En la Biblia, aquí y allá, se nos cuenta que los niños juegan un papel salvador en el preciso momento en el que el pueblo de Dios y sus líderes se encuentran atrapados en la lógica del adulto para resolver los problemas de la vida.
Samuel, el niño, fue el elegido de Dios para inyectarle nueva vida al ya desgastado liderazgo de Elí y sus hijos (1 Sa 2). David, el pastorcito de Belén, resultó ser el mejor equipado y entrenado para acabar con la fuerza bélica filistea, a expensas del poder militar del ejército del rey Saúl (1 Sa 17). El niño de la alimentación de la multitud en Juan 6.5 15 con sus cinco panecillos y dos pescados se unió a Jesús para darle de comer a más de cinco mil personas; un problema que los discípulos con su mente adulta no podían resolver “a la manera de Cristo”, es decir, a la manera infantil.
El profeta Isaías, al mirar el desastre en el que vivía su nación y los pronósticos desalentadores de su futuro histórico, vislumbró un mundo mejor, el mesiánico, radicalmente distinto al definido y diseñado por los adultos. Los que en el mundo “normal” son víctimas o victimarios, en este nuevo mundo se convierten en compañeros de vida (Is 11.6), y tienen por líder o pastor a un niño pequeño:
Entonces el lobo y el cordero
vivirán en paz,
el tigre y el cabrito descansarán juntos,
el becerro y el león crecerán uno al lado del otro,
y se dejarán guiar por un niño pequeño.
Dios parece no considerar como opción viable irrumpir soteriológicamente en la historia humana con un proyecto diseñado por y para adultos. A través de su vocero, el profeta Isaías, decide proclamar su emmanuel (Dios con nosotros) como el Dios niño:
Porque nos ha nacido un niño,
Dios nos ha dado un hijo,
al cual se le ha concedido el poder de gobernar.
Y le darán estos nombres:
Admirable en sus planes, Dios invencible,
Padre eterno, Príncipe de paz.
Se sentará en el trono de David;
extenderá su poder real a todas partes,
y la paz no se acabará;
su reinado quedará bien
establecido,
y sus bases serán la justicia y el derecho
desde ahora y para siempre.
Esto lo hará el ardiente amor del Señor todopoderoso.
(Is 9.6 7, DHH)
La primera navidad celebró no la llegada de un guerrero adulto y poderoso, armado hasta los dientes, sino la irrupción del Dios “todopoderoso” en la persona del niño de Belén, el bebé nacido en una cueva, acostado en un comedero de animales y rodeado por humildes pastores que habían escuchado el anuncio angelical:
No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales y acostado en un establo. (Lc 2.10 12, DHH)
En el proyecto salvífico de Dios, el proyecto central de la historia humana, no es el adulto el protagonista; es el niño. A los adultos que acompañaron a Jesús les costó entender el proyecto infantil de Dios, y de distintas maneras Jesús tuvo que recordárselos:
Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños (Mt 11.25, RVR 60); Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10.14 15, RVR 60).
En efecto, al decir de Jesús, el reino de Dios pertenece a los niños y a los que son como ellos. Y, )quiénes son como ellos? Jesús responde: los pobres; estos son los otros “dueños” del reino (Lc 6.20). En relación con esto, son muy pertinentes las palabras de Eduardo Galeano citadas en su libro Patas arriba: la escuela del mundo al revés (p.14): “Niños son, en su mayoría, los pobres; y pobres son, en su mayoría, los niños. Y entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende.”
Me llama sobremanera la atención que en los dos pasajes que me han parecido más apropiados para una relectura desde la perspectiva infantil, 2 Reyes 5 (Naamán) y Lucas 19.1 10 (Zaqueo), los protagonistas centrales se vuelven niños y a la vez se vuelven pobres; es decir, se despojan sin pesar de sus bienes materiales. Reflejan la misma característica de Dios:
Ustedes saben que nuestro Señor Jesucristo era rico, pero tanto los amó a ustedes que vino al mundo y se hizo pobre, para que con su pobreza ustedes llegaran a ser ricos (2 Cor 8.9, BLS).
