A pocos días del catastrófico terremoto de Japón, y el inmediato tsunami, recién estamos avizorando el tamaño de la devastación. Se han perdido miles de vidas, otras tantas se hallan desaparecidas, comunidades completas han sido arrasadas; y cuando parecía que lo peor había
pasado, se nos presenta la posibilidad de un desastre nuclear de proporciones apocalípticas. El derretimiento de las facilidades nucleares de la planta de Fukushima es una amenaza cada vez más real. Sismólogos, ingenieros nucleares, geólogos y otros especialistas presentan panoramas espeluznantes. La situación es por demás preocupante.
Poco y nada podemos hacer desde nuestros respectivos países. Las imágenes televisivas nos abruman y nuestros corazones se sensibilizan cuando vemos a los japoneses llorando, lamentando las pérdidas y temerosos por lo que pueda pasar.
El Rev. Makoto Watable, Director de la Sociedad Bíblica de Japón, nos dice:
«El terremoto que sacudió la tarde de Japón, el 11 de marzo, no tiene precedentes, en términos de magnitud, d
uración y frecuencia. Las réplicas que siguieron al terremoto inicial fueron, también, de gran poder destructivo. Si bien el epicentro fue mar adentro en las costas del norte de Japón, experimentamos un terrible sacudón aun en Tokio.
»Necesitamos, hoy más que nunca, sus oraciones. Si bien el edificio de las SB de Japón no sufrió daños, se avecinan días aciagos.
»La situación está lejos de solucionarse. La nación complete está en estado de alerta. Las réplicas continúan en varias partes de Japón, y nuestras oficinas en Tokio están experimentando temblores.
»Todo ha sido trastocado en nuestro país. Las fuentes de electricidad, y el transporte público se han reducido o detenido por completo.
»Las líneas telefónicas han sido seriamente perjudicadas y nos es imposible evaluar los daños sufridos por las iglesias afectadas por la catástrofe. El frío, la lluvia y la nieve, complican aún más la situación.
»Si bien todavía está temblando, descansamos en la misericordia de Dios. Ayúdennos, a través de sus oraciones. Unámonos y acerquemos nuestras oraciones al trono de la gracia».
Hoy, más que nunca, vienen a nuestra memoria las palabras del Salmo 23: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo».
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