«¡Dios, no guardes silencio!
¡No calles, Dios, ni te estés quieto!»1
Salmo 83.1
El silencio de Dios preocupó hondamente al salmista, no una sola vez, sino muchas, como se podrá comprobar en todo el salterio.
Esa es también la preocupación de muchos creyentes fieles y sinceros que, frente a una enfermedad o situación desconocida, ante la incertidumbre de un desenlace inesperado, ya sea de carácter laboral, familiar o económico, y después de haber orado fervientemente al Señor una y otra vez se encuentran con que, al parecer, sus plegarias no han llegado al trono de la gracia de donde viene nuestro socorro, y que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob guarda silencio.
El problema entonces es similar al que tuvo san Pablo cuando aquejado por un mal que desconocemos oró insistentemente al Señor y, como única respuesta, el mensaje que recibió del Señor fue: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.2
Ya no se trataba de un silencio tácito, sino de una oración no contestada en la medida de la necesidad del momento.
En otras palabras, tuvo una respuesta pero, como él mismo lo admite enseguida, esa respuesta requiere aceptar que “de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”.3
En la voluntad divina estaba reservado para el apóstol algo más que una bendición inmediata: todo el poder de Cristo (2 Corintios 12.7-10). No era poca cosa ni algo pasajero.
Esta es la lección difícil que todo cristiano en algún momento de su vida debe enfrentar. Es un problema que, como el del salmista, no lo tenemos con nosotros mismos, sino con Dios, sobre todo cuando el Dios en quien decimos creer es un “dios” de muletillas, para momentos especiales, a fin de que resuelva nuestros problemas y lo demás que corra.
El salmista tenía a sus enemigos en la puerta. Querían destruirlo. Era el momento cuando Dios, el Dios a quien él no podía manipular a su capricho, se había convertido en un problema para él. Porque esto es lo que sucede muchas veces, se quiere manipular a Dios, entonces él aplica la medicina del silencio momentáneo. “¡Dios, no guardes silencio! ¡No calles, Dios, ni te estés quieto!”
¿Hasta cuándo, Señor? (Salmo 13.1)
Esta es la pregunta que nos hacemos ante el presunto silencio de Dios. En nuestra impaciencia estamos tentados a ironizar pensando que Dios se durmió (Salmo 44.23; 78.65). Otras, que se olvidó y ocultó su rostro de nosotros (Salmo 10.11). Todas son conjeturas que se pierden en ese divino silencio, que no hay otra manera de entender y aceptar sino comprendiendo de una vez por todas que Dios es el Dios del tiempo y que nosotros, como criaturas suyas, estamos inmersos en ese tiempo y no fuera de él y, por lo tanto, en el marco de su soberanía.
¿Hasta cuando, Señor? La pregunta se ha convertido en uno de los males más comunes de nuestro tiempo: la ansiedad. Es uno de los aspectos que caracterizan la vida del hombre de nuestro siglo. Es parte de ese desasosiego que se vive cada mañana cuando se sale de casa para enfrentarse con situaciones reales o imaginarias que no somos capaces de resolver por nosotros mismos satisfactoriamente.
Esa inquietud que el hombre común, sin fe, sin esperanza y sin Dios querrá llevar a la consulta médica, mientras que el creyente, una y otra vez acudirá a Dios mismo para preguntarle “¿Hasta cuándo?” He aquí la diferencia que hará más pesada o más liviana la carga del silencio. De nuestra comprensión a una cuestión tan seria dependerá que lleguemos a considerarnos “Miserable hombre de mí” o “Más que vencedores”, sea cual fuere nuestra situación (Romanos 7.24 y 8.37).
La respuesta de Dios
Esta respuesta está condicionada a nuestra capacidad auditiva espiritual, a saber escuchar la voz de Dios. Todo cambia cuando al orar se recibe y se acepta sin condiciones lo que Dios quiere decirnos. El mismo silencio soberano de Dios, que nos induce a clamar y a pedirle que no calle y que no se quede quieto, no será interrumpido hasta tanto no se ejerza la disciplina de saber que los caminos de Dios son infinitos y que él puede hablarnos por diversos caminos: un mensaje pastoral en el culto matutino; un himno oportuno; una mano tendida a tiempo; una sonrisa que transmite amor y paz; la lectura de un pasaje de las Escrituras como el Salmo 23 o las palabras del Salmo 35.3: “Yo soy tu salvación”.
Todo esto no dejará de proclamarse como un gran acontecimiento que nos cambiará la vida y nos hará altamente agradecidos (Salmo 22.22).