De acuerdo a los estudios de la personalidad humana, lo que realmente define al niño como tal es el juego, no otra cosa. La definición que al respecto dan varios diccionarios así lo confirma: “el juego es la actividad recreativa espontánea y organizada de los niños” (Webster’Third); “el juego es el ejercicio o acción por medio del recreo o la diversión, observado especialmente como actividad espontánea de niños o animales jóvenes” (Shorter Oxford English Dictionary). Rubem Alves, teólogo brasileño y autor de cuentos, dice lo siguiente al respecto en su libro La Teología como juego (pp. 116 117, 130, 140 141):
¿Qué es un niño? Parece que el mito de su inocencia y pureza murió hace mucho tiempo. Freud fue el sepulturero. Ejemplos de amor tampoco son. Su narcisismo es por demás evidente: sólo se ven a sí mismos. Si hay algo que les es característico es su capacidad de jugar.
Pero, ¿por qué le damos al juego tanta importancia en esta nuestra reflexión? ¿Por qué un libro de teología dedicado al juego o manuales de terapia psicológica a partir del juego (véase como ejemplo el libro de Lenore Terr, El juego: por qué los adultos necesitan jugar)? ¿Por qué el profeta Isaías, vocero de Dios, vislumbra el nuevo reino de Dios en el contexto infantil y por qué Dios se vuelve emmanuel en la persona de un niño? Escuchemos de nuevo a Alves: “. . . los niños y los bufones. . . saben que el entretenimiento y la risa son cosa seria, que quiebran hechizos y exorcizan la realidad.” Y, es que en el mundo del juego las estructuras no se transforman nunca en ley. Cada nuevo día se presenta como un espacio libre, que permite que todo comience de nuevo, como si nada hubiera pasado. . . todas las cosas se hacen nuevas, las viejas desaparecen (2 Co. 5.17); los ojos comienzan a ver lo que los otros no ven…
El juego se convierte en una denuncia de la lógica del mundo adulto. Los niños se niegan a aceptar el veredicto del “principio de realidad”. Separan un espacio y un tiempo y tratan de organizarlos según los principios de la omnipotencia del deseo. Y allá se mueve un grupo de niños, en medio del mundo adulto, como una protesta contra él… ¿Será algo semejante a esto lo que Jesús tenía en mente, al hablar de la necesidad de que nos volvamos niños? Los niños no se conforman con este mundo… No es posible que la seriedad y la crueldad adulta sea lo más importante que la vida puede ofrecernos… El mundo puede ser diferente. Y, en el juego, esta cosa nueva se ofrece como aperitivo.
Hablando del juego, Jean Duvignaud, dice lo siguiente: “‘el fin del juego es el juego mismo’ y porque se trata de ‘una actividad propia, paralela, independiente, que se opone a los actos y a las decisiones de la vida ordinaria mediante características que le son propias y que hacen que sea juego’” (p.42).
En el estudio del juego como práctica preponderantemente infantil, resulta sorprendente descubrir que un territorio privilegiado del juego es el del lenguaje. En sus juegos, los niños inventan palabras, cambian la sintaxis, hacen añicos el discurso social de los adultos. En eso, se parecen a los poetas. Estos son los que, al decir de Duvignaud, “prolongan más allá de la infancia el poder de cambiar el orden de las palabras y alterar la sintaxis” (p. 33).
En realidad, es tremendo reconocer los paralelos que se dan entre el juego y la poesía: nos sorprenden, son creativos –crean espacios de vida o mundos nuevos–, se enfocan más en los sentimientos que en la razón, apelan más a lo lúdico que a lo productivo, funcionan como palabra profética pues subvierten al mundo demasiado “conocido” y fácil de predecir. En el juego y la poesía, se crean nuevos lenguajes, y la metáfora ocupa lugar privilegiado. Y esto es escandaloso: “Ya Platón echaba de la ‘ciudad’ . . . a todos aquellos que mutilan la sintaxis o la lengua: a los poetas. Para quien altera impunemente la configuración establecida de las cosas y los valores, sólo un lugar es conveniente: el exilio” (Duvignaud, p. 34).
