone de manifiesto, sobre todo, en la plegaria pronunciada por el rey durante la fiesta de la dedicación (1 R 8.23-53).

Pero no todo fue gloria y magnificencia en el reino de Salomón. La Biblia también deja entrever los aspectos negativos de su reinado, como fueron las concesiones hechas a la idolatría y las excesivas cargas impuestas al pueblo. Las construcciones llevadas a cabo por el rey exigían pesados tributos y una considerable cantidad de mano de obra. Para muchos israelitas, estos excesos traicionaban los ideales que habían dado su identidad y su razón de ser al pueblo de Dios (cf. 1 S 8), y un profundo descontento se extendió por el país, en especial, entre las tribus del norte. Como consecuencia de este malestar resurgieron los viejos antagonismos entre el norte y el sur (cf. 2 S 20.1-2), y así terminó por quebrantarse el intento de unificación llevado a cabo por David (cf. 2 S 2.4; 5.3).

Después de la muerte de Salomón, el reino davídico se dividió en dos estados independientes: Israel al norte y Judá al sur; este último con Jerusalén como capital. El texto bíblico narra en qué circunstancias se produjo la separación y cómo el cisma político trajo consigo el cisma religioso (1 R 12). Luego presenta en forma paralela la historia de los dos reinos, que en muy pocas ocasiones lograron superar su antigua rivalidad.

Según los libros de los Reyes, la historia de Israel y de Judá, a lo largo de todo el período monárquico, fue una cadena ininterrumpida de pecados e infidelidades, y los principales responsables de esta situación fueron los mismos reyes. A ellos les correspondía gobernar al pueblo de Dios con sabiduría (cf. 1 R 3.9), pero, de hecho, hicieron todo lo contrario. Por eso no fue un hecho casual que Israel y Judá terminaran por caer derrotados y dejaran de existir como naciones independientes (2 R 17.6; 25.1-21).

Los profetas. En este contexto proclamaron su mensaje los más grandes profetas de Israel. Ellos vieron con extraordinaria lucidez el desorden que reinaba en la sociedad. El pueblo de Israel no era lo que Dios quería y esperaba de él. El Señor había formado y cuidado a su pueblo como el labrador planta y cultiva su viña, y esperaba de él buenos frutos. Pero sus esperanzas quedaron frustradas, porque la viña del Señor, en vez de dar buenos frutos, había producido uvas agrias (Is 5.1-7). El pecado de Israel estaba grabado «con punta de diamante» y con «cincel de hierro» en la piedra de su corazón (Jer 17.1). Pero como el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva (Ez 18.23), envió a sus servidores, los profetas, para llamarlo a la conversión.

Los profetas nunca dejaron de reconocer que el Señor había elegido a Israel. Pero esta elección divina, mucho más que un privilegio, era para ellos una responsabilidad. Ni el culto, ni el templo, ni la dinastía davídica, ni el recuerdo de las acciones pasadas de YHVH ofrecían ya una garantía incondicional y automática, porque el Señor ha dado a conocer…

…en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu Dios. (Miq 6.8)

También el profeta Amós ha expresado esta idea con toda claridad y precisión:

Solo a ustedes he escogido de entre todos los pueblos de la tierra. Por eso habré de pedirles cuentas de todas las maldades que han cometido. (Am 3.2)

Otro tema central de la predicación profética es la fidelidad al culto de YHVH. Ese tema se encuentra, sobre todo, en Oseas, Jeremías y Ezequiel. Ellos denunciaron la idolatría en todas sus formas (cf., por ejemplo, Os 4.1-14; Jer 2.23-28) y, con tal finalidad, utilizaron ampliamente el simbolismo conyugal: YHVH era el esposo de Israel, pero los israelitas se comportaban como una esposa infiel, que engaña a su marido y se prostituye con el primero que pasa (cf., entre muchos otros textos, Os 2; Ez 16; 20). Era preciso, por lo tanto, volver a la fidelidad perdida (Jer 2.1-3), antes que fuera demasiado tarde (Jer 4.1-4).