Tras un cielo aparentemente cerrado y silencioso, la mano del Señor se extiende abierta y su presencia –porque de esto se trata, de su presencia actuando en nuestra vida– trae esa seguridad que, como un “signo” (Salmo 86.17), nos capacita para superar silencios y padecimientos que se convierten en una nueva forma de revelación de la grandeza de Dios. En este sentido, el silencio de Dios es obrador, es vida.
No es un silencio de muerte. Es el silencio que puede guardar la vida tres días y tres noches en un sepulcro, pero al fin resucita al tercer día y se lleva consigo las sombras y las dudas. El día viernes fue el día del más profundo silencio de Dios sobre Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Tal fue el desamparo que el cielo mismo tendió su manto oscuro sobre el Calvario.
Sin embargo, llegó pronto el primer día de la semana cuando unas pobres e indefensas mujeres pudieron comprobar que la historia había cambiado. En música las pausas y los silencios tienen una función creadora. El silencio de Dios es redentor. Dios no es sordo, ni mudo ni ciego: él oye, habla y ve. Sólo espera que aprendamos a esperar porque su reloj no se mueve con las manecillas de los nuestros sino con la fe y la esperanza como nutriente de nuestra relación con él.
“Guarda silencio ante el Señor, y espera en él; y él hará” (Salmo 37.5,7). Ahora la acción se ha invertido para el mismo salmista. El que debe guardar silencio es él y esperar. Es una convocatoria que debe llamarnos a la reflexión para recordar lo que Dios ha hecho y las tantas veces que ha hablado (Hebreos 1.1-3) al hombre. Una perla de esta verdad la encontramos resumida en la experiencia positiva del salmista esta vez en el pasaje del Salmo 50.1-7a: “Oye pueblo mío, y hablaré”, “Invócame en el día de la angustia; te libraré y tu me honrarás” (versículo 15). Esto es lo que Dios ha hecho y hace todavía. Su mano no se ha cortado para bendecir (Isaías 50.2; 59.1).
“Habla, porque tu siervo oye” 1 Samuel 3.10b. Esta fue la actitud reverente de Samuel aquella noche cuando entre voces y voces por fin la voz de Dios fue clara y diáfana. La sintonía y la verdadera comunicación se produjeron en el mismo momento cuando su “siervo” estaba listo para oír.
Hay personas que jamás podrán oír la voz de Dios, porque simplemente no saben callar. Están permanentemente embargadas por las mil voces del mundo que reclaman su atención. Voces, muchas voces del tentador, del mal. Insinuaciones de nuestras propias concupiscencias. Tenemos que darle a Dios la oportunidad para que él nos hable como está dispuesto a hacerlo, según todo el testimonio de su Palabra.
De otro modo, el silencio de Dios será más extenso e intenso. Hasta será posible que nos escudemos en la intensa actividad que nos demanda la obra con sus apremios y urgencias y que nos privemos de escuchar la voz de Dios. Que nuestra actividad no se convierta en puro activismo desordenado e improvisado, vacío de contenido y sin los frutos apetecidos y lleguemos a la conclusión de que la respuesta del Señor, después de todo, fue escasa.
En realidad, su respuesta es: “Mía es la obra…mío es el mundo y su plenitud” (Salmo 50.12b) y “las almas son mías” (Ezequiel 18.4). Lo que hemos hecho en cumplimiento de la gran comisión no quedará sin el reconocimiento del Señor. Mientras tanto, permanezcamos con Dios en su silencio y en el altar de su eternal actividad.
Un viejo periodista argentino que acaba de cumplir sus primeros setenta años y que profesionalmente se inició cuando sólo tenía diecisiete dijo: “Aprendí que mi silencio es más rico que mi palabra. Con esta lección no le contesto más a nadie”. Necesitó toda una vida para concluir con el sabio del Eclesiastés que “hay tiempo para hablar y tiempo para callar” (3.7) a lo que agregamos aquello del refrán “más vale tarde que nunca”.
La pregunta final para todo creyente o no, parafraseando la lección de nuestro periodista es: ¿cuándo aprenderemos que es tan rico el silencio de Dios como la voz de su palabra escrita y que él nos habla continuamente por vías inesperadas y que sólo es necesario estar atento y en sintonía con él para captar lo que él quiere decirnos?
Guillermo Milován, fue periodista, escritor, predicador, pastor y líder cristiano. Por treinta años fue secretario general de la Sociedad Bíblica de Uruguay. Hoy mora con el Señor, pero nos ha dejado su legado.
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NOTAS:
1- Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
2- Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
3- Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.