Sobre el poder del lenguaje profético es digno de tomar en consideración las palabras de Walter Brueggemann (Finally Comes the Poet, pp. 3 4):
Cuando hablo de poesía no me refiero al ritmo, rima o métrica, sino al lenguaje que… salta en el momento preciso, que desenmascara viejos mundos con sorpresa, fuerza y paso acelerado. El discurso poético es la única proclamación que merece expresarse en una situación de reduccionismo, la única proclamación, sugiero, que es digna de llamarse predicación. Este tipo de predicación no es la instrucción moral o la solución de problemas o la clarificación doctrinal. No es el buen consejo, ni la caricia romántica, ni el humorismo relajante. Es, más bien, la propuesta ágil, resuelta y sorpresiva de que el mundo real al que Dios nos convida para vivir no es el que ofrecen los gobernantes de esta era… El discurso poético del texto bíblico y del sermón es la construcción profética de un mundo que trasciende este que ya nos parece tan desgastado.
El niño y el juego, camino de salvación
Si los poetas y lo niños reinventan el lenguaje y recrean al mundo, su tarea no puede definirse de otra manera, sino como “puerta” a la salvación, a la novedad de vida. Por ello es que resultan peligrosos para quienes detentan el poder: los que han acumulado las riquezas y manipulan los medios de comunicación masiva. Rubem Alves dice: “En los juegos y entretenimientos la libertad y la necesidad se encuentran, y la alegría que deriva de ellos brota justamente de la libertad triunfante que domina la necesidad, produciendo un mundo posible de ser amado” (p. 17); y continúa diciendo:
“Los niños saben que ellos son, al mismo tiempo, los que asumen los papeles y los que escriben los libretos. Por esto mismo son libres para inventar, modificar, cambiar, dejar todo de lado y empezar de nuevo. Continúan siendo dueños del mundo de juegos que su imaginación creó. Por esto, no hay nada que los obligue a jugar hoy el juego que comenzaron a jugar ayer. Cada mañana es un nuevo comienzo, una nueva reorganización” (p. 139).
Ese es exactamente el valor del juego; la posibilidad de romper con la monotonía de una vida que mantiene las cosas como son o como el “adulto” quiere que sean. Lo peculiar del juego es la creación de un momento en el que lo que cuenta es el sujeto del juego, no las reglas. Estas se cambiarán en el próximo juego. Por ello, la teología que surge en este contexto no puede sistematizarse. Lo único seguro en el juego es lo novedoso, lo sorpresivo, la libertad que se vive. Y ese momento del juego, por más efímero que parezca ser, se convierte, por ser “evangelio” en eternidad. Por eso es que de los niños es el reino de Dios. Esta es la verdad que se presenta en las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Los niños entran al mundo de Narnia, y en él vencen al mal, desencantan brujerías y hacen triunfar la justicia; y cuando regresan al mundo adulto de la “realidad”, el reloj apenas señala que ha pasado un minuto.
El libro de Josué, que mira un momento de la historia de Israel desde la óptica del libro de Deuteronomio, es una obra en la que se respira un ambiente litúrgico y festivo, es decir, lúdico. En él, la ironía, el humor y la sorpresa ocupan un lugar privilegiado. Para mí, es uno de los libros de la Biblia en donde Dios aparece como un gran juguetón. Se burla del enemigo y se ríe de las autoridades de su pueblo que quieren hacer las cosas a su manera, a lo adulto. Los personajes favoritos de su historia no son los generales de guerra ni las autoridades religiosas de la nación, sino una prostituta (cap. 2) y los gabaonitas (cap. 9): un pueblo vulnerable que salvó el pellejo por su astucia e ingeniosidad. Los antihéroes son los ricos y poderosos que viven entre las murallas de las ciudades estado, y Acán, aquel soldado que ávido de poder y riquezas quiso quedarse con las “fichas” del juego.