Los profetas condenaron también el orgullo y la ambición de las clases dirigentes, que no mostraban la menor preocupación por el destino de su pueblo. La gente humilde era víctima de jefes sin escrúpulos, que creían que todo les estaba permitido (cf. Am 2.6-8). Ante el espectáculo generalizado de la venalidad y la corrupción, ellos manifestaron decididamente su solidaridad con las víctimas de la injusticia y denunciaron sin reserva a los opresores.

Según sus enseñanzas, la fidelidad al Señor debía manifestarse no solamente en la observancia de ciertas prácticas cultuales y religiosas, sino también, y sobre todo, en el ámbito de las relaciones sociales. Sin la práctica de la justicia, el culto puramente exterior era abominable para el Señor (Is 1.10-20; Am 5.21-24).

La caída de Jerusalén. Los profetas anunciaron repetidamente que Jerusalén sería destruida y que sus habitantes caerían bajo la espada de sus enemigos, o serían llevados al exilio, si no se volvían al Señor de corazón. Pero ni el pueblo ni sus gobernantes prestaron oídos a la palabra del Señor, y aquellos anuncios se cumplieron. El ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitió la ciudad santa, y esta no pudo resistir al asedio. Los invasores entraron en Jerusalén, la saquearon, incendiaron el templo, se llevaron sus tesoros y vasos sagrados, y deportaron al sector más representativo de la población (2 R 25.1-21). El Salmo 74.4-9 describe con hondo dramatismo aquella catástrofe:

Tus enemigos cantan victoria en tu santuario; (han puesto sus banderas extranjeras sobre el portal de la entrada!
Cual si fueran leñadores en medio de un bosque espeso, a golpe de hacha y de martillo, destrozaron los ornamentos de madera. Prendieron fuego a tu santuario;(deshonraron tu propio templo derrumbándolo hasta el suelo!Decidieron destruirnos del todo;(quemaron todos los lugares del país donde nos reuníamos para adorarte! Ya no vemos nuestros símbolos sagrados; ya no hay ningún profeta, y ni siquiera sabemos lo que esto durará.

El exilio. Comparado con la historia de Israel en su conjunto, el período del exilio fue relativamente breve: unos sesenta años desde la primera deportación (2 R 25.18-21) hasta el edicto de Ciro (2 Cr 36.22-23). Sin embargo, fue uno de los más ricos y fecundos en la historia de la salvación. Los israelitas meditaron sobre la catástrofe que les había acontecido, y esperaron con impaciencia que el Señor volviera a intervenir una vez más en favor de su pueblo (cf. Sal 137). Una vez que se cumplió el término fijado por Dios (cf. Jer 29.10), los exiliados escucharon la voz de los profetas que les anunciaban el fin del cautiverio y una pronta liberación (cf. Is 40—55).

Cuando cayó Jerusalén, el rey Nabucodonosor estaba en el apogeo de su gloria. Pero también a su país debía llegarle el momento de estar también sometido a grandes naciones y reyes poderosos (Jer 27.7). Los primeros indicios de la declinación de Babilonia se sintieron hacia el 546 a.C., cuando apareció en el escenario del Próximo Oriente antiguo un nuevo protagonista: Ciro, el rey de los persas. Entonces los exiliados pudieron esperar su liberación y el fin de la catástrofe (cf. Is 40—55). Esta se realizó en el año 539 a.C., con la caída de Babilonia.

La vuelta del exilio. El edicto de Ciro—del que la Biblia conserva dos versiones (Esd 1.2-4; 6.3-5)- autorizó a los deportados el regreso a Palestina. Este retorno fue paulatino. La primera caravana de repatriados llegó a Judá al mando de Sesbasar (Esd 1.5-11), que era una especie de alto comisario del imperio persa. Pero Sesbasar desapareció pronto de la escena y en lugar de él apareció Zorobabel. La reedificación del templo, que había empezado Zorobabel con mucho entusiasmo, se vio obstaculizada por las hostilidades de los samaritanos; pero estimulado por los profetas Hageo y Zacarías, puso de nuevo manos a la obra y en el año 515 a.C. el templo quedó terminado.

A partir del edicto de Ciro fueron llegando a Jerusalén sucesivas caravanas de repatriados. Muchos otros judíos, en cambio, prefirieron quedarse en la diáspora, donde habían prosperado económicamente, llegando a desempeñar, algunas veces, cargos de importancia como funcionarios del imperio persa (cf. Neh 2.1).

Con el paso del tiempo, la situación política, social y religiosa de Judea se fue deteriorando cada vez más. Entre los factores que contribuyeron a ese proceso hay que mencionar las dificultades económicas, las divisiones en el interior de la comunidad y, muy particularmente, la hostilidad de los samaritanos.
Nehemías, que a pesar de ser judío era un alto dignatario en la corte del rey Artajerjes I, se enteró que la ciudad de Jerusalén aún se encontraba casi en ruinas y con sus puertas quemadas. Entonces solicitó y obtuvo ser nombrado gobernador de Judá para acudir en ayuda del pueblo. Su valentía y firmeza superaron todas las dificultades, y en muy poco tiempo los muros de la ciudad fueron restaurados. Luego se dedicó a repoblar la ciudad santa, que estaba casi desierta, y tomó severas medidas en defensa de los más desvalidos y para reprimir algunos abusos (Neh 5.1-12), siendo él mismo el primero en dar el ejemplo (Neh 5.14-19). Un tiempo después volvió por segunda vez a Jerusalén y completó la reforma que había iniciado (Neh 10).

Esdras, un sacerdote y escriba que también había estado en Babilonia, desempeñó un papel igualmente importante en esta acción reformadora.

La diáspora. Como ya lo hemos recordado, muchos deportados a Babilonia, siguiendo los consejos de Jeremías (29.4-7), se dedicaron al cultivo de la tierra y a otras actividades rentables, y así lograron constituir en el exilio colonias muy florecientes. Por eso, cuando Ciro autorizó el regreso, renunciaron a volver a Palestina.

Más tarde, a estas colonias judías en territorio extranjero, se fueron sumando muchas otras, formadas por las olas sucesivas de judíos que emigraban de Palestina para probar fortuna en el exterior. De este modo, en el siglo 1 a.C., muchos emigrados judíos o los descendientes de ellos estaban diseminados por todas las regiones del mar Mediterráneo. Al conjunto de estas comunidades judías se le suele dar el nombre de «diáspora», palabra de origen griego que significa «dispersión» (cf. Stg 1.1; 1 P 1.1).

Por la influencia de estas comunidades de la diáspora, numerosos paganos se convirtieron al monoteísmo judío. Algunos aceptaban solamente algunos preceptos, y estos convertidos se llamaban «temerosos de Dios». Otros, más fervorosos, se sometían enteramente a la Ley mosaica y franqueaban la última etapa, sometiéndose a la circuncisión. Estos formaban el grupo de los «prosélitos». Según los Hechos de los Apóstoles, los primeros misioneros cristianos encontraron por todas partes «prosélitos» y «temerosos de Dios» (cf. Hch 2.11; 10.2; 13.16, 43).

El período intertestamentario. Entre el último de los libros del Antiguo Testamento y los escritos más antiguos del Nuevo, transcurre un período llamado «intertestamentario».
Para comprender mejor esta etapa es necesario recordar que en ella Israel vivió más que nunca de una promesa. La promesa hecha a Abraham, renovada a Moisés bajo la forma de alianza, luego a David, y recordada constantemente por los profetas, era el aliciente que mantenía viva la esperanza del pueblo.