Y es exactamente en el contexto de la conquista de las grandes ciudades estado que Josué usa el vocabulario más sanguinario y destructivo del mensaje bíblico. ¿Sucedió eso realmente como lo narra el texto bíblico? Realmente no lo sé. La arqueología bíblica y los trabajos de eruditos de la talla de Martin Noth han repetido una y otra vez que la narración bíblica dista mucho de la realidad de la ocupación de la tierra prometida. Los descubrimientos arqueológicos constatan que los estratos pertenecientes al siglo XII a.C. de ciudades tales como Jericó, Hai, Hazor, etc., no indican que fueron destruidas por guerra o fuego. No se han encontrado montones de restos humanos que “apoyen” aquellas terribles matanzas. Es probable que sea el mismo lenguaje el creador de las “realidades” que narran los relatos; pero, (qué historias tan horrendas! En verdad, así lo son. Tómese en cuenta, sin embargo, que la intensidad de lo horrendo sube en proporción a la fuerza destructiva de quienes detentan la riqueza y el poder. Recuérdese lo que hemos dicho del poeta: con el lenguaje crea nuevos mundos, nuevas realidades. El poeta o narrador, vocero del pueblo sencillo y vulnerable, otorga, por medio de sus poemas y relatos, voz y fuerza a aquellos a quienes se les ha arrebatado. Aquí el lenguaje no cubre la verdad ni enaltece la mentira, sino que crea una realidad en la que el pobre, como dicen Ana (1 S 2. 1 10) y María (Lc 1.46 55), es exaltado y el rico es humillado. Se crea un mundo donde, por fin, los desclasados y marginados, triunfan sobre los malvados y poderosos.
Veamos más de cerca a Josué; leámoslo desde la perspectiva infantil. La primera persona extranjera (cananea) que llegó a formar parte del pueblo de Dios fue Rahab, la prostituta que vivía en la frontera entre el lugar protegido de los poderosos y el terreno abierto y desprotegido de los campesinos y obreros. Ella fue la primera heroína porque se burló del rey y de las autoridades de Jericó al demostrar qué tan vulnerable era la gran ciudad amurallada de ser penetrada por el pueblo “enemigo”, Israel; en el juego del “escondido” ella fue la ganadora.. Dios llevó a su pueblo a la victoria, usando a esta mujer como “ayudante”, e invitando al pueblo a conquistar a la “impenetrable” Jericó (Jos 6.1) no por medio del músculo militar, sino por medio del juego litúrgico. Es verdad, el liderazgo de Josué no es el liderazgo militar, es el liderazgo de un director de banda o líder de un juego. Jericó cae no porque sus murallas se desplomaron abatidas por la fuerza de tanques de guerra, o se hicieron añicos por la fuerza de rocas lanzadas por enormes catapultas, sino por la algarabía de gargantas y trompetas que marcharon al rededor de la ciudad.
El relato de los gabaonitas (Jos 9. 1 27) también manifiesta el carácter lúdico de Dios. Veamos la historia de cerca. Las noticias de la llegada de los israelitas y la conquista de la tierra de Canaán corrían como pólvora (Jos 2.9 11; 9.1). Tanto en este capítulo como en 10C11, la fama de Josué sirve como generadora de la narración. Los tres capítulos empiezan con la misma expresión: Cuando oyóleron…. Los pueblos que tenían reyes (los que vivían en la protección de las ciudades estado) buscaron resolver la situación declarando la guerra a Josué y a su pueblo (Jos 9.1 2). Pero los gabaonitas, pueblo desprotegido y sin rey –y por lo tanto, viviendo, probablemente, fuera del resguardo de las ciudades estado–, encontraron una manera astuta de resolver la situación: quedarse a vivir entre los israelitas.
Un grupo de gabaonitas se hizo pasar por emisario de un pueblo que vivía en tierra muy lejana (vv.6,9). Los embajadores se presentaron con asnos (no caballos), vestidos haraposos, comida añeja y recipientes de vino rotos y remendados (vv.4 5,12 13). Israel y sus líderes caen en la trampa. Toman las provisiones (vv.14 15) y aceptan así entrar en alianza con los gabaonitas. El autor del texto (vv.1 15) califica la situación así: “Y los hombres tomaron de las provisiones de aquellos pero no consultaron a Yavé” (v.14).
Cuando se descubrió el engaño, ya era demasiado tarde. Los líderes del pueblo habían hecho alianza con los de Gabaón y no podían echar marcha atrás; los gabaonitas se quedaban a vivir por siempre entre el pueblo de Dios.