Esta esperanza persistió bajo distintas formas a través de las vicisitudes de su historia, renaciendo cada vez renovada y tendida siempre hacia el futuro. A partir de las pruebas del exilio y de la desaparición de la realeza, ella estuvo centrada, sobre todo, en la figura del Mesías, el nuevo David.
Los que esperaban al Mesías tendían a representarse su reinado bajo aspectos puramente terrestres, como la conquista y la dominación de los pueblos paganos que tantas veces habían oprimido a Israel.

En este sentido se reinterpretaban los antiguos anuncios proféticos, como este de Amós:

`El día viene en que levantaré la caída choza de David. Taparé sus brechas, levantaré sus ruinas y la reconstruiré tal como fue en los tiempos pasados, para que lo que quede de Edom y de toda nación que me ha pertenecido vuelva a ser posesión de Israel’. El Señor ha dado su palabra, y la cumplirá. (Am 9.11-12).

Esta perspectiva era la más corriente, aunque no exclusiva, en tiempos de Jesús.
Al lado de ella encontramos la llamada «corriente apocalíptica». El adjetivo «apocalíptico» viene de apokálypsis, palabra griega que significa «revelación». Todo apocalipsis, en efecto, es una revelación sobre el sentido profundo de la historia humana. Porque en la historia se realiza un misterioso designio de Dios, que solo puede darlo a conocer la revelación divina. Según este plan, al fin de los tiempos Dios va a triunfar sobre el mal y a enjugar las lágrimas de sus fieles (cf. Ap 21.4). Pero mientras llega el fin, el mal despliega todo su poder y persigue al pueblo de Dios, hasta el punto de infligir una muerte violenta a muchos creyentes. En este contexto, el apocalipsis quiere dar una palabra de consuelo, de aliento y de esperanza al pueblo de Dios perseguido.

La lectura de estos escritos es apasionante pero difícil. En parte, por las constantes alusiones históricas que se encuentran en ellos, y que requieren un buen conocimiento de las circunstancias en que fueron redactados esos escritos. Y más todavía, por el empleo del «género apocalíptico», es decir, de una forma literaria que se caracteriza, sobre todo, por el constante recurso al lenguaje simbólico.

El Nuevo Testamento. Después de haber hablado a nuestros padres por medio de los profetas, Dios envió a su Hijo Jesucristo -su Palabra eterna, que ilumina a todos los seres humanos- para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna (Jn 3.16).

Una vez bautizado por Juan (Mc 1.9-11), Jesús volvió a Galilea y comenzó a anunciar la Buena Noticia de Dios (Mc 1.14-15). Reunió a su alrededor un grupo de discípulos, para que lo acompañaran y para mandarlos a anunciar el mensaje (Mc 3.14). Los evangelios, sin embargo, nos muestran que los discípulos estuvieron muy lejos de entender, desde el comienzo, quién era en realidad aquel con quien convivían tan íntimamente (Mc 8.14-21). Pero Jesús les anunció que el Paráclito—el «Espíritu de la verdad»—les haría conocer toda la verdad (Jn 14.26; 15.26; 16.13). Este anuncio se cumplió el día de Pentecostés, cuando la comunidad reunida en oración recibió la luz y la fuerza del Espíritu Santo (Hch 2.1-4).

Estos primeros discípulos, que fueron desde el comienzo «testigos presenciales» de lo que Jesús hizo y enseñó, recibieron de él «el encargo de anunciar el mensaje» (Lc 1.2), y con el poder del Espíritu Santo (Hch 1.8) dieron testimonio de lo que habían visto y experimentado: Porque lo hemos visto y lo hemos tocado con nuestras manos (1 Jn 1.1).

Los que creyeron en la Buena Noticia, a su vez, formaron comunidades cuyos miembros seguían firmes en lo que los apóstoles les enseñaban, y compartían lo que tenían, y oraban y se reunían para partir el pan (Hch 2.42). Y en la vida de estas comunidades fueron surgiendo los escritos del Nuevo Testamento.