Josué 9, en el espíritu de la teología deuteronómica, es una afirmación de la bondad de la gracia divina. Dios abre de nuevo las puertas del reino para hacer pertenecer a su pueblo a “los de afuera”, que aquí se presentan como “los de abajo”. Aquellos que a fuerza de su astucia e ingeniosidad se unieron a las filas de un pueblo de esclavos que buscaba espacio de vida en medio de la seguridad de las ciudades estado de Canaán.
Las historias de Rahab y de los gabaonitas resaltan el propósito más especial de la misión divina: dar espacio de vida a los marginados y vulnerables, en este caso a los extranjeros desposeídos, que entran a formar parte de la alianza a fuerza de la astucia y de la ilimitada gracia de Dios y su Palabra. Esa gracia que “premia” a un astuto suplantador como Jacob (Gn 25C30) y “admira” a un astuto mayordomo (Lc 16.1 9); gracia que abre de par en par las puertas del reino para darle cabida a Zaqueo, el recaudador de impuestos corrupto, que decidió hacerse niño y participar en el juego de Dios.
El relato de la burra de Balaam (Nm 22.21 35) narra otro de los juegos de Dios donde se encuentra la sorpresa, el humor y lo “normal” transformado por lo fantástico. La figura infantil es, por supuesto, la burra. (¿Recuerdas en Platero y yo el trozo titulado “La miga” en donde el autor visualiza al burro en la escuela estudiando con los niños?). Ella es la protagonista del relato. La principal acción del relato (“ver”) tiene por sujeto a la burra; no a Balaam. ¡Qué ironía! El profeta que por su profesión podía “ver” lo que otros ojos humanos no podían, ahora era incapaz de ver al ángel de Dios con la espada en la mano, dispuesto a matarlo. La única que tenía “ojos” para ver el peligro y así salvarle la vida a Balaam era la burra. Dios utiliza un animal a quien prácticamente todo mundo considera bruto, terco y nada inteligente como instrumento en sus manos para salvar a su pueblo y a Balaam. Tres veces la burra ve lo que el profeta no puede, y tres veces recibe azotes por actuar como la verdadera profetiza. Sólo cuando Dios actúa directamente, Balaam puede “ver”, y cae en cuenta que su burra había sido más inteligente, más dispuesta a tomar las decisiones correctas y menos terca. El profeta se convierte en “burro” y la burra en verdadera profetiza de Dios. Por eso, ella no sólo tiene la capacidad de ver, sino hasta de hablar; (qué extraño, una burra que habla! Pues sí, en el mundo del Dios niño, (hasta los burros hablan! Es tan grande el amor de Dios que cuando se ve orillado a hacer uso de los absurdos, lo hace sin apologías. Para Dios no hay instrumentos indignos en los quehaceres del reino. Sólo se hace indigno aquel que se opone o no entiende el juego de Dios. Si la serpiente (Gn 3), a quien las culturas antiguas consideraban símbolo de la inteligencia y la sagacidad, profirió palabra de mentira y muerte, ¿por qué la burra, a quien la literatura y sabiduría popular consideran ejemplo de ignorancia y necedad, no podía proferir palabra de vida? En el mundo del juego divino, el mundo del “revés”, los burros tienen palabra de sabiduría y son creadores de vida.
Si deseas entender el mensaje bíblico en toda su dimensión, penetra en él con ojos de niño. Sólo así no te sorprenderá que una multitud de más de cinco mil personas se alimente con cinco panecillos y dos pescados asados, que el agua se transforme en el mejor de los vinos, que Jesús camine sobre el agua, que Dios haya elegido la cruz como escenario de salvación universal y que una tumba vacía declare el triunfo de Jesús sobre la muerte.