Aquí es importante tener en cuenta que el orden de los libros en el canon del Nuevo Testamento no corresponde al orden cronológico en que fueron redactados los libros. Entre los escritos más antiguos están las cartas paulinas. El apóstol, en efecto, anunciaba el evangelio de viva voz (cf. Hch 13.16; 14.1; 17.22). Pero a veces, estando lejos de alguna de las iglesias fundadas por él, se vio en la necesidad de comunicarse con ella, para instruirla más en la fe, para animarla a perseverar en el buen camino, o para corregir alguna desviación (cf., por ejemplo, Gl 1.6-9). Así nacieron sus cartas, escritas para hacer frente a los problemas de índole diversa que surgían, sobre todo, de la rapidez y amplitud con que se difundía la fe cristiana.

Aunque los materiales utilizados por los evangelistas han sido transmitidos por los que desde el comienzo fueron testigos presenciales (Lc 1.1), la redacción de los Evangelios, tal como han llegado hasta nosotros, es posterior a las cartas paulinas.

Cada uno de estos cuatro evangelios quiere responder a la pregunta que se hace todo el que se encuentra con Cristo. Esta pregunta ya se la había hecho Pablo en el camino de Damasco, cuando dijo: ¿Quién eres, Señor? (Hch 9.5). Y también se la hicieron los apóstoles, dominados por el miedo, cuando vieron la tempestad calmada a una sola orden de Jesús: ¿Quién será este, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mc 4.41).

Marcos pone bien de relieve la realidad humana de Jesús, pero destaca al mismo tiempo su misteriosa trascendencia. Llevándonos de pregunta en pregunta, de respuesta en respuesta, de revelación en revelación, nos conduce en forma progresiva de la humanidad de Cristo a su divinidad, haciéndonos descubrir en «el carpintero, hijo de María» (6.3), primero al Mesías Hijo de David (8.29) y luego al Hijo de Dios (15.39).

En un relato más extenso que el de Marcos, Mateo presenta a Jesús—hijo de Abraham e hijo de David (1.1)—como el Mesías que lleva a su cumplimiento todas las esperanzas de Israel y las sobrepasa a todas. Apoyándose constantemente en las profecías del Antiguo Testamento, muestra cómo Jesús las realiza plenamente, pero de una manera que el pueblo judío de su tiempo ni siquiera alcanzó a sospechar: Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta (1.22; cf. 2.17; 4.14; 8.17; 26.56).

Lucas destaca, sobre todo, la misión de Jesús como Salvador universal (cf. 2.29-32). Es el evangelio proclamado por el ángel de Belén: Les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor (2.10-11). En las parábolas de la misericordia divina, Lucas anota que la alegría de la salvación no resuena solamente en la tierra, sino que regocija también al cielo y a los ángeles (15.7, 10); la vuelta del hijo pródigo a la casa de su padre se festeja jubilosamente (15.22-24), y el gozo del perdón y de la salvación llega también a la casa de Zaqueo, que recibió a Jesús con alegría (19.6).

El evangelio de Juan ha sido llamado «evangelio espiritual», debido a la profundidad con que ha sabido penetrar en el misterio de Cristo. Jesús es la Luz del mundo, el Pan de vida, el Camino, la Verdad y la Vida, la Resurrección y la Vid verdadera. Él es la Palabra eterna del Padre, que existía desde el principio y que se hizo «carne»—es decir, hombre en el pleno sentido de la palabra—y «acampó entre nosotros» (Jn 1.14, NBE). Él es la manifestación suprema del amor de Dios, que no vino a condenar sino a salvar. Pero también exige de sus seguidores una opción fundamental: ¿También ustedes quieren irse? – Señor, ¿a quién podemos ir? Tús palabras son palabras de vida eterna (6.67, 68).

Además de las cartas paulinas, el Nuevo Testamento incluye otras cartas apostólicas, que llevan los nombres de Santiago, Pedro, Juan y Judas, el hermano de Santiago. En su mayor parte, estas cartas no están dirigidas a personas o a comunidades particulares, sino a grupos más amplios (cf., por ejemplo, 1 P 1.1).