Relecturas en perspectiva infantil
El difícil camino del adulto hacia la infancia (2 R 5)
El relato nos muestra que además de Naamán (que sin duda es el personaje central de la historia) hay otros siete personajes: el rey de Siria, el rey de Israel, el profeta (Eliseo), Giezi (el ayudante de Eliseo), los criados de Naamán, la esposa de Naamán y la niña esclava de guerra que ayuda a la esposa de Naamán. Una lectura más detenida del texto nos revela bien pronto que tres de estos caracteres están en el lado de “antihéroes” (detentan el poder, tienen muchas riquezas o los mueve el poder y las riquezas): el rey de Siria, el rey de Israel y Giezi (el ayudante del profeta); en la primera parte del relato Naamán comparte sin duda estas características. Los otros cuatro caracteres son los “héroes” del relato y se caracterizan por no estar en lugares de poder, ni son movidos por el dinero o las riquezas: la niña, la esposa de Naamán, los criados de Naamán, el profeta. En la segunda parte del relato, Naamán comparte estas características.
Una lectura todavía más cuidadosa, en este caso del texto hebreo, me lleva a descubrir el elemento vital que me introduce de lleno en la lectura del texto bíblico desde la perspectiva infantil. Prácticamente todas las versiones castellanas que he consultado, hablan en los versículos 2 y 4 de “una muchacha” (sólo El Libro del Pueblo de Dios tiene “niña”). El texto hebreo tiene la frase una “niña pequeña”, v.2). Esa expresión se usa aquí y en otras partes para hablar de un niño pequeño, no de un joven o una joven (ese es el caso de Is 11.6). El pasaje nos habla de una niña que tiene un papel humilde; no sirve al rey, sino a la esposa de Naamán. No llegó a Siria con la pompa con la que Naamán llegó a Israel, ni rodeada de dignidad y poder, sino como esclava de guerra. Pertenecía a la nación conquistada y siempre permaneció en el anonimato. Pero esa niña fue el primer y principal instrumento divino para lograr la salvación de Naamán: “Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra” (v. 3). Ella, como , es en el relato la que marca la meta de perfección a la que deberá llegar Naamán: “niño pequeño”, “niñito”, v. 14). Como se nota, sólo con el contacto directo con el texto hebreo se logra realmente encontrar este elemento clave para la lectura bíblica desde la perspectiva infantil.
El objetivo de la trama consiste en llevarnos del Naamán “adulto”, rico, famoso, serio, refunfuñón, e importante de la primera parte del relato, al Naamán “niño”, juguetón, inocente y listo para compartir lo que tiene. El personaje de la niña es la clave hermenéutica para lograr ese cambio. A partir de ella es que se definen los otros personajes y el Naamán de la segunda parte.
Cada vez que Naamán se encuentra o recurre a un personaje “héroe” su recuperación y sanidad se agiliza: la niña, la esposa, los criados, el profeta. Pero cada vez que se encuentra con uno de los “antihéroes” su recuperación peligra o retrasa: los dos reyes y Giezi. En el relato, Naamán se mueve en ambos bandos; sólo al final, cuando ya se ha convertido en niño, manifiesta su pertenencia al grupo infantil.
Nótese el cambio que se efectúa en Naamán: empieza siendo el varón grande, valeroso, general del ejército y valioso para su nación (aunque sufre de lepra; este es el elemento que mueve toda la tremenda maquinaria política y el revuelo causado en Israel). Tan pronto sabe, por boca de su esposa, de la información de la niña, no recurre a la niña para asegurarse de la información correcta, sino que recurre a su rey, y este al rey de Israel. Cuando visita al rey de Israel, va acompañado de treinta mil monedas de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes nuevos de tela muy fina (v. 5, BLS). ¡Todo un peso político, militar y de opulencia!
Con una posición así y una actitud así, no nos extraña nada la reacción que Naamán tuvo, primero, cuando el profeta no salió a recibirlo personalmente y, segundo, cuando el profeta lo mandó a bañarse siete veces al río Jordán. ¡Qué burla a su personalidad y puesto! ¡Qué burla a la geografía de su país con mejores ríos que ese arroyuelo lodoso del Jordán!