En ellas se reflejan las dificultades que debieron afrontar los primeros cristianos en medio de la hostilidad de los paganos. Debemos agregar aquí también a la Epístola a los Hebreos, considerada más como un sermón de exhortación que invita a los cristianos a permanecer fieles en la fe de Jesucristo, en medio de una situación adversa.

Finalmente, el libro del Apocalipsis -palabra griega que significa Revelación- anuncia el triunfo final del Señor. El día de este triunfo final de Cristo es designado como el de las «Bodas del Cordero»:

Alegrémonos, llenémonos de gozo y démosle gloria, porque ha llegado el momento de las bodas del Cordero. (Ap 19.7)

Por eso, el Apocalipsis proclama jubilosamente:
Felices los que han sido invitados a la fiesta de bodas del Cordero. (Ap 19.9)

Con esta bienaventuranza llega a su término el libro del Apocalipsis, cuyas palabras finales son un canto nupcial: «(Ven!», dice la Esposa del Cordero, y ella escucha una voz que le responde: «Sí, vengo pronto» (Ap 22.17,20).

Conclusión
El Dios que se revela en la Biblia ha intervenido en la historia humana para hacer de ella una historia santa. Los acontecimientos del Antiguo Testamento anunciaban, prefiguraban y realizaban parcialmente lo que en el Nuevo Testamento llegaría a su pleno cumplimiento. Si la Pascua de Cristo trae al mundo la plenitud de la salvación, la pascua de Moisés fue la aurora de nuestra salvación. La liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto preanunciaba asimismo la liberación de toda la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Este mismo movimiento de la historia continúa, se prolonga y se expande en la vida de la Iglesia, que escucha, vive y anuncia la Palabra hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1.8).

Libros recomendados

Para profundizar en la lectura
Arnold B. Rhodes. Los actos portentosos de Dios. Traducido del inglés por Jorge Lara-Braud y Miriam D. de Lloreda. Richmond: C. L. C. Press, 1964. 358 pp.
Susana de Diétrich. Los designios de Dios. Traducido del francés por F. Rived. México: Publicaciones El Faro, S. A. y CUPSA, 1952. 222 pp.

Obras afines
Ricardo Pietrantonio. Itinerario Bíblico. 1 Antiguo Testamento. Buenos Aires: Ediciones La Aurora, 1985. 191 pp.
Erich Sauer. La aurora de la redención del mundo. Traducido del inglés por Ernesto Trenchard. Madrid: Literatura Bíblica, 1967. 308 pp.
Etienne Charpentier. Para leer la Biblia. Cuadernos Bíblicos 1. Traducido del francés por Nicolás Darrical. Estella: Editorial Verbo Divino, 1985. 66 pp.
Equipo “Cahiers Evangile”. Primeros pasos por la Biblia. Cuadernos Bíblicos 35. Traducido del francés por Nicolás Darrical. Estella: Editorial Verbo Divino, 1984. 62 pp.
William Barclay. Introducción a la Biblia. Traducido del inglés por Juanleandro Garza. México: CUPSA, 1987. 160 pp.
Ettienne Charpentier. Para leer el Antiguo Testamento. Traducido del francés por Nicolás Darrical. Estella: Editorial Verbo Divino, 1984. 122 pp.

1 Las citas bíblicas son de la versión Dios Habla Hoy, segunda edición, de las Sociedades Bíblicas Unidas. Cuando se cita otra versión, se colocan sus iniciales inmediatamente después de la cita.
2 Oblativo es el adjetivo de oblación. Esta palabra significa «el acto de ofrecer algo a Dios; ofrenda y sacrificio que se hace a Dios».
3 Debido a que los «jueces» fueron en realidad instrumentos divinos más que líderes seleccionados por el mismo pueblo, algunos biblistas los llaman «portadores de justicia».

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