Tanto el haber recurrido a su rey como al rey de Israel, alargaron su ruta a la sanidad y retrasaron la posibilidad de convertirse en “niño”. ¡Naamán al recurrir a los poderosos y potentados se alejaba del “reino”! Pero, cuando siguió el consejo de sus criados (de seguir las instrucciones del profeta de quien había hablado la niña), Naamán se acercó más a su salvación. Por supuesto que tuvo que “bajar la cabeza” y reconocer que, aunque los ríos de Damasco (Abana y Farfar) eran mejores que el Jordán, el secreto de su sanidad estaba en la “obediencia” a las órdenes del profeta. Cuando siguió las instrucciones del profeta (v. 14), su carne se convirtió como la carne de un niño, y quedó limpio.
Es importante ver cómo se marca el cambio del Naamán adulto, enfermo de lepra, al Naamán niño, sano totalmente. El texto bíblico usa en los versículos 14 y 15 la palabra “volvió” ellas son las que constatan su “conversión”. A partir de este momento, Naamán ya no es más el que da órdenes ni busca “deslumbrar” a los demás con su pompa y poder, tampoco es el adulto refunfuñón y burlado que rehúsa seguir las instrucciones del profeta; es el “niño” que obedece y sigue las instrucciones al pie de la letra (vv. 15, 17, 18).
Naamán se volvió niño y actuó como tal. Después de haber rechazado al río de Israel por su insignificancia, ahora pide un poco de tierra de Israel (v. 17) y se convierte en adorador del único Dios, Yavé (v. 17). El “niño” Naamán ahora necesita su “caja de arena” para “jugar” a adorar al verdadero Dios. Pero este nuevo “niño” no sólo pide tierra, pide también un favor que, por su contenido e implicaciones, sólo cabe y pertenece a la lógica infantil: “Sólo una cosa le pido a Dios, el Señor: que me perdone si tengo que arrodillarme en el templo del dios Rimón. Porque cuando el rey de Siria va allí, entra apoyado en mi brazo y tengo que arrodillarme con él” (v. 18). Y el profeta le responde: “Hazlo, hombre, no hay ningún problema”. (Qué lógica del Reino más sorprendente y novedosa!
En el pasaje es notorio ver cómo actúan quienes permanecen en el mundo ya establecido de los adultos; sus acciones son predecibles, son las que se esperan que ocurran: El rey de Siria, al oír la información de la niña, recurre al que detenta el poder en Israel, al rey. Cuando este recibe la carta que envía el rey de Siria, lee en ella, no el mensaje “correcto”, sino lo que está en su subconsciente, respuesta de su temor (“el rey de Siria busca un buen pretexto para volver a invadir Israel”). En lugar de recurrir a la propuesta de la niña (que no se comunicó correctamente, pues en la carta se dice que sea el rey de Israel quien sane a Naamán), se rasga la ropa en señal de duelo y recurre a una teología del temor y del fracaso: “¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí”. Giezi, el ayudante de Naamán, por su avaricia y sueños de riqueza, miente, urde acciones incorrectas, roba, y termina sufriendo la lepra que antes tenía Naamán. Es decir, el que empezó siendo “niño” (Giezi como criado de Naamán), terminó siendo “adulto” leproso; en cambio, el que empezó como “adulto” leproso, terminó como “niño” sano.
El relato se divide en tres partes: (a) la curación de Naamán (vv. 1 14); (b) la conversión de Naamán (vv. 15 19); la mentira y codicia de Giezi (vv. 20 27).
Cuatro elementos retomo aquí para acentuar el mensaje del pasaje: (1) el poder “creer” y “confiar” en los verdaderos “compañeros de juego”, a quienes normalmente los adultos rechazan por considerarlos indignos o incapaces de ayudarnos: la niña, los criados, el profeta; (2) el ser capaz de seguir las instrucciones correctas de los “compañeros de juego”, no las interpretaciones manipuladas de los adultos que tienen el poder; (3) el estar dispuestos a reconocer el valor de las cosas no por el que les imponen los que tienen el poder, sino por lo que pueden ofrecer en las reglas del juego aportadas por nuestros “compañeros de juego”; (4) el estar dispuestos a descubrir nuevos “espacios de juego”, nuevas alternativas de vida, nuevos mundos, nuevo valor a las cosas que parecen sin importancia o descabelladas en el mundo de lo “correcto” y lo “ortodoxo”.